Descifrarnos.
Comienza la canción.
Mi corazón se hace pálpito aislado de mi esternón y pulmones, como si la voz espesa y centelleante de aquel pecho ajeno se hiciese mía, formando una nueva frontera entre mis órganos y desorganizándome en formas distales y extensas. Soy yo misma ajena a este cuerpo.
“Me hice alma”,
pienso entonces.
Y tu respiración me lo confirma.
Se sella la entrada y mis arterias bombean escombros aleatorios de una ciudad que nunca existió; donde tu voz, vecino de alma, es el himno que flamea en cada paso y tropiezo que sangra en estas calles azules y tuyas, refugios nocturnos y terrazas solitarias para ti.
Las paredes son más pequeñas y mi cama está hecha de arenas movedizas.
Como salir del océano y tomar sol en la arena o una cerveza fría, tal vez un humeante té junto a esta lluvia torrencial que surge de la nada; no quiero jamás sentirme satisfecha.
Deseo ser insaciable. No podrías nunca cansarme. Nunca tú.
Y ahí no sólo siento el desborde regordete que intenta escapar de sí mismo, sino que también lo veo y me presiona. Veo todo, pero no veo el horizonte.
Entonces soy tal cual, tal como mis lágrimas olvidan sus límites los olvido yo, y tal como entonces crean sus propias ciénagas en mi ojo, me invento espejismos y así veo goterones que de ahí mismo salen inocentes. Sin embargo, mi vista no se empaña y con el calor de mi cuerpo se evapora con gracia el racimo de bagullas.
Entre tantas sensaciones y tantos sueños que no recuerdo hasta que los veo en esta vida, tanto denso latido y tan manoseada memoria, me pesan las pestañas más de la cuenta y el esternón, elástico y flexible hecho de letras, se me estruja. Se contrae entonces, y caigo en la adorada tierra cuando mi corazón parece volver a su lugar, la luna.
La angustia se vuelve a derramar, pero ahora sabe dónde arder.
Mi espalda se extiende en este colchón de océano y arena y por mi cuello viajan viscosidades, en mi pecho bailan las olas y puedo ver, en el mar, tu sustancia divina que sólo cesa de existir cuando dudo de ella, desafiante profanador de los sueños más profundos.
Mis muñecas se columpian incesantes en cánticos tuyos, donde mis labios inventan una temperatura en la que sofocarme y encenderme. Siendo indistintos del calor pero no iguales al frío, te inventan mis labios también a ti, boca celestial.
Tú vas y eres de blanco, café y negro. También celeste grisáceo o como quiera el mundo denominar al color de tus ojos. Escóndete conmigo aunque aún así pueda verte, iris divino.
Quiero mirarte hasta el final, así que adelante; desnuda los versos de este poema en creación e intercala tu voz entre estos párrafos. Te lo permito y te lo permito sólo a ti, hombre alado, tienes todo el permiso de desquiciar mis pálidos vestigios de pálida alegría.
El solo de esta melodía, tan amplio y ambiguo, se desliza por la cuenca sensible de mi oído externo y entonces, mis pies oscilantes danzan en el borde de una piscina vacía, en la que nadie podría nadar, pero nadie es justamente lo que soy.
Sin embargo, hoy tú estás aquí, al igual que siempre, por lo tanto existo.
Soy, y en este mundo, tú también eres algo más que un muerto.
Pero intuyo que yo no debería estar aquí.
Quizás estamos en el mundo de los muertos y me queda algo de vida.
Mi piel nunca ha sido amiga de este calor llamado limbo, mis muñecas y su tintineo imparcial es evidencia, como también es adrenalina, es un par de ojos sombríos y cascadas vírgenes de aguas malditas. Así, siento lágrimas pero no se me nubla la vista;
“Me llorará el alma”
entonces pienso,
pero no tengo cómo confirmarlo. Ahora ni siquiera tu guitarra me acompaña.
Entonces terminas, con aplausos y silbidos para ti, obsesivo deleite del amor.
Se desborda la piscina vacía y el océano se seca.
Obviamente no habrá lágrimas en esta sequía
¿llorarán los desiertos? ¿será que de ahí nacen las flores?.
Y cuando te busco, veo tantos cimientos corrompen este pastizal de flores peculiares,
que no hay sitio en donde no estés. Eres eterno tú y también eterna es la insoluble necesidad de hundirme en este ritmo, otra vez.
En mis sueños tú eres el océano y yo el agua,
donde me sumerjo y tu susurro está besándome
al igual que esta canción, en guitarra y en voz.
Beso las cuerdas para tocarte, Gustavo,
y juro que nunca he estado tan cerca de dios.








