Te digo esto, yo que soy Ternura, que no todas las ternuras somos iguales.
Hay ternuras más tiernas que otras, hay ternuras que combinan con la manera en la que operan las personas, y hay ternuras que no. Es fácil ser y hacer ternura, cuando sonríes mucho, ves mucho a los ojos, cuando abrazas, cuando tocas, cuando tu ternura sale de los poros sin más, cuando la ternura es coherente con la acción, cuando va sin intención, cuando va sólo de un lado. Pero para ti es más complicado, porque tú te dedicas a ver ternura en todo, hasta en lo más horrible. Ternura cuando alguien hace una mueca por cierta reacción, ternura cuando el cabello de alguien se enreda con el viento. Cuando la vulnerabilidad sale corriendo por una máscara para ocultarse, y cuando está libre y con la guardia baja. Ternura en un perro con sarna o con tres patas, en un muñeco deforme en el rincón del estante, en la escultura tallada por manos desgraciadas. Ternura en la manera de escoger las frutas y las verduras. Ternura, ternura, ternura. La ternura es como la verdad. Y tú esperas que las personas reconozcan la tuya. Más allá de entenderla, compartirla o aceptarla. Sólo señalarla y ya.
Porque para ti no hay que explicar la ternura, la ternura es. Y sí, es una trampa para los que no están bien atentos, porque para ti el que no esté atento no merece tu ternura “Ternura sólo para locos, no para cualquiera”. Esa que sale de tu voz quebrada cuando dices tu verdad o cuando te quedas en silencio analizando lo que acabas de escuchar, porque quieres entender y no contestar, mientras te debates si lo que estás por decir viene de tu conocimiento, de tu ego, de tu fantasía o de tu pesadilla, y lograr expresar algo que no tenga que ver sólo contigo.
La tuya es una ternura esteparia: condenada a la incomprensión y a la soledad, es una ternura forastera, que no pertenece, que no se puede citar. Como si fueras un animal atrapado en un cuerpo de persona. Entonces aparece el Alcohol.
Para dejar de ser nube y convertirte en el mar
Para que el instinto se quede callado y salga tu lado social y mundano. El de la conversación pobre, el del apareamiento físico y cotidiano. En el que además fracasas porque ni el alcohol más fuerte puede convertir tu calabaza en carroza, te quedas como en estado de híbrido. Porque lo haces para aclarar las ventanas opacas de tu soledad, pero no se alcanza a ver bien lo que hay adentro. En realidad a nadie le importa, sólo quieren bailar. Y tú te frustras porque adentro hay un paraíso que llevas acomodando desde hace más tiempo del que recuerdas, y en el que quizás nadie estaría tan cómodo como tú, es más, tal vez a nadie le haga ningún sentido. Pero al final es lo único que puedes llamar tuyo, es lo único que puedes poseer, porque sabes que realmente no eres nada, nadie lo es, pero ¿qué es tener si nadie lo puede ver? Al final sólo queda la ternura.