Resiliencia o Catarsis
Momentáneos, duales y propensos a errar.
A dos meses de quédate en casa, leí por ahí que se necesita morir para saber lo que es vivir. Y con razón. Humanamente somos un caos interno, compacto en pequeños cuerpos que mitigan todo un extenuante deseo de protestar cada ideal que se desarrolla con nosotros, desde que nacemos. Los hechos verdaderamente tangibles de nuestra vida son los que nos van formando, probablemente a eso le podríamos llamar instinto, el cual, está sujeto a una sed excesiva de comprensión. El vivir en un mundo cambiante, nos impone de manera brusca a una adaptación continua y ese constante cambio nos abruma y nos confunde, llevándonos a ser tan radicales en nuestras decisiones para que al final, nos veamos inmersos en un egoísmo determinante. Ese pequeño narcisismo que nos hace creer que sólo nosotros cambiamos, nos impulsa a una intemperie expuesta ante nuestros errores sin antes haberlos aceptado. Nos sentimos tan propios gritando el lúgubre albedrío de cada uno de ellos, que olvidamos nuestro alrededor. La falta de confianza en uno mismo ocasiona interminables choques entre decisión, deseo y pensamiento.
Mentalmente adquirimos la capacidad de seguir adelante pese a todas aquellas circunstancias a las que eventualmente la vida nos somete y aunque de manera constante, nos hacemos crecer temores de un futuro subyacente de pensamientos críticos hacia nuestra persona y hacia nuestras acciones, seguimos haciendo lo que mejor sabemos hacer. Adaptarnos. Crecer. Seguir. Creamos una habilidad de comprensión ante cualquier crisis y aunque nos lleva tiempo por lo general todo lo volvemos una catarsis totalitaria, para liberarnos de culpas o de cargos que llegamos a tener.
Cuando nos vemos sumergidos en una crisis, el tiempo pasa relativamente más lento y nos da la oportunidad de pararnos frente a un espejo y mirarnos. Y ahí estamos, observando detalladamente nuestra desnudez, completamente frágiles, ahogados en un sufragio temeroso de la voracidad de nuestros pensamientos. Reinventándonos completamente, fluyendo a la par del vigoroso tiempo. Nos apapachamos, perdonándonos y consintiendo un nuevo comienzo ocasional.
Emergemos de una catarsis infundida de un presagio. El mundo nos habla exigiéndonos un nuevo nacimiento personal. Nos bautizamos para ser libres, aceptándonos. Aceptando que puedes estancarte pero no quedarte ahí, aceptando que podemos caminar, correr e incluso volar y que en todo ese recorrido, podemos caernos, pero debemos volver a levantarnos. Aceptando que sufrir no está mal. Que llorar no está mal. Que extrañar no está mal. Aceptando que somos humanos.
Entonces, ¿Resiliencia o catarsis?
Ingenuamente van de la mano, porque necesitamos purificar y liberarnos de aquello que nos hace trágicos y horrorizados de la conceptualización de un mundo individualista, dando pauta a que sí, todos somos diferentes y necesitamos la razón totalitaria de nuestras ideas pero que no podemos forzar la aceptación de un pensamiento propio sí la otra persona no tiene los mismos ideales o principios. Cada uno sana, piensa y ejerce diferente. Y naturalmente el más apto sobrevive y genera la resiliencia necesaria para seguir sobrellevando todo aquello que cree que no puede llevar pero que al final de cuentas termina llevando y sólo pasa.
Y creces.
Y sigue siendo exactamente lo mismo.
Sólo que en ambientes diferentes.
Con personas diferentes.
Con pensamientos diferentes.










