giannadamico.
Se volvió para ver al chico, intrigada, como siempre, por la persona que era. Había conocido a muchos hombres, pero ninguno como él y eso la dejaba fuera de juego. —¿Un castillo de arena? —la italiana rió, puede que por primera vez de corazón. —Bien, entonces, ¿a qué esperamos?
Las comisuras de sus labios se extendieron en una curvilínea ante la respuesta recibida. Dejando la toalla a un lado, se apoderó de la cubeta y la pala de juguete que habría llevado consigo. ‘ ¿Te molestaría llenarla de arena? ’ Ofreció el balde a la castaña, ‘ Yo me encargaré de aplanar la arena. ’
















