⋆꙳•❅‧₊⋆☃︎‧❆₊⋆
En la casa de los Dawlish, el fuego crepitaba con un ritmo casi hipnótico. Danielle, con apenas ocho meses, dormía sobre el pecho de su madre, envuelta en una manta que John había encantado para conservar el calor sin sofocarla. Greta tenía una mano apoyada sobre la cabeza rubia de la niña de manera inconsciente, protectora.
John estaba sentado frente a ellas. Sostenía una taza de té humeante entre sus manos, más por necesidad que por gusto porque siempre había preferido el café.
—Deberías descansar, intenta dormir un poco —dijo en voz baja, para no despertar a la pequeña.
Greta negó apenas con la cabeza. —Está bien así. Danny duerme mejor cuando me siente despierta.
El viento golpeó una de las ventanas y John se levantó sin decir nada, agitando su varita y reforzando los encantamientos. Necesitaban toda la protección que el fuego y la magia podían ofrecer en una noche tan fría pero por supuesto, siempre estaba alerta aunque Mulciber siguiera en Azkaban. Al volver a la sala, colocó una manta extra sobre los hombros de Greta. No fue un gesto necesariamente romántico, sino algo más profundo, silencioso. Como muchas cosas entre ellos desde siempre. Un recordatorio de que no estaba sola con Danny esa noche y una promesa de que nunca lo estarían mientras él viviera.
⋆꙳•❅‧₊⋆☃︎‧❆₊⋆
En Azkaban, el frío no provenía solo de las piedras ni del aire que se colaba entre los barrotes de las ventanas o los agujeros en los muros.
Emmett temblaba, apoyado contra la pared de la celda, con el rostro pálido y los ojos hundidos. Owen estaba sentado a su lado, la espalda recta pese al cansancio, su abrigo raído compartido entre ambos. Apenas lo había llevado su hermana en la última visita pero los dementores no los dejarían tener algo tan útil contra el invierno por mucho tiempo.
—Phee odia el frío —murmuró Emmett, con una sonrisa apenas visible—. Siempre decía que le entumecía los dedos.
Owen cerró los ojos un segundo. —Entonces piensa que ella está bien, frente a la chimenea. Con Pansy. En casa de padre y madre. Eso basta.
No era consuelo verdadero, pero en esas circunstancias era lo único que podían darse. Owen ajustó el abrigo un poco más sobre los hombros de su amigo. Casi bruscamente, como si temiera que cualquier atisbo de ternura pudiera tomarse como señal de debilidad por los dementores. Aun así, no se apartó.
Esa noche, sobrevivieron compartiendo el escaso calor del abrigo y los silencios ya cotidianos.
⋆꙳•❅‧₊⋆☃︎‧❆₊⋆
En esa casa blanca y demasiado grande para que sólo tres personas vivieran en el lugar, Ophelia caminaba lentamente por su habitación, arrullando a Pansy contra su pecho.
La chimenea estaba encendida, lograba mantener a una temperatura perfecta toda la estancia. Era el único lugar en el que podía permanecer más de unos pocos segundos pues había sido decorado a su gusto. Incluso recordaba a Emmett ayudándola con las cortinas.
La niña dormía, ajena al nudo de resentimiento que su madre llevaba en el estómago. Apenas unos minutos antes había discutido con Federick, que se empeñada en pasar tiempo con la bebé. Él había hecho que los elfos construyeran una aldea navideña en la sala para que la muy inteligente pequeña de casi once meses disfrutara con las luces y los sonidos.
El fuego de la chimenea estaba encendido también ahí, la casa se sentía curiosamente cálida, pero Ophelia sentía frío igual. Pensó en Frederick, en su apellido, en el matrimonio impuesto como una jaula elegante. No soportó la idea de pasar ahí más allá de unos segundos y se había llevado a Pansy a su habitación que compartían en las noches. Se había dormido rápidamente en sus brazos pero no la dejó en su cuna. Apretó un poco más a su hija contra su pecho, como si así pudiera protegerla de un futuro similar.
—Nunca —susurró—. Nunca te obligarán a vivir algo como esto. Te lo prometo.
Pansy se movió apenas, ajena a todo y Ophelia sonrió con un poco de tristeza. Ese era el calor que necesitaba esa noche. Su ancla. Ese abrazo tierno de su bebé. Mantenerla sólo para ella se sentía como encabezar una rebelión contra todo lo que odiaba, al menos por esa noche.
⋆꙳•❅‧₊⋆☃︎‧❆₊⋆
Kassandra estaba sentada en el sofá que se había vuelto su favorito, con Mikel dormido sobre su pecho. El niño tenía una mano cerrada sobre la tela de su vestido, como si temiera caer incluso en sueños.
Ella miraba el fuego de la chimenea frente a sus ojos sin verlo realmente. Pensaba en Owen, en el hombre que había amado y que ahora era solo un recuerdo peligroso. Aun así, el amor persistía, encendido, obstinado, como la brasas bajo las cenizas.
—Tu padre habría odiado este frío, la tormenta —murmuró—. Pero te habría protegido de el, estoy segura. Te ama casi tanto como yo. Ya lo verás cuando también puedas ir a visitarlo.
Se acomodó mejor, envolviendo a Mikel con cuidado en la manta dónde lo mantenía acunado. Quizá no podía cambiar el pasado ni el destino, pero esa noche al menos podía mantener a su hijo caliente y a salvo en su habitación. Y eso era suficiente.










