La vida reducida a destilar lo doméstico / Marisa Rubio
Cada quince días anuncian que el aislamiento se prolongará quince días más. Vamos ya varias semanas en cuarentena. Y nosotros con los chicos demasiado chicos para darnos cinco minutos de cualquier otra cosa.
Sábado. Antes de salir corriendo por la escalera que sube a la terraza, mientras los chicos todavía duermen, me preparo un café y paso por la biblioteca. Estiro bajo los rayos de sol el mantel cuadrillé y le sostengo las cuatro puntas para que no se vuele con algunos libros, plantas y la taza. Traigo los almohadones cuadrados de los sillones de hierro y me pongo cómoda. Uno a uno voy ojeando los libros y lamento no haber tenido la lucidez de traerme la gorra, así que me pongo el sombrero que últimamente uso para regar las plantas de arriba y charlar con la vecina, que también riega las plantas usando un sombrero.
La terraza de la vecina está un poco más abajo que la nuestra por lo que no creo que sepa qué cantidad de plantas tengo. Se la ve muy competitiva, desconfiada, aunque no sé si es así o el hecho de que cuente las macetas cada vez que termina de regarlas me hará suponerlo. El tema es que tiene un cuaderno espiralado donde va tildando como si estuviera tomando lista.
La miro desde entre las pequeñas columnas estilo jónico que sostienen un barandal contundente y ahí está, masticando la parte posterior del lápiz con insistencia. Mira fijo una maceta que, si no estuviese al alcance de mi vista, creería que se trata de un mal alumno. Ahora da golpecitos con el lápiz en el borde del cuaderno y de repente toma una decisión: deja todo en su mesa de operaciones, que está en el medio de su terraza, y empuja la maceta hacia un costado, atrás de otras que son un poco más chicas. No las macetas sino las plantas. Se ve que ésta creció y ya no merece las filas delanteras. Conforme con su tarea se para al lado de la mesa central y gira, dando un paneo general a sus plantas como si se tratase de una tribuna expectante.
Algunos de los libros que me traje se ven interesantes, pero la mayoría parece haberse recalentado demasiado con el sol, malográndose. Vuelvo a mirar por entre las columnas con cierto resentimiento por haber perdido la concentración, pero la vecina ya se fue. Entonces no pierdo tiempo en pensar mucho y me apuro a terminar de leer el párrafo que había empezado, y guardo los libros en una de las macetas vacías que tengo de repuesto antes de que se conviertan en aviones, autos o pistas de carrera.
Abajo se escucha la música de cada mañana, el inicio de un prometedor desayuno. Me zambullo en la hamaca paraguaya que se mece en un rincón de la terraza bajo la sombra recortada de la Santa Rita aprovechando mis últimos segundos, dejándome llevar por las imágenes que se me van formando sobre las escenas que brotan de entre los ruidos que hacen Luis y los chicos, que me llegan como una caricia insistente.
Escuchamos el timbre como un llamado de otra dimensión. Hay que bajar las escaleras y abrir si queremos saber quién es porque el portero dejó de funcionar hace algunos días y no tenía sentido arreglarlo. Nos intriga, pero decidimos esperar a que vuelva a sonar para cerciorarnos de que es real. Y suena.
Bajo llevada por una alegría injustificada pero bienvenida, y me encuentro del otro lado de la puerta con la señora de la terraza vecina que sonríe sin barbijo, dejando ver una dentadura perfecta de grandes y un poco adelantadas paletas. Sin hablar y con gran parsimonia comienza por deshacer el hermoso moño que corona un envoltorio brillante y esmerado. La atmósfera no llega a ponerse tensa, pero reina un aire solemne que me impide respirar con confianza.
Una vez retirada la cinta bebé, que guarda en uno de los bolsillos, con la punta de sus dedos finos la vecina va estirando el envoltorio hacia arriba, dejando ahora todo el papel plateado apuntando hacia el cielo. Habría que pararse sobre ella para ver el contenido del paquete, pero la ansiedad que me genera la situación no llega más que a un movimiento insistente de mis dedos presionándose mutuamente. La vecina chequea que esté atenta y, cuando por fin dejo de moverme, pone en posición su mano derecha sobre la envoltura y, después de aspirar profundamente, baja de repente y sin aviso el papel metalizado.
El gesto abrupto no me permite disimular bien la desilusión al ver el contenido desnudo del antes tan prometedor bulto. Allá, a una distancia de no menos de dos metros, se eleva triunfante un helecho. Sí, un helecho.
La confusión me fuerza a mirar hacia los lados en busca de una explicación. La vecina sigue sonriendo, lo que me genera todavía más desconcierto.
—Adiantum capillus-veneris —dice, dejándome sin saber qué hacer.
Sentada en una de las sillas amuradas de la cocina normalmente logro ver por sobre la barra parte del living comedor, parte del ventanal, los muebles y la puerta de una de las habitaciones. Pero desde hace algún tiempo por más que me esfuerce no veo otra cosa que variedades de helechos.
El primero, que coloqué sobre una carpeta a croché justo en el centro de la barra, fue muy celebrado. “Una alegría para la vista y los pulmones”, dijo Luis, y festejamos con los chicos. El segundo ya no fue tan bien recibido, así que le busqué un lugar en la mesa del comedor, también con una carpetita abajo. Al tercero lo llevé directamente a un rincón del living. El problema fue cuando no hubo más espacios disponibles y no quedó otra alternativa que recurrir nuevamente a la barra.
Ahora nuestros desayunos parecen viandas selváticas que engullimos iluminados por el tubo fluorescente que nos alumbra desde abajo de la alacena, porque de tan robustas estas plantas no dejan pasar ni una gota de la claridad que llegaba del ventanal.
Nadie dice nada, cada tanto recibo con la mayor naturalidad un nuevo helecho y después sufro. En realidad no me molestan tanto, son miles de variedades, todas lindas. Para ser más precisa a veces varía la planta y a veces la maceta. A veces las dos, pero es más raro.
Como fueron días de mucho sol no quise llevar ningún helecho a la terraza, pero la mañana en que finalmente había reunido una lista lo suficientemente convincente como para ir hasta el supermercado, aprovecharon a subir seis o siete helechos antes de que invadieran también las habitaciones. Y recién ahí se me ocurrió subir a mirar a nuestra vecina.
Como siempre está regando sus plantas, que ahora están amontonadas en algunas zonas para dar espacio a un tablón, dos caballetes e infinidad de macetitas con distintos brotes. La veo encorvarse sobre algunas con devoción, mirarlas de cerca, tocarlas y me enternece. Tanto cariño. Evidentemente las adora. Y lo sé, por eso recibo las plantas con gusto. Sí, todo muy lindo, pero ¿qué tal si esas pequeñas germinaciones están destinadas también a seguir creciendo en nuestro living comedor? ¿Y si fueran apropiándose de otras zonas de la casa? ¿No vienen amenazando ya con copar la cocina? ¡Hasta hay algunas en el baño! Ni hablar del balcón.
Aterrada por el futuro de nuestro hogar y dispuesta a sacrificar mi armoniosa vecindad, me oculto detrás de las columnas esperando a que la zona quede liberada.
Una vez que la vecina desaparece, me concentro en la tarea de derribar futuros helechos con la gomera usando diferentes proyectiles, que recluté en pocos minutos. Sin duda los cubitos de hielo que saqué del tereré son los mejores, cumplen su misión y al cabo de algunos minutos desaparecen sin dejar huella. Lamento no haberlo pensado antes, sobre todo por el dedal que podría delatarme.
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