—¿Tú me amas? —preguntó, al tiempo que miraba a su esposo a los ojos.
—¿De qué hablas? —replicó él.
—A sí en verdad me amas —insistió—; y por qué lo haces.
—Por supuesto que te amo, como nunca antes había amado.
No mentía, dentro de su ser, él sabía que todo antes de ella había sido muchas cosas, pero ninguna de ellas amor como el que ahora conocía. Podía recordar con facilidad todos los momentos que se disfrazaban de amor, las salidas, las miradas, sonrisas, abrazos, incluso caricias, todas ellas efímeras, como la chispa de un pedernal que nunca pudo encender la yesca para la fogata; aún vaga, recordaba la sensación, sabía que una vez pasado el momento, todo volvía al status quo, a encontrarse nuevamente solo, a sentirse naúfrago en una isla abandonada.
Siempre le gustó ser tocado, pensó, sin embargo, nunca extrañó las caricias del pasado. Le gustaban los besos, pero nunca extraño unos labios. Hasta que la conoció a ella, a la mujer con la que se estaba duchando. Desde el primer beso, todo era diferente, se sintió visitado, 1 + 1 en la isla. Pronto, comenzó a anhelar esas visitas cada vez más, al punto de no poder vivir sin ellas, y entonces tomó una decisión, sabía que no podía seguir siendo un naúfrago, por primera vez, sabía que debía abandonar la isla y enfrentar la marea.
Y construyó una barca, una en la que él pudiera visitarla a ella.
—¿Y cómo lo sabes? —insitió ella en preguntar.
Ella hizo una mueca de confusión, su ceño lo demostró así.
—¿Tocarme? —intentó analizar una vez más la respuesta— ¿En qué sentido?
—El tacto, el tacto nos une, a los seres humanos, digo, es lo que nos distingue como seres racionales, crecemos tocando todo para tratar de entender las cosas —hizo una pausa tratando de dar claridad a sus palabras—, yo crecí pensando que amar era tocar, abrazar, besar, después de todo intimamos con nuestro tacto. La cosa es que nunca había entendido cómo funcionaba, hasta que te conocí.
—¿Entonces me amas por una sensación física? ¿Eso es todo?
—¡No, no! De ninguna manera, es todo lo contrario, déjame explicarlo. No puedo dejar de tocarte, porque te amo. Porque me haces sentir en casa, porque creí nunca necesitar el tacto de alguien más, pero tú me motivas a tocarte como un tesoro del que uno no quiere despegarse por temor a perderlo, y esa es la verdad, que por primera vez creo que ya nunca más se trata de mí, o de lo que yo pueda sentir, todo lo que me importa es que tú me sientas.