Aquí en Colombia al amigo se le llama 'parse'. Leo en internet que viene de 'aparcero' (el que «participa en una aparcería o en una comuna agraria») y que su raíz está en el latín medieval: 'partiarius' («partícipe»). Es una palabra bonita. También usan a menudo la expresión qué pena, pero para pedir disculpas. Aquí te dicen qué pena que llegué tarde, y no es que sientan lástima o aflicción por uno; es más bien una forma dulce y coloquial de decir que se siente por la demora, sin mayor sentimentalismo.
Estos días en Bogotá y Medellín están siendo extraños. El proyecto que me ha atravesado de cabo a rabo ha dicho adiós, y mientras lo hacía, yo aterrizaba en el aeropuerto de El Dorado. Hoy, tras cinco noches de jet lag, tras casi romper a llorar frente a unos doscientos desconocidos cuando homenajeaba y agradecía estos diecisiete años de educación expandida a ZEMOS98, tras necesitar ese llanto pero no tener con quién, me atrevo a escribir y a compartir algunos pensamientos. No estar ahí me ha dolido más de lo que podía imaginar.
El mes pasado acepté una invitación para hablar aquí de educación expandida. Pregunté con cautela a la persona que me llamó, Camilo, si estaba invitando a ZEMOS98 o a mí. Me dijo que conocía mi trabajo y me regaló —que dicen aquí— varias razones por las que, a pesar de las dudas, me dejé convencer. Acababa de terminar un texto sobre el tema para un libro, y Colombia me parecía un lugar ideal para aprender cosas para mi nuevo proyecto: la tesis, sobre memoria colectiva y sus mediaciones. Luego tardaron más de lo previsto en comprar los billetes, hubo un baile de fechas y un malentendido, y finalmente me compraron la salida para el sábado del festival, sin posibilidad de cambio. Sofía llevaba más de una semana ofreciéndome escribir las crónicas del hackcamp, tarea que perdía sentido si yo no iba a poder estar ese último día. Finalmente, con más ilusión que decepción, acordamos que podría echar una mano con las entrevistas. Y así, después de dos días como un niño perdido por el CAS, después de catorce entrevistas tras bambalinas, me fui de Sevilla a la francesa en la noche del viernes pasado, víspera del suspiro final del Festival ZEMOS98 en su decimoséptima y última edición. La verdad es que no encontré mejor manera. La única que me entendió, rápida, fue Sofía. Hay cosas que entre amigos se resuelven con un gesto leve. No todas, pero hay cosas que sí. Sentí miedo al asomarme (yo solo) a aquel abismo de un (para mí) nuevo adiós que me volvía a remover las entrañas; y confieso que a la salida del código fuente de Rubén llegué a compartir con Nuria—y luego con Lucas y con Julio en la cena— que sería mejor no estar en el fin de fiesta por no saber cómo iba a reaccionar. Es más, me atreví a decirles que este final sería raro para todos, y creo que incluso insinué restar solemnidad al evento. Me borré.
Hoy hay muchísima gente para la que mi nombre no tiene nada que ver con ZEMOS98. Y es lo que tiene que ser, aunque todavía duela. Pero si echo la vista atrás, aunque hace ya más de cinco años que sentí que mi ciclo ahí había terminado, no consigo encontrar el momento exacto en que dejé de tener que ver con ZEMOS98. No niego que lo intentara, no niego que incluso lo deseara. Lo que sé es que jamás he dejado de serlo (incluso ahora, que son macarenos). Las razones por las que tomé aquella determinación son complejas, como suele ocurrir siempre que uno toma una decisión dolorosa. Luego las circunstancias se encargaron de que todo fuera aún más difícil: la primera vez que me atreví a decir vosotros, la impotencia, el desamor, mi fracaso personal (que diría Astrud), las deudas, mi vuelta (a medias) para coordinar un proyecto que proponía la entonces desconocida ECF, el 15M, el amor verdadero, un Máster, un perro al que no pude cuidar, el hamor, el proceso de European Souvenirs, la incomunicación, la precariedad, la búsqueda, Remapping Europe, Home, la generosidad, la incapacidad de decir ciertas cosas (a Sofía, a Pedro, a Pablo, Ada, Emma)... y así hasta los temblores municipales. No es éste el lugar ni el momento para relatar con detalle un episodio tan importante de mi biografía que dejé sin anotar, pero sí quiero recordar que ni supe ni pude hacer nada de esto de otro modo. Hay cosas que cicatrizan así, sin catarsis.
Ayer en Medellín vi un ejemplar gastado de Educación Expandida cambiando de manos en mitad de la calle. En Bogotá hay en estos momentos un libro de Educación Expandida en una exposición. Un amigo al que hace unos años entrevistamos Pedro y yo me invitó a Chips Ahoy en su brutalista edificio, y tiene una foto de Julio impresa porque dice que es la mejor foto que le han hecho en su vida. Todo me pareció una puesta en escena, pero Camilo me promete que nada es intencionado. Hoy me ha visto triste y me ha dicho que quizás Colombia sea mi catarsis. Puede que tenga razón, porque donde antes tenía una cicatriz, ahora veo un tatuaje.
Cuando se ha sido parte de ZEMOS98, nunca se deja de serlo.
Pedro, parse, qué pena.
Felipe, parse, qué pena.
Sofía, parse, qué pena.
Parses, qué pena.