La muerte convive todos los días con la vida como si fueran hermanas; unidas, encadenadas, cómplices eternas de una magia que cobra su máximo esplendor cuando el más allá se acerca al más acá.
Mixquic, es un pueblo que se distingue por festejar la llegada de sus fieles difuntos. Cada año, “los vivos” visitan las tumbas de sus seres queridos con la esperanza de reencontrarse una vez más.
Debería explicar primero, que este ancestral culto a los difuntos es de origen prehispánico. En la época prehispánica Mixquic era una isla rodeada por las aguas del “casi extinto” Lago de Chalco y destacaba por el cultivo de hortalizas por medio de chinampas, que de igual forma, apenas sobreviven en esta zona lacustre.
Diosa de la vida y la muerte
¿Por qué es especial Mixquic?
Para aquellas personas que no han visitado el sitio, diré que desde que caminas por sus calles, Mixquic huele tradicionalismo. Entre flores, copal, tapetes de aserrín, estrellas colgantes, y cráneos de diferentes texturas y tamaños, podrás admirar el amor de sus habitantes hacía la muerte.
En el patio de la casa cural de la iglesia, se encuentran hallazgos arqueológicos como la escultura en piedra de la Diosa de la Vida y la Muerte, ubicada en el antiguo panteón prehispánico y la escultura del Chac Mool (mensajero de los dioses) flanqueada por dos aros del juego de pelota.
Cada 2 de noviembre “los vivos” (unos más, otros menos) visitan el panteón de San Andrés para decorar las tumbas con: flores, velas, y copal.
Sobre las calles empedradas se trazan caminos de flores desde la entrada del pueblo hasta el camposanto de los fieles difuntos. El Día de Muertos los habitantes de Mixquic abren de par en par las puertas de sus hogares, engalanados con altares de muerto, y ofrecen comida y bebida a los visitantes de éste y del otro mundo.
El festejo hacía la muerte en Mixquic comienza el 31 de octubre. Ahí, aparece un personaje vital para el ritual: el campanero, que se encarga de indicar los momentos solemnes con el resonar de las campanas.
A mediodía, 12 campanadas en la parroquia de San Andrés Apóstol, anuncian el instante en el que llegan las almas de los niños. Por tanto, “los vivos” ya deben contar con un altar preparado en sus hogares que deben estar bien limpios y arreglados. En primer término se pone: un cirio pequeño, un vaso de agua, la sal y las flores blancas (que son regadas desde el zaguán hasta el altar).
A partir de las 7 de la tarde doblan las campanas anunciando la “hora del campanero”, (costumbre que data desde la antigüedad) y consiste en que grupos de niños lleven consigo una campanita y un costal visitando las casas de amigos, parientes y vecinos mientras cantan, rezan y piden ofrendas.
El único disfraz que permite Mixquic es el de calavera.
“A las ánimas benditas les prendemos sus velitas, campanero mi tamal, no me des de la mesa porque me hace mal”.
Al caer la tarde del día 2 de noviembre, los habitantes de Mixquic acuden al panteón con una gran cantidad de velas, flores e incienso. Iluminan las tumbas para representar el triunfo del paso de esta vida a la otra.
En la oscuridad del ambiente, las luces se encienden al vigor de las velas y el panteón emana diferentes aromas por el sahumerio, resina de copal e incienso.
La intención es mostrar la luz a las almas para su retorno al Mictlán (lugar a donde van los muertos) y así tener la seguridad de que no se pierdan.
Entre oraciones y cánticos el cementerio refleja una luz inmensa que aparenta el regreso al más allá de las ánimas. En el pasado se alumbraba con rajas de ocote o fogatas o velas.
El camposanto se vuelve la casa de los vivos y muertos
En Mixquic conviven vivos y muertos, los verdaderos protagonistas de la tradición no son los cadáveres, sino el afligido que anhela con dicho ritual tanto el repaso de la muerte como la superación del duelo. Es por eso que necesitamos hablar y convivir con la muerte.
Nota: Las fotografías son propias.
Si te interesa conocer un poco más sobre el lugar de los muertos, te recomiendo visitar el siguiente enlace:
El lugar de los muertos, Mixquic