Creció la molestia que impugnaba mente, pensamientos movidos a velocidad para encontrar algún tipo de razonamiento, una conclusión lógica como las de sus libros a aquel problema, y sin embargo su experiencia no ayudaba: si tenía un problema con alguien lo expresaba de manera clara, como su madre le había enseñado. Y la respuesta contraria solo sirvió para aumentar su confusión, ceño arrugado. “Pero… ella podría hacerlo parar, también. ¿No te molesta?” suponía que la respuesta debía ser una afirmativa, pero se vio en la necesidad de formularla de todos modos, en un intento por hacerla entrar en razón. Lo peor de todo fue la frase siguiente; no le gustaba ocultar cosas (a menos que fuesen raspones en las rodillas a su padre y hermano), mucho menos a aquel que era su mejor amigo. La base de una buena amistad era la honestidad, pero, pensó, Millie también era su amiga, y guardar promesas era también el fundamento de las buenas relaciones… Un suspiro se escapó de sus labios, sin lugar a dudas imitación de expresiones vistas a los mayores, y la ayudó a ponerse de pie antes de contestar. “Está bien, lo prometo. Pero— tienes que prometer algo de vuelta.” Entonces le extendió el libro, dejando que se elevara entre ellos. “Debes decirme si te vuelven a molestar. O si te dicen algo cruel. ¿De acuerdo?” tomo que, de ser tomado, sellaría el pacto. No podía entenderlo del todo, pero sabía que cuando algo malo pasaba, le gustaba tener compañía, al menos para olvidar el mal suceso, o recuerdo, por un rato.
“Claro que me molesta.” Es una constante frustración el de ver como el cuerpo es víctima de figuras que resultan intimidantes. Detesta con cada fibra que cubre la infantil anatomía la manera en la que actúan y hablan. “Podría no — no lo sé.” Se encogen los hombros, la duda se marca en paredes mentales, el qué podría suceder si se acude a la dueña de doradas hebras, el afectar positiva o negativamente en la situación. No lo sabe. “Se van a cansar de molestar Nae, entonces buscarán a alguien más.” Pronuncia con duda tambaleante, pero no puede arriesgarse. No puede arriesgarse a que la noticia llegue a oidos de su versión masculina, compañía desde el primer día. Le preocupa incluso más que se entere y tome cartas en el asunto, que busque ir en su defensa y sólo termine lastimado, no soportaría saber que le han lastimado por su culpa. Porque es una paradoja constante cuando se trata de Benjamin, el querer verlo bien a pesar de la situación y proclamarse como única persona que puede llegar a lastimarlo, provocarle heridas mínimas, empujones y tirones de cabello. Pensativa, el fruncir de pétalos deja a la vista el pensamiento que nubla la mente femenina. Se extiende la diestra, digitos se aferran a la pasta dura en la que se ha marcado el nombre con casi impecable caligrafía. “Lo prometo. Si esos bobos vuelven a decirme algo serás el primero (y posiblemente único) en saber.” Ascenso de comisuras, sonrisa a medias pero sonrisa a fin de cuentas.