¿Cuánto vale un té quiero?
Viste como se me llenaban de lágrimas los ojos y en menos de dos segundos me cargaste, me llevaste al sofá y dijiste:
- Te quiero un chingo y odio verte así, odio que te trates así porque sos de las mejores personas que conozco y no soporto que te hagas eso.
Me besaste y dijiste: tenía muchas ganas de que estuvieramos así.
Nos dejamos llevar y entre otras cosas bonitas que casi me hacen perder la cordura, como un reflejo de supervivencia, empecé a inventar mil excusas y nos detuve. ¿Qué pasó ahí?
Los siguientes días se sintieron casi como haber recaído en un vicio, una sensación extraña de satisfacción y frustración, un sentimiento que decía dentro que algo no marchaba bien, un sentimiento que hacía tiempo, no me venía a visitar, mientras resonaba en mi cabeza tu “te quiero, te quiero un chingo”. Y me llevó a preguntarme: ¿Ahora qué hago con esto? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto vale?
Y antes de argumentarlo, quiero decir que también te quiero, te quiero muchísimo, te quiero como no he querido a nadie. Pero ¿de qué nos sirven los te quieros si no nos elegimos? ¿De qué sirve un te quiero si no queres estar conmigo? Y volvemos a lo mismo, a nada. Y me pregunto realmente, si vale la pena el sentimiento de unos momentos, revivir una fantasía que muere con cada despedida, si vale la pena un beso sabiendo que mañana puede ser alguien más. Si vale la pena un te quiero sabiendo que no es a mi a quien vas a amar.
Te he aprendido tanto, te he conocido tanto y agradezco tanto que la vida me haya llevado a ti una y otra y otra vez, pero amor mío, ¿no ha sido suficiente daño ya? ¿No deberíamos haber aprendido la lección ya?
Si no lo haces tú, te lo digo yo. Esta piedra ya nos lastimó demasiado, y por más que sigamos tropezando nada va a cambiar, no va a desvanecer, no va a ceder, porque aunque el corazón insista, queremos distintas cosas de la vida y mientras esas cosas no coincidan, o no existan ganas de hacerlas coincidir, un te quiero no vale nada.















