He pensado en ti más de la cuenta
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He pensado en ti más de la cuenta
...
La nieve caía en copos gruesos y lentos, cubriendo los patios de Winterfell con una capa esponjosa que crujía bajo las botas. Para Elizabeth era el sonido de todos los inviernos de su corta vida; para Albus era una sinfonía completamente nueva.
El príncipe, con apenas seis años, caminaba tambaleante entre los montículos blancos mientras exhalaba nubes de vapor, maravillado como si hubiese entrado en un cuento.
—¿Esto es lo que pasa siempre aquí? —preguntó con los ojos muy abiertos, extendiendo las manos enguantadas para atrapar un copo.
Elizabeth, medio escondida en el gorro de su abrigo y con las mejillas ligeramente rojas por el frío, asintió con un encogimiento de hombros.
—Claro. Es nieve. ¿Nunca la habías visto?
—No así… —Albus miró a su alrededor, girando sobre sí mismo—. ¡Esto es como si todas las nubes del cielo se hubieran caído!
Eso la hizo reír. No una risa discreta, sino una risita infantil y traviesa que delató la idea que cruzó por su mente. Mientras Albus seguía maravillado con un copo que acababa de posarse en su guante, Elizabeth bajó las manos y recogió un pequeño montón de nieve fresca, moldeando con una habilidad lógica por los años de práctica.
—¿Y qué hacen con toda la nieve? ¿Se puede comer?—preguntó él, inocente, sin notar aún lo que la pequeña rubia hacía por estar intentando capturar un copo de nieve con la lengua.
—Pues… ¡Esto!— exclamó Lizz muy divertida. La bola le dió a Albus directo en el hombro.
El principe se quedó inmóvil un instante, más sorprendido que dolido. Bajó la mirada hacia su abrigo, luego hacia la niña, que ya tenía otra bola lista y una sonrisa desafiante.
—¡Oye! —protestó él, aunque sin enojo. Bajó las manos torpemente, había jugado con lodo y arena de las playas de Dragonstone, pero esto era completamente diferente—. ¿Así?
—Más redonda —contestó Elizabeth, divertida aguantando una risita—. Si no, no vuelan bien.
—¿Vuelan? ¿Cómo es que...?— balbuceó inclinando la cabeza, pensando que escuchó mal.
Ella no respondió, simplemente lanzó la segunda bola que pasó rozando el gorro del niño. Albus chilló y se tiró al suelo para cubrirse, lo que solo consiguió que levantara una nube de nieve y que Elizabeth estallara en carcajadas.
—¡Eso fue trampa! —exclamó él desde el suelo, intentando de nuevo unir los trozos de nieve helada en una esfera decente.
—No es trampa, es lo que siempre dicen los sureños cuando no saben jugar —replicó ella con la naturalidad cruel y encantadora de los niños del Norte.
Ese comentario, lejos de desanimarlo, encendió la determinación del pequeño heredero. Se puso en pie, las mejillas encendidas, y levantó su primer proyectil todavía bastante imperfecto.
—¡Pues ahora sí sé! —Y lanzó aquello.
La "bola" salió disparada, más torcida que recta, pero suficiente para estrellarse contra el abrigo de Elizabeth, quien lo miró con fingida indignación antes de sonreír con orgullo.
—Nada mal para un sureño— respondió enseñándole la lengua.
—¡Haz eso otra vez y te lanzo dos! —avisó él riendo, mientras recogía más nieve.
Para cuando Neville Longbottom salió al patio —alertado por los chillidos, risas y amenazas infantiles— encontró a los dos futuros príncipes de Dragonstone rodando por la nieve, cubiertos de pies a cabeza, con la dignidad real olvidada por completo.
—Bueno —murmuró Neville, cruzándose de brazos con una sonrisa—. Más vale que el rey Harry no vea esto o querrá que los envíe al calabozo.
Elizabeth levantó la cabeza desde el suelo, el pelo lleno de nieve, y señaló a Albus:
—¡Le gané! Sólo los perdedores deben ser castigados. Además, no tienes un calabozo, padre — reprochó Lizzie tapándose la boca con las manos enguantadas.
—¡No es cierto! —protestó el niño—. ¡Es que etoy aprendiendo, tío Neville!
Neville rió y negó con la cabeza, invitándolos a entrar antes de que se congelaran los dedos.
Pero mientras caminaban hacia la fortaleza, Albus miró hacia atrás, atrapó otro copo en su guante y dijo en voz baja, asombrado:
—Creo que la nieve me gusta. Me gusta aquí. Es el mejor lugar del mundo.
Elizabeth, orgullosa de su reino y con el corazón más cálido que sus ropas, respondió:
—Esperaré a que veas una tormenta de verdad. A ver si dices lo mismo.
Muchos años después, justo luego de pasar juntos la más cálida de las noches, recordarían aquella como su primera pelea.
— La corte espera a que nuestra princesa vea la luz probablemente en esta misma cama. Pero si pudiera decidir, me gustaría que naciera en Winterfell. La nieve es el inicio de nuestra historia — murmuró Albus, con Lizz sobre su pecho desnudo. Invadido por esa hechizante calidez que sólo ella podía transmitirle.
— Espero un niño, ya te lo dije... —respondió ella adormilada—. Más vale que Scamander tenga razón.
El corte así nuevo qué bien te queda
¿Qué haces por aquí, cuánto ha pasado?
Ese corte qué bien te queda
Si te acercas caigo
05
𝕸𝖞 𝕿𝖊𝖆𝖗𝖘 𝕽𝖎𝖈𝖔𝖈𝖍𝖊𝖙
Si lo pensaba un poco, todo había comenzado con esas piedras que lanzó al lago. Si la actividad no le hubiese interesado y recordado mejores días como cuando era pequeño, probablemente habría dado la vuelta y avergonzado, ni siquiera le dirigiría de nuevo la palabra a George que con su mirada le permitió saber que tenía absoluta idea de lo que ocurría.
Ahí estuvo él por un largo tiempo. Lanzando piedras con el pequeño Elijah que formaban círculos en la superficie, mientras Dawlish le explicaba en susurros lo que se suponía que todos los chicos debían saber. Y sin hacerlo sentir un completo inútil.
Y cuando después de unos meses esas piedras de lanzar al agua de alguna forma casi poética se convirtieron en un par de diamantes, Albus se sentía el hombre más afortunado del mundo.
Ni siquiera su coronación fue un día más feliz que ese cuando sostuvo en sus brazos a sus dos pequeños hijos recién nacidos. Competía por el puesto muy de cerca con el día de su boda con Lizz, claro estaba.
Sintió que el día en que le juró estar con ella para siempre en el Gran Septo de Godric, era el inicio de una vida perfecta, hasta que recibió esa carta del monasterio de hermanas silenciosas. Una nota que apenas y decía algo, seguramente por si alguien no autorizado la encontraba. Era hora de cumplir la promesa hecha a Lily casi siete meses atrás.
— Nunca podría haberlo hecho de otra forma, tenía que ser así o es al menos lo que me repito todos los días. No estaba en mis posibilidades salir con la frente en alto de ésa situación—le dijo a George que le llevó un poco de agua con alguna poción para el dolor que el maestre Scamander autorizó casi a regañadientes pues era bastante fuerte, un último recurso—. Cómo sea, estoy muerto para ella desde hace tiempo. Y lo importante es que Coraline está a salvo. Y que hoy también logré que todos estén bien. Esa manticora en verdad estaba descontrolada.
"No tan muerto, hicieron otra bebé en estos tres años..." pensó Dawlish aunque nunca lo diría frente a él. Después de todo, era el rey. Un desdichado rey que tuvo la mala fortuna de tener la celebración del Día del Nombre de sus primogénitos el mismo día que la temible bestia que nadie había visto en años salía por un paseo y un bocadillo.
— No me sorprendería si llega en cualquier momento y no para ver tu caída... Si alguien puede salvarte, es ella— le aseguró George, apretando un poco el hombro de su brazo sano.
Y cómo si Dawlish fuera uno de esos adivinos en los que nadie confiaba pero que gente como la reina Ginny se empeñaba en tener alrededor, un tropel de elfos entró a las habitación sin llamar primero. Tenían lienzos, cuencos con agua caliente, esponjas y botellas de todos tamaños, un aroma herbal llenó el aire rápidamente. Aunque le rogó a George sin mover los labios que se quedara, tuvieron los dos que acatar la orden de la reina y su fiel amigo dejó la habitación.
— Ni siquiera en mi peor día te di un motivo para tratarme de ésta manera. Primero tu traición y ahora ésto. Estás matándome. Así debe sentirse el infierno... Estoy tan molesta que me siento arder por dentro — murmuraba Lizz mientras limpiaba la enorme herida que había dejado la garra de la manticora en su costado. A juzgar por la sangre, era la más grande y por lo tanto la que requería ser atendida primero. Tenía suerte que la criatura estaba tan sorprendida que no intentó usar el aguijón de inmediato.
— Creo que seré cenizas entonces... Pero hay algo que tengo que decirte, antes de que sigas maldiciendo mi nombre. Por favor, tienes que escucharme Lizz... Te he amado cada día desde que te conocí e incluso hoy, que será mi último... Sé que es el final— dijo con dificultad pues hacia lo mejor que podía para no quejarse de dolor. Seguramente el veneno empezaba a filtrarse en su sangre—. Tienes que saber que nunca te engañé. Voy a decirte la verdad pero debes prometer que cumplirás la promesa que hice, en mi nombre. Luego puedes enterrarme usando las joyas que traías el día de nuestra boda. Quiero ver tus ojos luciendo más hermosos que todos esos zafiros, una vez más.
Luego de susurrarle el origen de Coraline, confesarle que Lily estaba en un monasterio y que todo ese tiempo intentó descubrir quién era el culpable de su deshonra sin éxito alguno, se desmayó.
Cuando abrió los ojos de nuevo verdaderamente creyó por un momento que no lo había logrado. ¿De qué otra forma podría despertar con Lizz a su lado en su haboitación soleada, descansando su mano sobre su pecho que subía y bajaba con tranquilidad y no cómo antes de quedarse dormido? Recordaba gemir y jadear pues incluso respirar dolía debido al veneno. Y ahora estaba en total calma. Sin dolor alguno.
También estaba la posibilidad de que de que estuviera soñando. Pero era escasa. Soñaba muy pocas veces y todos eran sueños terribles en los que traicionaba sus votos una y otra vez.
Alguna vez Kreacher les había contado que si gritabas lo suficientemente alto hacia el cielo, quizá podían escucharte del otro lado. A esa edad no había nadie con quien realmente le gustaría hablar. Si Lizz estaba llamándolo y por eso la sentía en ese sueño tan parecido a un delirio, deseó no despertar jamás.
Pero se estaba haciendo imposible ignorar la humedad en su pecho. ¿Era sangre? ¿Era su sangre o acaso Lizz estaba herida? Se removió inquieto provocando que ella alzara la cabeza. Le sonrió levemente, antes de golpearle la mejilla. Un golpe seco que apenas y notó.
—He pasado cuatro noches maldiciendo tu nombre, deseando que te quedaras. Incluso cantándote para que la fiebre pasara— le dijo escondiéndose de nuevo en su pecho, podía sentir que lloraba de nuevo pero algo le decía que no era tristeza—. Lo primero que quiero que prometas es que no volverás a sentirte un héroe de nuevo. No vas a dejarme sola criando a los niños. Y lo segundo es que quiero ver a Lily. No puede seguir lejos de su hija.
03
𝕽𝖎𝖌𝖍𝖙 𝖜𝖍𝖊𝖗𝖊 𝖞𝖔𝖚 𝖑𝖊𝖋𝖙 𝖒𝖊
A solas, en el largo e inmaculado pasillo, Albus esperaba la llegada del enfermero que le traería a su hijo recién nacido. Sujetaba sus propias manos, apretando alternativamente los dedos índice y medio con la mano contraria.
Sus reclutas de nuevo ingreso estaban haciendo un trabajo excelente porque no había ni rastro de su familia. Nadie para interponerse. Tampoco nadie para decirle que era la peor idea de todas.
Por supuesto tendría que haber sido aún más precavido y al menos traer la maleta que con tanta paciencia y anticipación Elizabeth había armado para ese momento. Pero recordar cosas importantes no era lo suyo desde hace mucho tiempo.
Al final no importaba, pues aún sin la preparación adecuada él obtendría lo que quería. No cabía la posibilidad de fallar porque tenía cubiertos todos los detalles.
Y por fin llegó él. Albus ni siquiera miró a la elfina y mucho menos escuchó lo que decía. Quedó ensimismado por la pequeña criatura que puso en sus brazos. No era del todo ajeno a los cuidados básicos de un bebé para sujetarlo, sabía que debía tener cuidado con su cabeza y no apretar demasiado. Le pareció que era absolutamente perfecto, desde el escaso cabello rubio que cubría su cabeza, hasta el borde de su barbilla redondeada. La cara era lo único que podía verse pues estaba envuelto en una manta mullida de color blanco.
Cinco años después lo miraba dormir, con un discreto quejido que venía desde lo más profundo de sus fosas nasales. Lo único que asomaba fuera de la sábana de un blanco casi irreal era su cara de facciones amables. Tan parecidas a las de ella.
Entrada ya la tarde, dentro de la pizzería no había más que un cliente. Un hombre joven con un niño pequeño de la mano. No debía tener más de tres años pero la mirada de curiosidad con la que recorría el lugar, parecía de alguien mayor. "A Lizz le va a gustar mucho la pizza, ¿verdad, papá? Es su favorita"
—¿Qué hora es? —me preguntó ella. Como yo le llevaba casi diez centímetros de estatura, me hablaba con el rostro alzado hacia mí.
Eché una ojeada al reloj de pulsera.
—Las nueve y veinte.
—¿Va bien ese reloj? —me preguntó.
—Yo diría que sí.
El hombre pagó la pizza, siempre de queso y tomate, se despidió y salió del local. El aire frío de la ciudad contrastaba con el tibio ambiente del restaurante. No sabíamos que sería la última visita de ese cliente habitual en mucho tiempo.
El paso de los años se disimulaba en el césped del parque se mantenía perfectamente cortado, pero los árboles crecieron tanto y tan tupidos que semejaban un bosque de los que se describían en los cuentos.
— Creí que nunca la volveríamos a ver... — le dije a ella que se había pasado por una empanada para la hora del almuerzo. Aunque decían que la comida era buena en la cafetería de su trabajo, un sentimiento de orgullo se instalaba luminoso en mi pecho cuando simplemente prefería comer algo recién salido de el horno—. La recordaba en la mesa del fondo, con las piernas cruzadas. Siempre como esperando a alguien. Ya sabes, con el cabello bien arreglado y en silencio. Me parece que hasta una vez tenía algo corrido el maquillaje de los ojos y quise acercarme a decirle algo pero llegaste tú. Siempre salvándome de ser imprudente.
— No me parece que haya vuelto por su propia voluntad, es evidente que la necesitaban aquí y no pudo negarse. No estoy en la misma área por supuesto, pero los rumores son como fuego de dragón. Imparable una vez que se desata. Un niño de la familia Potter está ingresado en Pediatría y ella volvió. Quizá no es coincidencia.
— Su rostro es algo diferente ahora. No sólo porque han pasado algunos años. Sonríe y la alegría casi llega a sus ojos. No cómo antes. Ahora tiene esa pequeña familia
— Es bueno tenerla de vuelta pero creo que lo mejor fue que saliera del restaurante.









