Max Verstappen se paró frente al espejo de su habitación en Mónaco —bueno, en Monte-Carlo como él insistía en decirle— ajustándose la playera de AlphaTauri que le había costado más que el sueldo mensual de un maestro mexicano. Su cabello rubio despeinado en esa forma calculada que solo los ricos pueden permitirse, unas sneakers blancas impecables, y una mochila Louis Vuitton.
—Estás loco —dijo Victoria desde la puerta, cruzada de brazos—. Apenas y puedes pedir un taco sin que parezca que estás invocando a un demonio.
—Ja Ja Ja que chistosa … —Max hizo ese sonido raro que los neerlandeses hacen cuando están nerviosos—. No te preocupes, hermana. Tengo todo planeado.
Sacó sus AirPods Pro 3 con traducción en tiempo real, los hizo girar como si fueran armas en una película del Oeste.
—Con estos bebés, seré bilingüe en dos semanas. Trust me.
Victoria puso los ojos en blanco.
—Max, Guadalajara no es un resort de Cancún. No vas a encontrar brunch de aguacate con semillas de chia en cada esquina.
—Por supuesto que sí —Max sonrió confiado, mostrando dientes perfectos que su seguro dental de lujo había financiado—. México es top. He visto “Narcos: México”. Se ve aesthetic.
—Esa serie es de los ochenta, imbécil.
El vuelo de KLM aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara a las 2:00 PM, con un calor que Max sintió inmediatamente en su piel nivea de persona que nunca ha tenido que caminar bajo el sol por más de cinco minutos. Bajó del avión con su carry-on de Rimowa, convencido de que su experiencia sería como una película de Wes Anderson: simétrica, colorida, con un soundtrack de indie folk.
La realidad lo golpeó en la fila de migración, donde un agente con cara de quien ha visto demasiados extranjeros intentando explicar por qué vienen a "encontrarse a sí mismos" le hizo preguntas en español rápido.
—Ah, sí, sí —Max tocó sus AirPods como si fueran un amuleto mágico—. Yo... vengo a... “work” ... arte. “Digital art”. En la... eh... Museo... Guadalajara.
El agente lo miró. Max sonrió. El agente no sonrió.
Y el primer choque cultural llegó con los taxistas.
Max salió a la zona de pickup, donde una docena de hombres con camisas de polo desgastadas y lentes de sol que habían vido mejores días competían por pasajeros como si fuera el Gran Premio de México, pero con más bocinas y menos reglas de seguridad.
—¿Taxi, señor? —gritó uno.
—Ah, sí —Max consultó su teléfono, donde tenía guardada la dirección—. Necesito ir a... eh... Torre Minerva, apartment cinco-doce.
El taxista, un señor de bigote que parecía habse nacido con él, entrecerró los ojos.
—¿La Torre Minerva? ¿Esa que está por La Minerva?
—Sí, sí —Max asintió, confiado—. El edificio … it have a pool on the roof ..
El taxista intercambió una mirada con otro compañero. Ambos sonrieron. Esa sonrisa que los mexicanos hacen cuando algo divertido va a pasar y el extranjero no lo sabe.
—Ámonos, joven —dijo el taxista, tomando la maleta de Max—. Te llevo volando.
Max no entendió la referencia, pero asintió. En su mente, ya se veía subiendo a su departamento, tomando un cold brew y poniéndose al día con sus stories de Instagram.
El taxi era un Nissan Tsuru del año del caldo, con olor a ambientador de pino y algo más que Max prefirió no identificar. El conductor manejaba como si estuviera escapando de algo, zigzagueando entre topes que aparecían de la nada como enemigos en un videojuego.
—Oye, güero —dijo el taxista, mirándolo por el espejo retrovisor—. ¿Y tú de dónde eres? ¿De Estados Unidos?
—No, no —Max se sintió ofendido. Los europeos siempre se ofenden cuando los confunden con estadounidenses—. Soy de Netherlands. Países Bajos. ¿Conoces?
—Ah, de Holanda —el taxista asintió—. De donde salen los quesos y las flores esas raras.
—Tulipanes —corrigió Max, sintiéndose superior.
—Eso. Mira, güero, aquí en Guadalajara hay reglas. Primera: si te dicen "ahorita", eso puede ser en cinco minutos o en cinco horas. Segunda: no le hables a la gente de dinero, luego piensan que eres narc0 o político. Tercera: si ves a un viejito vendiendo elotes a las tres de la mañana, cómprale uno. Es sagrado.
Max asintió seriamente, tomando nota mental. Sus AirPods hicieron un “beep” confuso, traduciendo "ahorita" como "right now" y "elotes" como "corn things".
—Understand … —dijo Max—. Gracias, señor.
—No me digas señor, me haces sentir viejo. Soy el Chava.
— Chava —repitió Max, probando el sonido.
El Chava soltó una carcajada que hizo eco en el taxi.
—Eso, güero. Ya estás hablando como tapatío.
La Torre Minerva se veía exactamente como en las fotos de Airbnb: un edificio de cristal y concreto que pretendía ser más moderno de lo que la colonia alrededor permitía. Max pagó al Chava —incluyendo una propina del 30% porque no sabía cuánto era lo apropiado— y se paró en la entrada con su maleta, admirando el reflejo del sol en los vidrios.
El lobby tenía aire acondicionado, gracias a Dios, y un conserje que parecía haber sido modelo en los noventa y ahora sobrevivía a base de café y resentimiento.
—Hello —dijo Max, acercándose al mostrador—. Max Verstappen. El apartment cinco-doce.
El conserje —cuyo nombre en la placa decía "Roberto"— lo miró de arriba abajo.
—Ah, el señorito de los Países Bajos —dijo Beto, revisando una lista—. Ya te esperaban. Firma aquí. Y aquí. Y aquí.
Max firmó tres veces, preguntándose por qué necesitaban tantas firmas para un departamento que ya había pagado por adelantado.
—El elevador está... —Beto hizo una pausa dramática— ...en reparación.
—Que no jala, güero. Que se chingó. Lleva así desde el martes.
Max sintió que el mundo se tambaleaba. Él, que nunca en su vida había subido más de dos escalones sin que hubiera escaleras eléctricas o un ascensor con espejos y música lo-fi, ahora tenía que subir cinco pisos.
—Pero... mis maletas —dijo débilmente.
—Ánimo, campeón —dijo Beto, y por primera vez sonrió—. Así se hacen las piernas. Bienvenido a México.
Max subió las escaleras con la determinación de quien cree que el sufrimiento es aesthetic y que luego podrá contar esta historia en una galería de Ámsterdam mientras bebe vino natural y todos asientan con expresiones de emoción.
Para el tercer piso, su playera estaba empapada. Para el cuarto, estaba reconsiderando todas sus decisiones de vida. Para el quinto, ya había desarrollado un odio visceral hacia las escaleras, el concreto, y el calor que parecía subir por los huecos de ventilación como venganza divina.
El departamento 512 era... bueno, era un departamento. Pequeño, con una cocina que olía a gas y a sueños rotos de anteriores inquilinos, una cama que crujía como si tuviera secretos, y una ventana que daba exactamente a un muro de ladrillos pintado de un color que alguna vez fue blanco.
Pero también tenía algo. Una luz. Esa luz dorada mexicana que parece tener filtro de Instagram incorporado, entrando por la ventana y pintando todo de un amarillo cálido que hacía que hasta el muro de ladrillos pareciera arte.
Max dejó su maleta en el suelo. Se quitó los AirPods, que habían muerto heroicamente en el tercer piso de la escalera. Se sentó en la cama, que crujió como saludo.
Y por primera vez desde que llegó, sonrió de verdad.
—Chingado —dijo, probando la palabra que había escuchado al Chava decir unas quince veces en el camino—. Esto va a estar... interesante.
En algún lugar de la calle, abajo, alguien tocaba una canción de mariachi desde un celular con bocina. Un perro ladró. Una campana de iglesia sonó. Y Max Verstappen, cerró los ojos y respiró Guadalajara.
Max dejó su maleta junto a la cama y se acercó a la ventana. El muro de ladrillos no dejaba ver mucho, pero podía escuchar. Abajo, en la calle, el tráfico avanzaba en oleadas, deteniéndose en cada semáforo con un coro de claxones que no sonaban a enojo, sino a conversación. Desde algún apartamento cercano, una radio tocaba música ranchera a volumen moderado, lo suficiente para que la melodía se colara por las rendijas de la ventana.
Era Beto, sosteniendo una caja de cartón con utensilios de cocina básicos que el anterior inquilino había dejado.
—Traigo esto —dijo, extendiendo la caja—. Tenedores, cuchillos, un sartén con el mango medio flojo. Lo usual.
Max tomó la caja, agradecido.
Beto asintió y se quedó un momento en la puerta, como quien decide si entra o no. Finalmente dio un paso al interior y miró alrededor.
—El departamento 511 —dijo, señalando la pared del lado izquierdo—. Hay alguien viviendo ahí. Lleva unos tres meses. A veces se escucha guitarra por las noches.
Max miró la pared, como si pudiera ver a través del concreto.
—No hace mucho ruido —continuó Beto—. Eso es bueno. El anterior tenía perro y dejaba que hiciera sus necesidades en el pasillo. Un desastre.
Max no supo qué decir. La situación le parecía extrañamente íntima, el hecho de que Beto supiera quién vivía al lado, cuánto tiempo llevaba ahí, qué sonidos producía.
—Llegó hace unos días —dijo Beto, mirando la maleta de Max—. El del 511. Lo vi subir por las escaleras con una funda de guitarra. Parecía cansado.
Max asintió, guardando la información sin saber muy bien por qué le importaba.
—Las escaleras —dijo Beto, como si leyera su mente—. Mañana temprano suelen arreglar el elevador. Los del cuarto piso se quejaron bastante ayer. Gente con niños pequeños. Entiendes.
Beto se dio la vuelta para irse, pero se detuvo en el umbral.
—Hay un mercado a dos calles. Abren hasta las nueve de la noche. Venden fruta, verdura, pan. Cosas básicas. Si necesitas algo más... específico, hay un supermercado a cinco minutos caminando.
Beto se fue, dejando a Max solo con su caja de utensilios viejos y el sonido distante de la guitarra que ahora, que prestaba atención, podía distinguir viniendo del departamento vecino. No era una canción específica, solo acordes sueltos, ensayos, dedos buscando la posición correcta en los trastes.
Max dejó la caja sobre la mesa de la cocina, una superficie de formica blanca con una esquina levantada. Abrió la llave del gas y funcionó. Abrió la llave del agua y funcionó. Eso ya era algo.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared que compartía con el departamento 511, y cerró los ojos. La guitarra seguía sonando, ahora más suave, como si quien tocara también se estuviera quedando dormido. Max respiró hondo, sintiendo el cansancio del viaje, del calor, de las escaleras, finalmente alcanzándolo.