En el año de 1970, se construyó en Guadalajara la fuente/escultura titulada La Hermana Agua, obra del arquitecto Fernando González Gortázar. Por aquellos entonces, la capital jalisciense vivía una época de plenitud arquitectónica y artística que no se ha vuelto a repetir. Fueron los años de grandes nombres como Luis Barragán, Mathias Goeritz, Alejandro Zohn, etcétera. González Gortázar pertenecía a este club, y junto con todos los anteriormente mencionados fue uno de los encargados de hacer de Guadalajara una ciudad cosmopolita, de su tiempo. En el sentido simbólico y cultural, por lo menos (que ya se sabe que en lo demás sigue y seguirá estando ubicada más bien en el medievo). La Hermana Agua, pues, se ubica en la intersección de dos conocidas vialidades de la ciudad: Las Rosas y López Mateos, nombradas respectivamente porque antaño se decía que Guadalajara estaba llena de rosas, y por uno de nuestros H. Ex – presidentes. No sé qué habrá visto en su momento la dichosa fuente, pero ahora tiene un Soriana, un Superama, un hotel Hampton Inn y un cuasi-centrito comercial rodeándola. Sin duda, La Hermana Agua es un hito de la modernidad.
El 25 de diciembre de 2012 volé de Chicago a Guadalajara después de una semana de vacaciones con mi familia. Activé los datos celulares en cuanto el avión hubo aterrizado, esperando ver quién se había tomado la molestia de decirme Feliz Navidad. No que importara mucho, pero la ansiedad de quien necesita que le refrenden su cariño constantemente funciona de esa manera. Sobresalían dos mensajes: una invitación de un chico que por entonces me gustaba a comer tacos, y otra invitación de un grupo de amigos a tomar unas cervezas en el departamento de uno de ellos. Por supuesto, privilegié la primera.
Cuando una es oriunda de un lugar, la costumbre y el paso del tiempo hacen que el entorno se de por sentado. Esa mirada curiosa y despierta se apaga, y se prende nada más cuando se sale de ese ambiente inmediato. Confieso que he pecado de pasar a la ciudad por alto por muchos, muchos años. No fue hasta que empecé a convertirme en la adolescente snob que sigo siendo que empecé a percatarme de las cosas magníficas que tenemos. Entre mis favoritas se encuentran el Pájaro Amarillo de Goeritz, el Teatro Experimental de Jalisco, el mirador de la Barranca de Huentitán y el Roxy. Alguno que otro puente también me gusta, de esos que salen del Parque Agua Azul. Alguna vez llegué a subir al piso 26 del cuasi-abandonado Condominio Guadalajara y me gustó mucho ver a la ciudad desde lo alto. Me gustó ser de ahí, o algo. Sospecho que en ese momento empecé a ver hacia adentro y corté un poco con la pulsión diaspórica que todos tenemos en la llamada “provincia”. Me contradigo, vaya. La Hermana Agua es una de estas piezas de museo que están regadas por la Zona Metropolitana, quizás una de las más olvidadas. Está en un camellón, mirando no sé bien hacia donde, seca la mayor parte del tiempo.
Al final no fui a ninguna de las dos cosas. Decidí que estaba cansada y que necesitaba dormir, con esa madurez que aparentemente ha ido en retroceso conforme voy cumpliendo más años. En la madrugada, no sé a qué hora, sonó mi teléfono. Era G. Esperaba que fuera una llamada de borracho, o un esfuerzo (futil) para convencerme de que fuera a la fiesta, o una canción sonando en alguna bocina porque nos gustaba mucho hacer eso cuando oíamos algo que nos gustaba. En vez de eso, lo escuché con la respiración entrecortada, arrastrando las palabras, muy sin saber qué decir. “Ven”, me dijo. “P se subió a la fuente y se cayó. Hay mucha sangre y no sabemos qué hacer. Por favor ven”. G y M se habían quedado hasta tarde con P, platicando y riéndose y fumando, cuando a este último se le había ocurrido ir a la calle y subirse a la fuente. Este tipo de ocurrencias no eran anormales en él. En numerosas ocasiones me tocó verlo saltarse bardas, escalar balcones, y pararse en azoteas. Con un ojo medio abierto corrí al cuarto de mis papás a contarles lo que había pasado. Me dijeron que no tenía caso que fuera a ningún lado a esa hora, que al fin y al cabo G era médico y podría manejar la situación. Asentí. Me volví a dormir.
La mañana siguiente, el chico que me gustaba me invitó a desayunar unas tortas ahogadas. Llegué muy vestida, muy arregladita, pensando tangencialmente en los eventos de la noche anterior. No pretendo hacer metáforas cuando digo que parecía que todo había pasado en un sueño. Estuvimos un rato platicando de ciertos edificios de Erich Coufal y del Mercado de San Juan de Dios. Mientras decidíamos cuál era el mejor caldo Michi del mercado, sonó mi celular: “¿qué onda? ¿por qué no has venido al hospital?”. En ese momento entendí lo que había sucedido. Dejé todo y salí corriendo rumbo al hospital civil viejo, al que, tengo que confesar, jamás había ido. Guadalajara y sus geografías morales. Estaba hasta entonces acostumbrada a la luz atronadora y la esterilidad de los hospitales privados. Llegar fue un shock doble: la realidad del sistema salud mexicano, tan deficiente y precario, y la imagen de P postrado en una cama con la cabeza envuelta en vendas y tubos y cables que no sé bien a bien de dónde salían y hacia donde iban. Todo se volvió trivial en ese instante. Las vacaciones, el chico aquel con quien hablaba de arquitectos, las ganas de hacer fiestas, los viajes, todo. Supe entonces por G y por M que el cráneo de P estaba pulverizado casi en su totalidad. Estaba en coma inducido. Desde luego, había una chance muy baja de que saliera de esta. O de que saliera entero, gritón, gracioso, tenaz, como era él. Pensé, quizás la vida me había estado preparando para esto. Para tener que hacer frente a la posibilidad de que una de las personas a las que más quiero en la tierra se muera de esta forma tan pendeja. Tan inexplicable.
Las siguientes dos semanas fueron un ir y venir al hospital. Despertaba, comía algo, hacía algunos sándwiches o lo que me encontrara para llevar a la familia de P y me arrancaba hacia el hospital. Llegué a hacerme amiga de un mariguano que me cuidaba el coche en un parque cercano donde lo estacionaba. Una mañana me recomendó unos lonches cerca del Santuario (no los famosos, otros) a los que he seguido yendo cuando tengo la oportunidad. Nunca me preguntó el motivo de mis recurrentes visitas. Supongo que algún callo tendría ya hecho en torno a esas cuestiones. Las entradas a la sala de visitas eran limitadas, y fue así como mis amigos y yo empezamos a inventarnos tácticas para entrar. Algunos de ellos eran médicos entonces nos prestaban sus batas para hacernos pasar por doctores. Un día encontramos un pasadizo secreto donde no había policías y empezamos a meternos por ahí. Eventualmente nos cacharon, nos ficharon y ya nos perseguían como ratas cada vez que nos veían pasar cerca de la puerta. G me dijo que había otra forma de pasar pero que igual no me iba a gustar. Me valió madre, “si ya sabes que no me asqueo con nada”, le dije, y nos reímos recordando una vez que bebimos agua de un florero con Bacardí. Era por el área de neurología, lejos de donde estaba P, al que habían logrado conseguirle una camilla semi-privada. Entramos y vi por primera vez La humanidad doliente (Jorge Monroy, 2017), ominoso mural que “adorna” las paredes del Hospital Civil Fray Antonio Alcalde. Lo tomé como augurio, y lo fue. El área de neurología era un pasillo largo con camas pegadas unas a otras donde había personas con tubos conectados a la cabeza, delgadísimas, amarillas, moradas y verdes, aferrándose a las migajas de vida que les quedaban. Recordé películas de la segunda guerra mundial. Había poco espacio para pasar entre las camas en ese galerón interminable, y yo me agarraba a la bata de G como si fuera una niña chiquita con miedo. Porque lo era. Olía fatal. Evité a toda costa hacer contacto visual con cualquiera de las personas que ahí yacían, por temor un poco a que me contagiaran su dolor o a estallar en llanto o, peor, a que con sus ojos me recordaran que eran personas vivas y no props de mi propia narrativa del shock inventada. Salí de ahí y G me miró. No me dijo nada, pero supe que había comprendido lo que acababa de pasarme. “Yo te advertí”, murmuró. No volví a pasar por ahí ni espero volver a hacerlo nunca. Preferí volver al peligro baboso e irrelevante de saltarme rejas y que un policía gordo con olor a carnitas me dijera “señorita, bájese de ahí”.
Hacia los últimos días de estancia de P en el hospital, me dejaron entrar a verlo sola. Al entrar no me le quise acercar demasiado. Me sabía observada pero además me negaba a creer que ese ser que estaba ahí tumbado fuera mi amigo. Cuando por fin junté fuerzas para sentarme junto a su cama, me puse a llorar como bebé. “Si te mueres te mato, hijo de la chingada. Te odio. No te mueras. No nos dejes. Te odio. Regresa.”, algo sobre esas líneas recuerdo haberle dicho. Lloraba y lloraba y me acordé que traía una libretita en la bolsa de mi chamarra. Hacía unos días que había leído un poema por ahí que me había gustado mucho y lo anoté completo, para acordarme de él siempre. Saqué la libreta y se lo leí en voz alta.
The weight of the world
is love.
Under the burden
of solitude,
under the burden
of dissatisfaction
the weight,
the weight we carry
is love.
Siempre he sido y seré una cursi. Cuando acabé de leerlo, agarré la mano inerte de P y le dije que no era cierto que lo odiaba. Que si acaso lo odiaba por quererlo tanto, por haber tenido que olvidarme de las festividades por él, y por haber hecho que me persiguieran los de seguridad varias veces y por haberme hecho conocer ese lugar horrendo y cruel y por haber tenido que soportar no solo mi propio dolor e incertidumbre si no también la de mis amigos, la de nuestros amigos, la de su familia, las caras de sufrimiento de toda la gente que espera sin saber qué espera. Así que esto es el amor, pensé. Me paré y entre risita y llanto le dije “ya despierta, wey, para contarte esto que acabo de descubrir contigo tirado ahí como pendejo”. Salí de la sala y G me abrazó. “¿Qué tal? ¿cómo lo viste?”, me preguntó. “¿Cómo que cómo lo vi? Se ve todo imbécil ahí acostado. Pero me urge que despierte”. Nos sonreímos, y me fui a mi casa. Escuché cierto disco de The Tallest Man on Earth que a la fecha me da por revisitar cada que necesito acordarme de que el amor es un pez de muchas formas.
Le llamé a mi abuelo para preguntarle sobre la fuente. Me contó, entre otras cosas, que antes el camellón de en frente había una suerte de continuación de la estructura donde había unas bombas de agua para la colonia. Chapalita se llama así (como el lago) porque era un barrio donde había muchísima agua, dice. También estaba una casa que eventualmente le perteneció a un artista de renombre que murió hace no muchos años. De esto último sí me acuerdo, pero ya no me acordaba que me acordaba. Como no había tantas construcciones altas a su alrededor, la fuente sobresalía más ahí en medio de las dos avenidas. Además no había tantos coches, ni tanto ruido, ni tanto nada. Sí había más agua. Chapalita se sigue inundando pero es una colonia considerablemente menos verde de lo que fue. Mi abuelo siempre ha tenido el ojo sensible, y dice que La Hermana Agua era la entrada perfecta para esa colonia con nombre de lago. Ahora está seca, lamentable símil de lo que ocurre paulatinamente con el ex-mar chapálico.
Ya pasaron casi seis años y sigo sin saber bien qué se fracturó realmente aquella noche. En su momento no lo pude entender bien, y estoy esperando que la edad y el tren desenfrenado que es la vida me lo dejen claro. Algo sí he aprendido: la claridad no llega de súbito. Son olas. O algo así. Olas de esas que hacen los coches cuando el agua de la lluvia se estanca en las avenidas. Olas que se hacen porque las cloacas están llenas de porquería y el agua no puede drenarse, y en vez Avenida López Mateos se convierte en un tristísimo simulacro de Venecia tropical. Esas olas.
Cuando volví con G a la fuente, semanas después del suceso, la sangre seca seguía ahí. El agua no había corrido por lo menos desde el incidente, no había existido la oportunidad de que esa mancha horrible se lavara. Quién sabe si esperábamos que al borrarse la mancha se nos borraran a nosotros otras cosas. Lloramos un poco. Él me pidió perdón por haberme llamado en medio de la euforia para pedirme ayuda, “no sabía qué hacer”, me dijo. “Y a veces no sé cómo expresar que quiero a la gente”. Esto último sobretodo se me quedó grabado. Muchas veces había dudado yo de su cariño hacia mí, y ese día entendí que su llamada aquella noche había sido una suerte de declaración afectiva. Un grito desesperado dirigido a quien él creyó que sería la única que podría ayudarlo, o entenderlo, o abrazarlo por lo menos. Lo abracé y le dije que todo estaba bien. Y que si no lo estaba, iba a estarlo pronto. Ya era enero, y aunque el cielo amenazaba con llover no recuerdo si sucedió.
P se recuperó del accidente y volvió a ser más o menos el mismo. Una de las últimas veces que estuvimos juntos vimos Django Unchained. Después me fui a España a pasar unos meses, y me tocó ver la posterior debacle desde lejos. Para no entrar en más detalles, la caída y sus posteriores implicaciones médicas y químicas acabaron por separarnos a todos. Las cosas terminaron mal. Cuando volví a Guadalajara ya nadie vivía en ese apartamento y mis amigos ya no eran los de antes. La fuente seguía ahí, inmóvil y gris. Nosotros, o lo que éramos entonces, por lo menos, no acabó por recuperarse nunca. La casita que entre todos habíamos construido está ahora permanentemente pegada a máquinas que la mantienen a medio morir. Ya nadie la visita nunca. Quién sabe hasta cuándo la dejen ahí.
G y yo seguimos siendo amigos. Lo quiero mucho, aunque lo veo muy poco, quizás una o dos veces al año si nos va bien. Hemos dejado de hablar del tema. M está en un pueblo de la sierra, tratando de encontrar alguna cosa. Hablo con ella menos de lo que hablo con G, un poco por cuestiones que tienen que ver con pésima infraestructura de telecomunicaciones pero más porque simplemente su recuerdo a veces se me pierde en la bruma constante que habita mi cabeza. La quiero mucho también. Tengo que confesar que a veces la voz de mi consciencia suena inquietantemente parecida a la voz de ella. Al resto de los involucrados los he seguido viendo, pero nunca como antes. Eso que dicen de que “uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida” no me lo creo tanto. Prefiero no volver y dejar intacta la memoria.
Ahora que mi incipiente carrera académica me ha llevado a instruirme un poco sobre espacios y subjetividades, me pareció necesario desenterrar esta serie de eventos. Cada que paso por La Hermana Agua no puedo evitar pensar en todo lo que desencadenó para mí su sola existencia, su emplazamiento, la elección de sus materiales. González Gortázar seguramente no se imaginó que esa fuente nos iba a romper la vida un poquito a una bola de morros cualquiera. Si La Hermana Agua hubiera estado en el sitio donde están Los Cubos, ¿habría pasado esto? Quizás las cosas ahora serían distintas en mi vida. Y en la de mis amigos también, sin duda. También cuando paso por ahí, sin embargo, me acuerdo de que la gente tiene sus formas de querer y que todos nos perdemos una y otra y otra vez en la traducción de estos códigos. Me acuerdo de llorar en el pecho de G y de los regalos inesperados de P y de los mensajes crípticos de D. Me acuerdo de dudar a todas horas, en todos lugares, de si la gente a la que amo me ama de igual forma simplemente porque no lo expresan igual que yo. Aparece entonces ese pez multifacético. Se aparece la fuente, la cama del hospital, la sangre café, el gesto descompuesto de A, el poema de Ginsberg, el mariguano del parque. ¿Será esta la lección? Que el otro no es malo ni es bueno, solo es otro. Y en su otredad también ama de otras formas, y da de otras formas. Y eso es bueno y está bien. ¿Será? Tiene que ser.
Que vuelva a llover para que se formen otras olas de agua sucia.
Vuelvo a pensar en la fuente y su textura extraña, en lo desapercibida que probablemente le pasa a toda la gente que transita por el área. Me pregunto si mientras escribo esto ya tendrá agua, o si estará seca como estaba aquel diciembre. Si tuviese suficiente agua, me gustaría que ahora en ella hubiera algunos peces. De pronto así la gente empieza a mirarla más.