A veces, cuando las interacciones cotidianas se repiten de manera insistente, decide de manera consciente dejar de pensar en las implicaciones que tiene un acto tan nimio como compartir el tiempo un domingo en la tarde-noche. No quiere pensar en las consecuencias, porque esta al tanto que de hacerlo terminaría por marcharse para marcar una distancia entre ambos que ha dejado atrás gradualmente y no puede permitirse llegar a punto cumbre. No solo porque no desea una relación, pero también ante conciencia de que Martim espera mucho más de lo que él pudo entregar en sus mejores días. Y no es que no fuese un cínico, o quizá si lo era, pero disfrutaba demasiado de la compañía ajena como para involucrar discusiones para la que ninguno de los dos estaba preparado. “El Grinch es ese ser verde al que no le gusta la navidad, ¿no es cierto?”; cuestionó. Aquella era una película vieja que no formaba parte de su repertorio, ni pretendía hacerlo pronto, pero era una conclusión sencilla a la que llegar. Observó la acción ajena de desaparecer en la cocina, aprovechando esos cuantos minutos para acomodarse en el sofá y prepararse mentalmente para una película que no deseaba ver con canciones que tampoco quería escuchar. Sin embargo, sentía que se lo debía al menor. Últimamente, con todo lo de la academia, no estaba en su mejor espacio mental así que seguramente había hecho alguna cosa que había podido ser percibida de manera negativa por aquel que lo alojaba esa noche. Sabía que el menor era de los que más resentía aquella renuencia a dejarlos salir de la ciudad, con todos esos planes navideños, así que estaba intentando comportarse. Un equilibrio entre mostrarse interesado en la celebración y no inmiscuirse demasiado, no porque no quisiese hacerlo, simplemente no se veía haciéndolo. “Voy a creerte que es un sacrilegio, pero debo admitir que todavía no sé de que película me estas hablando aun cuando me contaste parte de la trama”; admitió, girando su rostro para encararlo. La cultura popular era diferente, debía admitir, así que sabía de algunas cosas, pero referencias puntuales que eran antes de los dos mil era una negativa rotunda. “En ese caso, tenemos un trato”; admitió, sonriendo con amplitud. Coopera ante aquel abrazo improvisado, acomodándose en el sofá para que vieran aquel filme. “Puedo ser una almohada funcional, si, sobre todo si con eso vas a dejar de tacharme de ser un Grinch”; le molestó, aunque el titulo no le disgustaba. Tampoco le agradaba, pero no iba a mencionarlo. “¿Qué es lo que vamos a ver?”; quiso saber a la par que acariciaba el cabello ajeno, ligeramente.
“El mismo. Lo único que te falta es el color y creo que ya cubrimos lo demás,” bromea, entrecerrando los ojos ligeramente para imaginar, ridículamente, cómo se vería el contrario con uno de esos ya famosos disfraces del personaje de Dr. Seuss. Era ridículo lo bien que se sentía con Jae, lo mucho que su simple compañía parecía hacerlo sentir tan bien consigo mismo, hacerlo sentir como pocas personas podían. Se toma un momento para observarlo y, sin poder evitarlo, dejar que sus labios se curven en una sonrisa que apenas y se da cuenta que está formando, la calidez inequívoca extendiéndose por su pecho, ante atenciones que no sabe cómo tomar. Porque sí, el mayor está allí, con él, a pesar de su renuencia a las relaciones interpersonales, lo ve ceder, y por un instante, se enciende dentro de él una pequeña luz de algo que hace mucho no sentía: esperanza. Debía significar algo, ¿no era así? Sabe que el tutor ha hecho muchas excepciones por él, que las está haciendo ahí mismo, y no puede evitar preguntarse si, tal vez, algo en su relación está cambiando. Allí, a su lado, sólo puede desearlo, e intentar no poner sus esperanzas demasiado altas (algo imposible para quien siempre veía el vaso medio lleno). “Es una película que debiste ver en tu niñez, no entiendo cómo se te pudo haber pasado...” acusa antes de negar con la cabeza, fingiendo una indignación que realmente no sentía. Estira el brazo para darle un sorbo a la taza de vino caliente antes de levantar la mirada hacia el contrario. “¿No vas a beber un poco?” inquiere, buscando asegurarse que Jae se encontrara cómodo en absolutamente todos los sentidos. “Eso servirá... Veremos Home Alone, claro... No es una película de intelectuales, pero --creo que podrías no-odiarla,” o, al menos, era lo que había considerado, de todas sus decisiones, era mucho mejor que Love Actually o The Holiday que, estaba seguro, el tutor terminaría por detestar. Está dispuesto a dar play al control remoto cuando su celular comienza a sonar en el bolsillo de su pantalón. Se incorpora para sacarlo y ver que se trata de su madre. “Lo siento, es mi madre, debería responder...” dedica sonrisa apologética al mayor, antes de presionar el botón verde en la pantalla y comenzar en idioma que su progenitora y él comparten: “Estou? --Sim... Ah, sí, está bien... Veremos una película... Con Jae. Lo convencí de ver Home Alone y... ¿Segura? Bien, hablamos mañana entonces, eu te amo...” termina después de haber cambiado al idioma de su residencia, por petición de su madre, que estaba consciente de su compañía y, hasta cierto punto, de importancia que tenía el surcoreano para él en su vida. Como si nada, deja su teléfono sobre la mesa frente a ellos, y vuelve a su posición anterior, levantando su mirada para buscar la contraria. Ni siquiera era consciente de lo malo que podría ser tomado el hecho de haber mencionado el nombre contrario, pecando una vez más de iluso. “Perdón... ¿Podemos reanudar donde nos quedamos?” sugiere, haciendo ilusión a ligeras caricias sobre su cabello.