Así como el fuego forja, así puede incinerar.
Así como el agua templa, así puede ahogar.
Así como el fuego alumbra, así puede cegar.
Así como el agua limpia, así puede ensuciar.
Así como me limito, así también me des-limito.
Así como me de-limito, así también abro mis límites.
Y todo es porque así he aprendido a transformar mis circunstancias, transformando mi mentalidad.
Creo en lo que creo;
Limito en lo que me limito.
Destruyo lo que no quiero que esté,
O lo que quiero que ya no esté.
Abro y amplio mi mundo,
al abrir y ampliar mi consciencia.
Y si me doy cuenta,
me transformo porque cambio,
porque soy consciente.
Me reconozco en las cosas,
al reconocer a las cosas en mi.
Los pensamientos nos atan,
pero también nos liberan,
Me condiciono a mismo
porque así estoy condicionado
por lo que conozco, por lo que experimento,
por lo que he vivido, por lo que he leído.
Pero tengo que admitir y reconocer,
aquello que quiero cambiar,
de lo contrario seguiré cegado
y controlado por mi propio condicionamiento.
Y aunque parezca un círculo,
cambia al reconocerlo como una espiral;
ascendente o descendente,
Pero siempre en distinto lugar.
Cuanto más consciente soy,
me destino a transformarme.
Cuanto menos consciente soy,
me transformo a mi destino.
Y aunque pueda llevar todo al cambio,
también el todo cambiar no a cimentar,
pues inclusive la concentración y el enfoque,
la Voluntad como el progreso, necesitan estabilidad.
Es cuando tengo que aprender a reconocer,
a operar y a medir,
el cambio como el límite
hacia la circunstancia
o hacia mi persona.
He ahí el valor del símbolo, del cambio y de la transformación:
Del río o del hombre que nunca son el mismo (Heráclito);
De la serpiente o del niño que se han de transformar (F. Nietzsche);
De la naturaleza que da forma pero que también la destruye (Carnéades);
De la dosis que hace al veneno (Paracelso);
Del tiempo que cambia los mundos (A. Huxley);
Del tiempo que transforma el futuro si nos quedamos en el presente viendo al pasado (H. Fitzgerald);
Del tiempo que todo lo da y que todo lo quita (Giordano Bruno);
Del valor que damos a la vida al reflexionar en la muerte (André Malraux);
Del valor y significado de hacer consciente lo inconsciente (C. Jung);
De otorgar valor y sentido a lo que no lo tiene (A. Camus);
De estar preparados para el cambio (W. Goethe);
De reconocer nuestros pensamientos como molde de nuestra vida (Marco Aurelio);
De reconocer nuestro tiempo como breve e irreparable (Virgilio);
Del espíritu que solo encuentra su transformación al enfrentar su desgarramiento (F. Hegel).
El practicante esotérico no solo conoce y vive la experiencia humana, sino que no se limita solo a la consciencia natural; no solo entiende y reflexiona como un filósofo, sino que tampoco se limita a comprender y a actuar en función de naturaleza y estatus como humano; no se limita en condición de espíritu porque reconoce su influencia y efecto a través de los mundos, al transmigrar sus ideas y pensamientos al mundo de lo tangible, y de lo humano.
Vivir es transformarse.
En lo que soy.
En lo que necesito.
En lo que deseo.
En lo que quiero.
Vivir es Voluntad.
Pero si no comprendo la vida que fluye en mi,
si tengo miedo al cambio como a la sombra,
¿cómo espero comprender la profunda
significancia que puede traer el cambio
o la noche para mi?
Todo cambio requiere o muerte o destrucción.
Por ello todo cambio requiere valor, sacrificio, y Voluntad.














