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祝日 / Permanent Vacation

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¿Eh? No… quedate tranquila Marz… –respondio amablemente– Estas demasiado roja ¿te paso algo?¿Necesitas algo? –intento no mirarla fijo porque no queria que nadie note sus ojos rojos–
—No, estoy bien. Parece todo un mundo lo que me ha sucedido, pero créeme que ya me ha pasado varias veces y adem-- ¿Te encuentras bien? —interrumpió sus habladurías, preocupada por la que era su compañera y amiga. Presionó sus labios, captando rápidamente lo que tal vez le pasaba—. Ya sabes de más que a mi no me importa escucharte, o ayudarte en lo que sea, o simplemente servirte como desahogo —agregó, sonriendo con suavidad.
—Disculpá, ¿pero tenés idea qué…? —Balbuceó Leo tras vacilar entre tocarle el hombro a la persona que se encontraba frente a él para llamar su atención. No le dirigía la mirada ya que se encontraba absorto por el hecho de que un sector del jardín trasero del internado estuviera cercado con una cinta amarilla para impedir que los estudiantes se acercaran. Con su boca entreabierta, Leo ladeó su cabeza con lentitud hacia la persona y frunció el ceño con cierta inquietud. —¿Por qué…?
—Asesinaron a una chica el otro día —musitó, sintiendo cómo un breve escalofrío hacia acto de presencia en su cuerpo con la simple mención de lo sucedido. Le parecía tan surrealista que algo así hubiese pasado en una institución como aquella, la cual se suponía que debía de dar cierta seguridad y protección a sus alumnos. No obstante, cierto dicho que solía decir su madre asomó por su mente; no te fíes ni de tu propia sombra, Marz—. Todo es tan horrible, santo cielo —murmuró, presionando sus labios en una mueca.
Solo había pasado una día pero sentía que aun el dolor estaba vigente en su pecho, no podía aceptar que su hermana pequeña había muerto. En sus manos tenia una foto de ella arrugada debido al constante uso de la misma, aun podía recordar cada palabra de ella, cada gesto que hacia y la ultima vez que la vio no pudo decirle cuanto la amaba. El jardín solía estar muy solitario y eso fue perfecto para el, no necesitaba que nadie mas le diera el pésame o le preguntara como se sentía. Por esos cortos minutos solo podía sufrir por el recuerdo, lo que no contó fue que una persona mas se acercaría a ese lugar. –¿Hola? ¿Quien anda ahí?– Replico, la persona se había dado cuenta de su presencia por lo que estaba por caminar en dirección contraria. –Puedes quedarte, es un lugar publico.–
Desde que pisó la institución, Marzia encontró en el jardín un perfecto escondite en donde poder ordenar y observar sus distintas fotografías, preguntándose además cuáles valían la pena o cuáles eran necesarias de desechar. Siempre había sido así. Justo después de terminar las clases, se dirigía a aquel espacio alejado del jardín y se envolvía en su propio mundo, aquel lleno de puras instantáneas. No obstante, aquel día fue distinto; su refugio ya no era su pequeño secreto. Se acercó, con tal de situarse en el mismo lugar de siempre como si nada, mas al último segundo se arrepintió y, no queriendo molestar al contrario, volvió sobre sus pasos. Sin embargo, al parecer su presencia no había sido tan silenciosa como le hubiese gustado—. Lo siento, no pretendía molestar —se disculpó con antelación, acercándose nuevamente a dónde el chico se encontraba—. Pensaba que estaba vacío —explicó, sentándose a su lado. Fue entonces cuando observó la foto en las manos ajenas, provocando que la tristeza inundase su semblante. Aún no podía creer lo que le había sucedido a la rubia, siéndole ésto difícil de asimilar. Reconociendo al joven, rebuscó entre sus varias instantáneas, sacando un par, en las cuales una alegre Faith posaba con gracia en una de las tantas fiestas celebradas en Bedford—. Eres tú quién debería tener ésto —murmuró, posando sobre sus labios una pequeña sonrisa.
Era su tercera clase de la mañana y, a pesar de ser su primer día como profesor de francés, ya estaba deseando que el horario escolar terminase, por lo que lo agradeció cuando al fin lo hizo. Había tenido que adaptar sus clases al estado de los alumnos después del escándalo de hacía un par de días atrás, lo que le había hecho perder la estructura, pero en el fondo trató de entenderlos. Acudió a la sala de profesores en búsqueda del jefe del departamento para aclarar un par de asuntos, pero el sonido de su teléfono móvil hizo que tuviera que salir al pasillo para atender la llamada.— Je ai besoin de deux mois pour terminer le livre.— Explicó, pues desde hacía varios meses que la Universidad de París le había pedido que escribiera un libro manual para los estudiantes, sin embargo, con la llegada a Bedford, se retrasaría un poco más. Al tiempo que hablaba, se encontró con la figura de una persona y, según le habían informado, estaba prohibido circular por los pasillos en horario de clase. Así, una vez que terminó de hablar, se dirigió directamente a aquella persona.— Disculpe, ¿tiene autorización para estar aquí?
Suspiró por quinta vez en lo que llevaba buscando al nuevo profesor de francés, aún desconocido para ella, y aquel que probablemente no estaba informado de la fiebre que le había atacado días atrás, provocando que el asistir a las clases hubiese sido imposible. Por aquel entonces, ya se encontraba algo mejor. Si bien aún estaba algo débil por los medicamentos que había tenido que tomar, junto al poco hambre que poseyó en su momento, decidió que no era mala idea el buscarle para informarle del por qué de su ausencia; y es que a saber qué podría haber pensado de ella habiendo faltado justo el día de su llegada. Ladeó su rostro al escuchar cómo aquel hombre se dirigía a su persona, frunciendo el ceño, pues la verdad era que ni cuenta se había dado de que no estaba sola—. Uhm, perdón —se disculpó ante todo, prosiguiendo al segundo—, pero ando buscando al nuevo profesor de francés, ¿lo ha visto por algún lado? —inquirió, esperanzada de obtener un sí cómo respuesta.
El toparse con la joven de piel increíblemente rojiza, fue factor que dio pie a que la joven llevara ambas manos a sus labios, reprimiendo la sonora carcajada. –¡Estás tan roja, joder! Creo que fácilmente podrías guiar un trineo de navidad, es decir, ¡a la mierda con Rodolfo! Tú eres totalmente roja–. Sabía que el que bromeara de tal manera, ocupando nada menos que su propio sentido del humor, podría resultarle poco agradable a la otra joven.
Sus labios se entreabrieron, dispuesta a replicar a las constantes bromas y risas de la contraria, mas finalmente, incluso por ello mismo, se le fue imposible el no acabar con un semblante divertido sobre su rostro—. ¡Pero no te rías de mis desgracias! —se quejó la joven, entre pequeñas risas provocadas por las mismas de la castaña, acompañando sus palabras con un suave y juguetón golpe en el brazo ajeno.
Tenía los ojos hinchados de tanto llorar los últimos días, la castaña se manejaba en modo automático últimamente por lo que casi ni se daba cuenta a donde se dirigía. Un quejido de dolor escapó de su garganta al sentir que su cuerpo chocaba con el de alguien y, al reconocer a Marzia, hizo un intento por sonreír – Hey, no, yo lo siento. Marzia pareces un cangrejo – rió levemente – ¿Estás bien?
—No, he sido yo la que no te he visto —aseguró la joven, maldiciendo mentalmente el no haberse puesto la suficiente protección solar en su momento. Si lo hubiese hecho, tal vez en aquel momento no estaría teniendo que aguantar aquel ardor tan desagradable sobre su piel—. Sí, sí, no pasa nada. Simplemente me quemé en Santo Domingo, ya sabes, es lo que tiene el quedarte bajo el sol demasiado tiempo siendo tan blanca —se encogió de hombros, sonriendo con levedad, mas al observar mejor a la contraria, un halo de preocupación tomó protagonismo sobre sus facciones. Lo de Faith era algo que había afectado a todos de una forma u otra, pero de más sabía que la chica fue bastante apegada a la rubia—. ¿Y tú? ¿Estás-- estás bien? —quiso saber, aunque ya intuyese que no.
La rubia alzó sus cejas y de inmediato retiró su mano, muy preocupada por aquella reacción de la muchacha.—Lo siento, de acuerdo…—Musitó por lo bajo, mordiendo su labio inferior con obvia seña de vergüenza por su acto. Posó su mirada en el brazo de la castaña y esbozó una mueca a continuación, frunciendo un poco su ceño.—Oh, Marzia…—Comenzó a decir, encogiéndose de hombros.—¿Te has aplicado algo en las quemadas? Se ven muy rojas.—Le comentó algo dudosa pues en realidad ella solo se había bronceado.
—Me he estado echando algo crema —explicó, acariciando con suavidad la parte más enrojecida de su antebrazo. Estaba ardiendo, al igual que prácticamente gran parte de su anatomía, mas esperaba que aquel ardor se esfumase a lo largo de la semana. Cuanto antes, mejor—. Pero tampoco sé si debería de ir a la enfermería y pedir una en especial, quiero decir, la que he estado echándome es una común y corriente.
-Si, lo puedo notar-asintió sin poder evitar reír levemente. Gracias al cielo el se había puesto una buena cantidad de protector y no había acabado como ella. Pero de no haber sido el caso, estaría tan mal como Marzia-Bueno si te molesta tanto…creo que lo puedes presentar como una buena excusa para no asistir a clase-intento verle el lado positivo a la situación. Se encogió levemente de hombros ante su idea y seguidamente estallo en una carcajada por su comparación-Esa es definitivamente la peor parte de todas.
—Creo que es notable a larga distancia, es mas, si no soy un semáforo en rojo, he estado a punto de serlo —bromeó, dejando escapar un par de risitas a su paso. Ya que la rojez no se iba a ir muy fácilmente, intentaría darle un poco de gracia a la cosa, si es que eso era posible. Aunque, al escuchar las palabras ajenas, sus orbes se ampliaron con amplitud; ¿cómo no había pensado en eso?—. ¿Dónde has estado esta mañana para darme esa idea, eh? —indagó como simple broma, recobrando sobre sus labios una distinguida sonrisa—. Será horroroso. No saldré de mi habitación hasta que se vaya por completo.
Arrugó su nariz y asintió, por una extraño razón aquello cruzó por su mente. —Sssi. —Murmuró y bajo su mirada hacia el libro un poco avergonzada. —¿No te caía bien? Eso es imporsible. — Sus ojos se abriron con sorpresa ante la respuesta y la miró antes de comenzar a carcajear. —Si yo igual extraño la playa.. has quedado como una fresita. —Dijo con diversión señalando a su amiga con una amplia sonrisa con un tanto de burla por el nuevo color de su compañera y dejando de lado su última loca confesión. —Uhm si, pero es obvio que por más nos quedaramos tiradas en la arena durante un año, rojas como tomates al volver aquí tendríamos que leernos la bibloteca entera. — Ladeó su cabeza con una media sonrisa moviendo su brazo de modo que señalaba todos los estantes que las rodeaba. —Que triste es pensarlo. — De forma dramática lloriquio y volvió a dirigir su vista a el libro abierto que tenía en frente de sus narices listo para ser leeido, comprendido y explicado en su próxima clase.
Sin evitarlo, un par de risitas escaparon de sus labios, cosa que provocó un par de miradas hacia su persona, las cuales no dudó en ignorar y proseguir como si nada—. No es que no me cayese bien, pero simplemente, uhm... No, no me gustaba —se encogió de hombros, y al instante sus cejas se arquearon en la dirección contraria, buscando algún punto de insinuación a sus palabras—. Espera, no me digas que él era el protagonista de tus fantasías más profundas —presionó sus labios, con tal de que la amplia carcajada atorada en su garganta no escapase con facilidad. Le encantaba molestar con aquel tipo de cosas a las personas, y mucho más si se trataba de Zeta—. Es el color de moda, déjame —se quejó en broma, no haciendo más que asentir a sus siguientes palabras—. No tienen ni un poco de piedad con nosotros... ¡Con lo bien que estaría yo con un par de días de descanso! —alzó la voz en un susurro, denotando así diversión—. Es un suplicio —suspiró, imitando la acción de la contraria, centrando su mirada en los mil y un libros que debía leer y entender para hacer un par de trabajos.
Preview of Adelaide Kane in Whose Line Is It Anyway?
Come on and rescue me || Marzia & Heng.
—Tener problemas contigo no es como una amenaza para mí. —musitó de cierta manera, burlándose del hecho de cómo habían empezado las cosas entre ambos, y al ver la situación ahora era completamente una locura que estuvieran así. Heng estaba disfrutando de la cercanía y del roce, también de las atenciones de la chica y de sus palabras aunque intentaran ser un poco llenas de carácter. Rió ante la pregunta de la chica pero opto por no contradecir aquellas palabras porque le producían cierta ternura y satisfacción. No sabía si estaba despierto o simplemente uno de sus sueños masoquistas le estaba jugando otra nueva mala pasada, lo único que lo mantenía conectado a la realidad era la mano de la castaña entre la suya, y su dedo pulgar acariciaba de manera inconsciente, completamente complacido. —No lo sé, dónde tú quieras. —susurró manteniendo la mirada contraria en todo momento, aquello era tan cursi que parecía mentira que le estuviera pasando a él, era aún más increíble que estuviera tan cómodo con eso, aunque él lo definiría más que cómodo como feliz. Seguramente una vez Marzia supiera algunas cosas de su pasado saldría corriendo, a lo mejor por eso no sentía impedimento alguno con respecto a sus sentimientos, era el temor muy de fondo haciéndole disfrutar ahora lo que no tendría después, claro que no era necesario decir todo desde ahora pero sabía que en algún momento debía hacerlo, sobre todo porque cuando estuviera de malas por malos recuerdos o días que él denominaba como fatídicos, tendría que dar alguna explicación, le atormentaba un poco el hecho de que pudiera tratar mal a Marzia, hacerla sentir mal a causa de su pasado, eso no se lo perdonaría. —¿Tienes alguna clase ahora? —preguntó y aunque no fue su intención su voz salió un poco fría, sin sentimiento alguno. —Quiero… Me gustaría enseñarte algo. —no era muy religioso, pero en aquel momento pidió a cualquier fuerza divina que le diera un poco de suerte, apenas y había empezado algo entre los dos que aún no tenía ninguna denominación correcta, y él estaba tentando todas las opciones para que terminara. —Después veremos qué hacer. —añadió tratando de parecer tranquilo. —Si quieres. —finalizó con un deje de tristeza en su voz.
—¿No? ¿Estás seguro? Quiero decir, realmente no quieres que pruebe mi puntería contigo... ¿Verdad? —arqueó ambas cejas en su dirección, haciendo perdurar un semblante divertido sobre sus facciones. Si bien era verdad que la joven tenía carácter, demasiado, aquel no era momento para sacarlo a relucir, de ahí que simplemente estuviese bromeando por simple diversión. Es mas, hasta el castaño podría percibir que no hablaba en serio después de haberla visto realmente molesta. Sus manos unidas le daban cierta paz interior, como si toda presión expuesta sobre a base de sus estudios, o como si el echar de menos a su familia, fuese capaz de disolverla. Sus labios se entreabrieron para responder, mas ninguna palabra logró escapar al notar su mirada sobre ella, la cual sólo pudo aguantar por unos pocos segundos antes de volverla a sus manos, no evitando sonreír como tonta. No obstante, todo rastro de sonrisa se borró al percibir el tono utilizado del chico. Frunció el ceño, preguntándose internamente si había hecho algo mal que podría haber provocado su molestia, mas al no recordar nada, negó y respondió a su pregunta—: No, no tengo ninguna clase ahora —aseguró y, ahora con la curiosidad a flor de piel, ladeó su rostro—. ¿Tienes algo que enseñarme? —inquirió, añadiendo rápidamente lo siguiente—; Y claro que quiero, sí —asintió, corroborando lo dicho. Y cómo no iba a querer si la verdad era que quería, deseaba, conocer cada pequeña parte del contrario, de todas las formas posibles, habidas y por haber—. ¿Vamos? —una suave sonrisa floreció en sus labios, incluso a pesar del frío tono utilizado anteriormente contra ella, se le hacía imposible no sonreírle, y menos con el deje de tristeza que pareció presentar en aquello último.
Estaba tan concentrada en sus asuntos que, sin querer, tropezó a alguien que por su voz reconoció como Marzia, una de sus alumnas.—Oh, cielo, lo siento.—Le murmuró con suavidad, acercando sus manos a la contraria con precaución.—¿Estás bien?—Preguntó, frunciendo su ceño levemente y mordiendo su labio inferior de forma leve.
Al intuir que iba a posar sus manos sobre su adolorido cuerpo, se retiró un poco antes de que eso sucediese—. No, es mejor que no me toque —aseguró la muchacha, mostrando entonces sus brazos, rojos por culpa del cálido sol de Santo Domingo—. Me quemé con el sol, y la verdad es que hasta un simple roce me molesta —explicó, con una mueca grabada en sus facciones.
Ese día sus ojos no dejaban de lagrimar, lo que le hacía tener que cerrar los ojos varias veces mientras intentaba limpiárselos de una manera que no le molestara y diera el efecto deseado. Nada de lo que hacía cambiaba que dejara de lagrimar y mucho menos que les molestara. Pasaba sus dedos, con el mayor cuidado posible por la orilla de su ojo, pero tenía que hacerlo más de una vez, pues el picor no se le iba. Estaba tan concentrada en ello, y como no había dejado de caminar; no se sorprendió cuando chocó con otra persona. —Lo siento, fue mi culpa. —pronunció, luego de escuchar sus disculpas, todavía sin quitar sus manos de sus ojos, sacándole un suspiro de frustracción, eso no podía ser más perfecto.
—¿De verdad? Uh, realmente ni siquiera me he fijado... —musitó, acariciando su propio brazo con suavidad con tal de comprobar si aún seguía a tan elevada altura como suponía por culpar de lo ciertamente rojo que se encontraba. No obstante, al notar las acciones nerviosas de la joven, su ceño se frunció, preguntándose por entonces qué era lo que le pasaba—. ¿Estás bien? ¿Tienes ha entrado algo en los ojos? —inquirió, preocupada de que fuese así.
Estaba detrás de la chica esperando para entrar a uno de lo salones pero de seguro no se percato que unos chicos jugando con un balón lo obligaron a chocar contra la castaña. Noto como el rostro de la chica cambio con una mueca de dolor, pensó que tal vez el la había lastimado pero noto el tono de piel entendiendo al instante lo que pasaba. –No, yo lo siento.– Ladeo una pequeña sonrisa mientras la miraba –Sabes, hay una crema para que no duela tanto.– Dijo sacando un frasco de su maleta debido a que el también estaba un poco quemado.
—No, creo que ha sido mi culpa... Lo siento por no haberme fijado —se disculpó una vez más, presionando sus labios en una fina línea, algo apenada por lo sucedido. Debería dejar de ser tan despistada, por su bien—. ¿De verdad? —indagó curiosa, poniendo ahora especial atención en el frasco que el contrario había sacado de su maleta—. ¿Realmente te quita el dolor? Porque, de ser así, me salvarías la vida... No sabes cuánto me molesta éste maldito ardor.