No había más qué decir en aquel momento, no cuando su mirada prácticamente se encontraba perdida en la ajena y cualquier palabra parecía sobrar. Aún se le hacía difícil creer que había sido correspondida y que sus sentimientos no habían florecido para nada, no para ser rechazada. La verdad era que no cambiaría nada, ni siquiera las discusiones del principio, pues al fin de al cabo así es cómo habían terminado, y sinceramente no podría haberlo hecho mejor. Aquello sólo pudo ser corroborado cuando los labios ajenos se estamparon sobre los suyos, formando un contacto que contenía más que el simple roce en sí. Estaba claro que la sorpresa seguía vigente ante tal acción por parte del joven, pero aún así sus labios se amoldaron con rapidez a los del contrario y siguió el beso sin meditarlo un segundo. La fricción de éstos encajaban tal cuales piezas de rompecabezas y era como si, de una forma u otra, aquellos roces estuviesen destinados a pasar tarde o temprano. Tal vez no se notase demasiado, pues intentaba mantenerlo bajo control, pero los roces contenían atisbos de necesidad casi imposibles de obviar. Sin duda alguna, aquello demostraba que era el mejor contacto que había tenido desde hace tiempo y santo cielo, sólo ella podría llegar a saber en su totalidad cuánto lo estaba disfrutando. De hecho, incluso su cuerpo reaccionaba malditamente bien a sus caricias, logrando que aquel simple roce erizase cada uno de los vellos de su cuerpo. No obstante, al sentir cómo sus pulmones reclamaban el oxígeno necesitado, se separó apenas unos poco centímetros, aún respiración entremezclándose con respiración–. Ésto ha si- –pero incluso siquiera antes de terminar la palabra, unos pasos hicieron eco en el silencio de aquel rincón de la biblioteca, obligándola a callar. Sabiendo como era aquella anciana gruñona que tenían por bibliotecaria, después de haber visto los sermones echados ya a varios jóvenes, sujetó la mano del chico con la intención de que le siguiese–. Ven, vamos –murmuró, no dudando en guiarle hacía un pequeño escondite que a simple vista había descubierto, entre estantería y estantería, donde se resguardarían hasta que la mujer estuviese lo suficientemente lejos. Prefería no aguantar su vergonzosa reprimenda, la cual tan sólo se producía porque, como la misma decía, no se podía confiar en la juventud de hoy en día. El lugar no era demasiado espacioso, por lo que ambos cuerpos se encontraban demasiado próximos; ella de espaldas a él. De ahí que cuando los pasos estuvieron más cerca, se apegase tanto hasta llegar a chocar contra el torso ajeno. En aquel instante fue cuando se dio la vuelta y, debido a la diferencia de altura que compartían, sus orbes recorrieron el cuerpo contrario hasta llegar a sus ojos–. Lo siento –musitó entre pequeñas risitas debido a la situación dada y a los nervios por la cercanía tomada, mientras las intentaba a su misma vez disminuir con ayuda de sus manos. La cosa es… ¿Desde cuándo se ponía tan nerviosa ante un simple acercamiento?