Vergüenza. Esa es la palabra que se me cruza por la mente cuando pienso en mi mamá. Todo lo que hiciste, desde cómo me trataste en comparación a mis hermanas hasta lo poco que te importó mi vida, es suficiente para no querer verte nunca más. Y no, no me arrepiento de tomar esta decisión. Nunca cumpliste el rol que tenías que cumplir ni fuiste lo suficientemente madre como para preocuparte. Hiciste todo lo contrario: me apuntabas con tu dedo cuando había una pelea entre hermanas, como si yo fuera la razón de todos nuestros problemas; me echaste la culpa cuanto te conté que me habían abusado y había tenido depresión a causa del bullying que sufría en el colegio; y me sacaste de la casa en pijama porque no sos capaz de ver tus errores. Tenés dos ojos para darte cuenta de lo que el resto hace mal, pero sos ciega cuando se trata de tus propias equivocaciones.
Al menos algunos de nosotros tienen la audacia y el poder del perdon. ¿Vos? ¡Já! Vos culpas al resto de las consecuencias que tienen tus propias acciones. Como culparlo a papá de que me fuera de la casa. Vos me echaste, ¿o no lo recordás? Me dijiste que me fuera y que nunca volviera. Estás demente y ni un psiquiátra te va a salvar del monstruo en el que te convertiste. Y mucho menos de lo que nos convertiste a nosotras, tus hijas. Me volviste una persona llena de odio y de deseos oscuros hasta el punto de soñar con que te mato y me despierto sonriendo. No le deseo el mal a nadie, ¿pero a vos? A vos te deseo toda la miseria del mundo. Deseo que te quedes sola por haber alejado a todos los que te rodeaban y habernos herido de la forma en que lo hiciste; deseo que te diagnostiquen una enfermedad tan grave que no puedas levantarte de la cama ni siquiera para ir al baño; y deseo que pases tus últimos días en agonía, tan muerta de miedo por no saber a lo que te depara que te des cuenta de todos los errores que cometiste. Deseo que te mueras.
No es fácil perdonar, mucho menos olvidar.
Y te puedo asegurar de que no me voy a olvidar de nada de lo que me hiciste durante todos estos años. Desde chica me trataste distinto, como si fuera un bicho en la esquina de tu sala de estar que debía ser atrapado y arrojado fuera o inclusive pisado por tu propio zapato. Es irónico que le hayas dicho a tu madre que no podrías amar a ningún otro hijo como me amabas a mí. Ni el mismo Dios debería haberte bendecido con el placer de tener otras dos hijas más. No nos mereces. A nosotras ni a nadie. Me culpabas de todas nuestras peleas, de cada uno de mis actos, como si no fuese capaz de hacer las cosas bien y estuviera condenada a la maldad. ¿Qué clase de madre trata de esa manera a su hija? Nadie se ha atrevido a tanto, ni siquiera tu mamá.
Me hiciste sentir tan mal que dudé de mí misma, de mis capacidades, de mis intenciones. No era una mala chica, sigo sin serlo. Aun así, me denigraste y tiraste hasta verme en el suelo, incapaz de volver a levantarme. Y creéme cuando te digo que lo intenté. Intenté combatir cada uno de tus insultos, tu poca empatía hacia mí y tu falta de preocupación con respecto a mis pasiones. No, no es suficiente llevarme al médico cada vez que me agarraba un ataque de asma en invierno o dormir conmigo en el baño por apendicitis en verano. Una verdadera madre con una real intención de acercarse a sus hijos se encariña con sus deseos y sus sueños. Y vos nunca lo hiciste. Hiciste oídos sordos cuando te dije que quería estudiar Filosofía & Letras, lo cual no me hizo sentir ni tan mal como cuando fingiste interés en mis libros y no fuiste siquiera capaz de leer la primera página de éstos. ¿Por qué te crees que escribía? ¿Qué pensás que hay en cada una de esas hojas? Sufrimiento, mi dolor. En cada uno de ellos dejé una parte de mí, una parte que no tuviste el coraje de conocer porque no te importaba.
Amabas a mis hermanas y me odiabas a mí. Eso es lo que hay en esas páginas. No fui capaz de escribir ningún libro con una familia donde todos sus integrantes realmente se quisieran o tuvieran un pequeño grado de sentimientos encontrados con el otro. Porque así nos enseñaste a ser: egoístas e incapaces de pedir perdón, aún sabiendo que nuestros actos eran equivocados. Te quejas de tu mamá por todos los errores que cometió, y yo, como una ingenua, te defendí. Y sí, quizás no soy la hija que esperabas o no me acerco a la perfección que pretendías que tuviera, pero al menos, veintidós años de tu psicopateo después, puedo notar lo equivocada que estaba al defenderte una y otra vez y culpar a papá de todo lo que me contabas. A diferencia de vos, papá es un hombre de palabra, una persona fiel y sensible. Alguien que por mucho que lo ignores o no te sientas del todo cómoda para contarle cómo te sentís, sigue ahí, esperando el momento perfecto para que decidas quebrarte y llorar en sus brazos. El único arrepentimiento que siento en este momento es el de haber tomado el partido de la locura materna en vez de la sanidad paterna.
Te deseo la mejor de las suertes en los años que te quedan por vivir. La vas a necesitar, porque en menos de lo que crees te vas a quedar tan sola como temías.