ME ESTOY GESTANDO
Me estoy gestando.
Yo a él lo dejé ir hace poco, lo solté apenas hace tres o cuatro semanas, tal vez. Cuando me dijo que no podía amarme como yo lo merecía, meses atrás, mi intención inmediata fue soltarlo, pero no pude. Me rompí, la verdad no lo vi venir, algo se rompió en mi muy profundamente.
Me puse metas para dejarlo ir. Cuando todo terminó, acabábamos de regresar de un viaje a la playa para el que me había ido a hacer pedicure y me había pintado las uñitas de los pies muy lindas. Entonces mi primera meta fue: no me despintaré las uñas, las dejaré crecer, las iré cortando y cuando haya salido por completo la pintura, ese día lo dejaré ir. No resultó.
Después me fui unos días a la playa con mi hijo, ahí le pedí al mar que se lo llevara, que me permitiera dejarlo ahí, en las olas, donde me enamoré de él, no se lo pedí, se lo supliqué, y con él que también se llevara los pedacitos que quedaban de mí, para poder empezar de nuevo. Y pensé que el mar no me fallaría, ¿no se supone que el mar se lleva todo, hasta la basura? Quería dejarlo y dejarme atrás. No resultó.
Entonces me enojé conmigo por no saber cómo soltarlo, por no lograrlo ni con todo el esfuerzo que ponía en esta gran hazaña; lo cargué a donde iba, sin poder dejarlo, ni siquiera al dormir, porque cada día día lo soñaba, pero solo quería dejarlo atrás, no soportaba más este peso.
Todos estos meses han sido de una profunda oscuridad. Han sido una avalancha que puso todo mi mundo de cabeza, como cuando Tooru Okada, personaje principal del libro de Murakami “Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo”, baja por primera vez al pozo:
“Acurrucado en el fondo de una oscuridad absoluta, sólo podía ver la nada. Yo mismo era parte de la nada. Con los ojos cerrados, escuché el sonido de mi corazón, el sonido de la circulación de la sangre, el sonido de las contracciones pulmonares, como un fuelle… En la oscuridad total, cada movimiento, cada oscilación, sonaba amplificada, como algo artificial. Aquél era mi cuerpo. Pero, envuelto en las tinieblas, era demasiado fresco, demasiado carnal”.
Así, en esta oscuridad comencé a cuestionarme cada aspecto de mi vida, hasta el más mínimo. Mis relaciones de pareja, mis relaciones familiares, laborales, maternas, pero sobre mi relación conmigo misma, y descubrí que estaba podrida.
Hay personas que llegan a tu vida por una razón específica; no, él no es el hombre al que más he amado, ni la relación más intensa o larga que he tenido; duró a penas unos meses; sin embargo, su partida fue el detonante que necesitaba para permitirme tocar fondo. Ahora pienso que me había mantenido durante años tratando de flotar y mantener la cabeza fuera del agua, esforzándome cada día por no ahogarme. Pero ahora, me dejé ahogar. Me morí.
Hoy me estoy gestando en mi propio vientre. Desde aquí le estoy hablando a mi útero con amor, le estoy diciendo constantemente a esa pequeña, que la espero con tanta ilusión, tranquilidad y seguridad. Que le espera una vida plena, llena de amor, de cuidados, de paciencia y libertad. Que no viene a cumplir las expectativas mías ni las de nadie.
A veces me dan contracciones que vienen con mucho dolor y pienso que ya viene el momento de parirme, de volver a nacer, pero de pronto no sucede. Aún no estoy lista para parirme, quizás falten días, meses o años. Pasará cuando yo esté lista para darle a esa recién nacida la mejor versión de mí para ser buena con ella, para no olvidarme de sus anhelos, de sus sueños e ilusiones. Para que pase lo que pase, nunca piense que debe de dejarse en último lugar para cumplir las expectativas del mundo en el que vivimos.
¡Ah! Y con respecto al inicio de este escrito, les contaba que a penas lo solté hace algunos días. El día que en una contracción (es decir en medio de una crisis) entre llanto, desasosiego y soledad, me atreví a mandarle un mensaje diciéndole que lo extrañaba. Su respuesta fue un sticker de Benito, el amigo de Don Gato. En ese momento en el que no podía parar de llorar, vi ese sticker y comencé a morir de risa.
Fue una risa de burla a mí misma, pero también de descanso.
¿Qué se puede hacer ante semejante respuesta?, soltarlo. En ese momento se rompió el delgado hilo que aún me ataba a la manga izquierda de su sudadera, esa que me prestaba para dormir y que me quedaba mejor a mí que a él y que a nadie. Se cortó ese hilito, no se cortó ni se cortará el amor que sentiré por él, porque él fue el vehículo que me trajo hasta aquí. Pero se cortó de tajo esa cierta ilusión, esa espera, esa esperanza de que un día él quisiera volver. Lo dejé ir definitivamente después de ver su sticker, solo un sticker, un sticker cualquiera. (El amor en los tiempos del Whatsapp)
Lo dejé ir una tarde de mucho frío, después de tantos días, después de tantos meses, después de tantas vidas; después de tanta carga, tanto autocastigo. Lo dejé ir porque solo faltaba que yo entendiera que él ya se había ido y con él se fue mi yo podrido, ese al que jamás le volveré a dar la bienvenida.









