Texturas.
Tuve yo alguna vez, en aquellos años, un deseo horrendo que no me dejaba ni respirar.
Se había ya calado entre mis costillas y las había enyesado de este magma tibio que nace siempre en el vientre y que se expande por toda la piel, suspirando y jadeando en lugares en los que la respiración no tiene voz ni voto. Aún así, todo mi esqueleto e intelecto estaban paralizados por esta abismal viscosidad y mi carne e instintos eran entonces lo único vivo, lo único latente, real y receptivo al tacto que yo en aquel entonces podía referenciar para mi propio deleite y, en ocasiones, para mi tortura. Hay formas y formas de explicarlo pero es inútil, y es que al final del día es siempre incierto y desconocido qué es a lo que se enfrentan las pieles cuando estas ya brillan de lujuria; cuando el deseo se hace más grande que cualquier otro mundo y la longitud del sol es sólo un ápice de la necesidad, de la abstinencia y sobre todo, de lo mundano.
Mis dedos se aferraban solos a la hierba y toda vida era erotismo.
Toda belleza, toda lontananza y toda nitidez se transformaba en algún choque eléctrico de mi sistema nervioso que reconocía sin piedad y con pulcritud, mis deseos más profundos y qué zonas despertar para satisfacerlos. Yo necesitaba en aquel entonces que me mordieran hasta ya no poder recordar mi propia carne, perder yo el límite entre la fiebre mía y la de un otro y enfermarnos; necesitaba yo ser evidencia de que el erotismo aún existía y así entibiar o humedecer un mundo que hacía mucho se había secado de frío.
La vastedad de mi deseo generaba un espacio alterno en el que todo se desplaza como sudor en las caderas, como un rasguño vertiginoso que sólo desliza el tiempo y lo alarga, lo hace eterno cuando la tortura es el placer enaltecido y la súplica desesperada de quien tanto lo desea. A ese espacio alterno que se hace algo cuando pienso en él más de la cuenta, sólo entraba con gracia aquello erotizado y potencialmente placentero; era el anfiteatro de mis delicias, cuna de satisfacción allí donde todo era placer y todo era gozo de frutas, sensibilidad, carne, poesía y música, placeres que vivía cotidianamente pero con un erotismo tímido y personal. Nadie más que yo lo vivía y quizás alguna piel impropia podría haber tenido algún atisbo del jardín de mis manjares, atisbo que me empecinaba yo por oscurecer y distraer con tal de no rendirme y dejar que mi secreto pase como si nada. Mi deseo era más grande y lo único que podría ameritar de forma justa era lo que era; un coliseo de mis delicias y deseos más íntimos.
Sin embargo, la magnitud de mi estado de deseo no valía nada y no tenía manifestación pública porque yo a nadie podía acudir. Lo más probable es que ya haya escrito algo sobre eso también por ahí alrededor de los diecisiete, donde la córnea es lujuria, confusión y resplandor y el mundo entonces carne viva. Contaba en aquellos años, casi siempre con un oído atento dispuesto a escuchar y sediento de lo que yo pudiese decir; una piel que ya parecía parte de la mía pero que sin embargo no podía confiarle estos temas aunque quisiéramos ambos hablarlo. Tal vez sobraban humanos en ese tiempo, o faltaban quizás los humanos adecuados, más incluso estos estando o ausentándose, mi secreto era mío y nadie más que yo podía saber lo ferviente de mi necesidad.
Tan oculto y tan propio que incluso en las tardes entumecidas de goterones invisibles, de estas manos ominosas que sólo empapan hogueras del ser, el fantasma del erotismo me acompañaba a pesar de yo no contar con excitación de ningún tipo. Ni siquiera las ansias de vivir se comparaban con la lealtad de este fantasma e incluso, existían instantes en los que la visión de mi cuerpo desnudo, relajado e inerte y el recuerdo que podría haber quedado de mí, luego de haber llevado a cabo la forma más cobarde de muerte, despertaba también esas carnes y sus tejidos necesarios y absolutos, para yo sentir la desesperación que tanto espasmo causaba en mi espalda por lo menos tres veces al día, durante diez o quince eternos minutos que se veían seducidos por la idea de mi muerte y otras cosas.
Quisiese culpar a cierto autor japonés y cierto autor alemán, pero mi fascinación por San Sebastián era innata y fue mera coincidencia que ellos, al igual que yo, estuviesen también condenados a desear tanto la muerte con gloria, erotismo y belleza. Las ganas de morir en éxtasis entre carnes pulcras, que si no han sido encontradas entonces vivir hasta hallarlas, enfrentar el corazón humano a la divinidad terrenal y experimentar el dolor de la impotencia, de la debilidad y la sumisión ante lo perfecto, todo con tal de no morir sin saber lo que es el verdadero y minucioso deseo fulminante del humano. Juro que hasta ese entonces eso podría haber sido comprendido por esa piel que compartía yo discretamente, más esta piel tenía su propio deseo de ser carne pulcra y de no morir si no era entonces por su propia obra.
Lo que yo vengo a contar es producto y parte también de esa piel que no es mía.
En una de esas tardes de calor sofocante, húmedo y asfixiante, mis desganas y poca energía alcanzaron el límite en el que el suicidio trasciende la seducción y es entonces planificación insensata de un deseo que tal vez nunca llegue a concretar. Sin embargo, aquel día todo parecía ya carecer de sentido y de valor, o al menos así lo recuerdo yo a estas alturas de la vida. Probablemente sólo era aburrimiento o incluso otra forma del erotismo acercarse a mí, con tal de acechar cualquier tipo de deseo y transformarlo en lujuria de alguna u otra manera. Lamento profundamente mi inexactitud y mi única justificación es que los años pesan, pero puedo compensarlo porque hay un trozo de este relato que permanece intacto, vivo y húmedo al ser esta la primera vez que me atrevo a confesarlo con tal exactitud.
Recuerdo el sudor que se apegaba a mi cuerpo y hacía de mis muslos dos masas carnosas que sólo lograban emanar un deseo específico y la sensibilidad divina, sensibilidad que en aquellos años había sido ajena durante un tiempo y que me otorgó el mejor orgasmo una vez recuperado y puesto a prueba con estas dos manos escribientes, un cinturón y alguna navaja de bajo filo con la que yo decidí tatuar, utilizando mis propias células, el tan deseado éxtasis como cicatrices de líneas rectas y disonantes en mis muslos, abdomen y pecho.
A veces creo que son estas cicatrices nuevos portales por los que el erotismo también se escurre y sólo hace de la resistencia una tarea ardua que en ocasiones no quiero ejercer. Es en una de estas circunstancias en las caí ante el deseo de una forma que, hasta ahora, me parecía una suerte de herejía confesar.
Con la temperatura descendiente de las ocho de la noche y la sensación de sofoque ya erotizada, mi cuerpo ansiaba algo fresco y menos tibio con lo que actualizar su historia y darle un pequeño vuelco a ese día tan inerte y tan vacío y tan antagonista de todo lo febril de lo que mi cuerpo quería ser parte, de todo lo instintivo que quería experimentar. Me encontraba descansando, con la espalda apoyada en la frialdad de las paredes crudas en busca de algo que se asemejara a una pausa, un recreo del abominable calor que inundaba mi piel en aquel entonces.
Mi saliva llamaba empedernida al agua, ella quería algún recurso natural que me salvase la boca de secarse. Me levanté con las piernas sudorosas y la camisa abierta, cansada ya ella de ocultarme, suelta y lacia que se sostenía por la estructura de mis hombros y me dejaba la espalda descubierta, los pechos expuestos y la piel sudorosa de mi abdomen palpitando en busca de un refresco. Tomé un vaso por el que tenía una fijación en específico y decidí llenarlo de agua. Actualizándose el frío del cristal, en mis dedos encontré satisfacción, tan así de deseosa estaba que caí al espacio de mis placeres y entré en un trance tal del que sólo desperté al sentir mis dedos más húmedos de la cuenta, ensuciados ya por la frescura del agua rebalsada, agua que también había cruzado mi cuerpo hasta el coliseo y le había entregado alguna vez una dulzura tal a mi carne que le había asegurado una estadía perpetua.
Bebí todo en segundos, vorazmente y suplicando de alguna forma que el fondo del vaso fuera eterno, que el sacio de mi sed fuese capaz también de saciar mi necesidad de carnes bruñidas, con alguna forma de espíritu contumaz incrustado y una textura en específico; húmeda, suave y sutilmente ágil. Más el agua no fue suficiente y mi deseo sólo creció de forma exponencial, asíntota, con un cenit interminable que nunca alcanzaba el límite y parecía estar orgulloso de eso.
Recordé entonces una tarde calurosa en el viejo solar, conversando yo con esta piel ajena pero íntima sobre la hierba, el agua, las playas y las frutas, último tópico en donde viajamos ambos a través de arándanos, fresas, mangos y cerezas, suspirando ya rendidos ante la textura y connotación personal, curiosamente coincidente para ambos, que le atribuimos a cada una. Sin embargo, todo este festín de sabores fue sólo un precalentamiento para el personaje principal; el soberano rey de toda textura, toda acidez y todo dulzor.
El potente sol veraniego parecía esconderse tras una nube mientras, acá en la tierra, un durazno imaginario se deslizó a través de nuestras manos errantes y sedientas de fructosa, del sabor a la pulpa de esta fruta tan deseada, la textura e incluso los colores de su envoltura suave y en algunas ocasiones, tierna; su tenue encanto estético que sólo resultaba como un pequeño epílogo del vaivén entre dulzor y acidez de los nuestros y sólo nuestros adorados duraznos. Todo este conjunto de sacrilegios no resultaba seductor sino que era ya divino a estas alturas del deseo y de la sinergia pasional de mi piel y mi no-piel, mi compañía infalible.
En mi casa no habían duraznos pero sí damascos, algo que era seductor en menor medida pero en aquel entonces, con toda esa desesperación y esa rabia natural de un capricho frustrado, resultaba una diferencia mínima que podía solucionar yo con mis propias manos, al igual que todo y al igual que siempre a decir verdad, ya tengo edad suficiente yo para admitir de una vez que me salvo de todo yo sola y en ocasiones con pequeñas ayuditas, como el damasco de aquel día y mi saciedad momentánea.
Limpié el damasco con ansias y luego decidí sentarme en el sofá de mi casa, donde el aire fresco que entraba por el ventanal marítimo podía saciarme las piernas y distraerme quizás del claustro que significaba mantener a las cuatro paredes de mi cuarto como únicos vigilantes y testigos de lo que yo hacía y deseaba ahí obstinada a buscar placer y obstinada a mantenerlo sólo mío.
Lamí, con la intención de disfrutar y alcanzar a rescatar toda textura y toda fascinación, todo erotismo que una simple, anaranjada y espesa fruta podía entregarme. Besé yo entonces el damasco hasta que este ya sangraba su jugo espeso, tentador y sonoro que se deslizaba por mi boca con pulcritud tentadora y febril. Con los párpados ocultándome el mundo, los pechos erizados por la danza de sabores que se explayaba en mi lengua y la mente obstruida, enyesada de pura lujuria, aterrizó sobre mí una idea que me hacía y me hace sentir enferma, como un rayo fulminante y luminoso que llenó de una energía momentánea mi cuerpo, haciendo que yo me moviera en ese entonces con una agilidad inesperada.
Deslicé el profano cadáver de una fruta ya desflorada por mi piel ardiente, iniciando con mi cuello, suspirando y disfrutando de la frescura decadente que pronto iba aumentando su relevancia y privilegio, envolviendo con su diabética fiebre mis pechos y la corona de nervios que tanto escalofrío traen a la piel cuando son estimulados de la manera correcta, como un receso de la desesperación de ser tocada y saboreada casi tanto como yo saboreé aquel día ese damasco; un espacio en blanco en el que la mente es sólo una idea húmeda, textil y potencial majadera de fantasías muchas veces vergonzosas de confesar. La atmósfera sólo se desplazaba en la sensación vertiginosa de que alguien llegase, de que apareciese algún fantasma empedernido a inculparme y a hacerme sentir más que enferma y trastornada y loca y que me preguntase el fantasma de este cuerpo, que yo tantas veces he visto en mi vida, que cómo se me ocurre tomar una fruta así entre mis piernas y adormecerme la vida tocando ahora, sin sigilo y con completo descaro, el punto más sensible que concierne toda mi anatomía, donde ya tibia estaba la muerte y de damasco sólo quedaba el sabor repartido, despedazado y humedecido entre mis pechos, cuello y abdomen, mientras que ahí, en la cuna de todo placer donde Venus y Marte desgarraban mi piel al hacer ellos el amor, el cadáver era entonces una lengua abominable, irresistible e invencible que era esclava de mis dedos. Afrodisíacos eran los jadeos y también los gemidos que sostenía mi otra mano de la tela del sofá para no caer mientras mi espalda se arqueaba junto a la vergüenza, vergüenza que me congelaba todo el cuerpo menos las manos y las caderas, ansiosas y también jadeantes de seguir y seguir hasta que la vida se hiciese edén y mi coliseo el único hogar al que se podía volver cuando abriera yo los ojos, cuando volviera a la vida y al calor intrínseco de mi piel en verano que era el único culpable de ese tan extasiante crimen que yo estaba cometiendo ese día. Mi ropa fue capaz por muy poco de sostener la guerra de espesor que se levantaba entre mi carne viva y la carne muerta de este manjar mío, y todo entonces se hizo este sol infumable de la mañana que chilla y vibra, seca la ropa como si nada y como la vergüenza de haber alcanzado el colmo de toda sensación con una carne que no peca de humana ni de loca ni de trastornada ni de enferma. Suspiré yo entonces y abrí los ojos en nada más que de mi casa el salón principal, con el orgasmo colgando de cada uno de mis pechos, abrazado a mis piernas y jadeando su necesidad en cuello, el durazno muerto entre mis manos y mi deseo que por poco fue casi superable, y yo, ya rendida ante la sospecha de que la vergüenza me había quitado la humedad de todo el cuerpo, decidí tomar una ducha para mojarme un algo y contarle a mi otra piel lo que acababa de ocurrir.












