La luz del sol estaba iluminando el cuerpo de Memo sobre mi sillón, las cervezas ya se habían acabado. Recuerdo los golpes en la puerta.
— ¡Alejandra abre la puerta! —había olvidado el tono grave de la voz de mi padre.
He estado evitando al ruco durante más de seis meses, encerrada en este departamento. Me enteré por doña Luisa que el viejo está muy enfermo. Realmente no sentí ninguna preocupación por él. Desde que mi madre murió, me escondo del anciano, él fue tan culpable como yo.
No insiste más y por fin se va. Despierto a Memo, ya es hora de que se valla, luego lo buscaré.
Ojala no la hubiéramos dejado sola, aún estaría viva. Las marcas que he hecho en mis brazos, en mis piernas, me recuerdan los días que han transcurrido desde esa noche. Cada amanecer es más confuso que el anterior. Por las noches, el perfume de Catita entra por la ventana, es cuando más siento la necesidad de escapar, el aroma dulce tortura mi mente, me provoca dolor de cabeza, evoca imágenes del pasado. Todo repugna. Busco la jeringa, siento el placer intenso en mi cuerpo, luego, sedación total. Pongo música, rio mucho, soy feliz.
Perdí la noción del tiempo, doña Luisa entró, su silueta estaba borrosa, observó mi brazo izquierdo con asco. Intentó no rozarlo, pero su bolso resbaló del hombro y un grito desgarró mi pecho. No pude pasar saliva, todo se puso negro. Me desmayé.
Desperté en un hospital. Sola en el pasillo, sobre la camilla. Con el brazo infectado, morado e hinchado. Postrada en una cama, con labios agrietados y saliva amarga en la garganta. Era peor estar ahí que en cualquier otra parte. Toda esta gente vestida de blanco, aparentando pureza y limpieza en sus vidas. ¡Enfermeras pendejas, con su estúpido chongo y su ridículo gorrito! ¿Y por qué no un poco de labial rojo en el hocico? las odio.
Fingí que me sentía mal para que una viniera a verme y le escupí en la cara. Luego sentí mucha comezón en el cuerpo y no paraba. No soportaba el suero en la vena, arranqué la aguja de un tirón y comenzó a sangrar. Todo giraba encima de mi cabeza, estuve vomitando, sentía presión en la nuca. Un calambre se extendió por toda mi columna, provocando que gritara sin control.
Se acercó una tipa vestida de blanco e inyectó una sustancia en el brazo derecho. Mis ojos comenzaron a cerrarse lentamente, mi cuerpo se aflojó y quedé profundamente sumergida en mi inconciencia. Las enfermeras me alimentaban con caldos, gelatinas y agua. Al pasar los días mi cabello se impregno de ese olor agrio de los hospitales, odio ese aroma. Tuvieron que buscar entre mis mensajes y contactos del celular para encontrar el número de mi hermano.
Fui dada de alta, Germán vino a recogerme. Él luce bien, sus tres pequeños hijos y esposa se quedaron en casa, seguro le provoca vergüenza que me vean así.
Mientras conducía, mi vista se quedó fija sobre un rosario color rojo que colgaba del espejo. Él no paró de llorar, yo aún me sentía muy relajada como para reclamarle el que ni siquiera me contestara todos los mensajes que le mandaba. Llegamos al departamento, antes de irse dejó su número anotado en un papel. Al lado unas cuantas monedas y billetes.
No me había dado cuenta de lo sola que estaba. ¡Odio a mi hermano! Solo me quedaba la compañía de doña Luisa, ella me consolaba, me daba un abrazo y preparaba algo para cenar. Me decía que pronto me recuperaría.
Diariamente venía a alimentarme, me bañaba, me peinaba y se iba. Pasaban los días y doña Luisa era muy bondadosa conmigo, mi recuperación fue pronta.
Una noche decidí salir al bar, con los amigos de la cuadra. Solo quería bailar y bailar. Son las tres de la mañana, comienza la fiesta. Veo pasar una sombra por atrás de la barra. Un hombre de cejas pobladas y barba que se extiende por el contorno de su rostro, entra al lugar, me toma del brazo y comenzamos a bailar. Intenta conquistarme, me invita tragos caros y me regala tabacos.
Dijo que se llamaba Miguel, al oído me susurraba que era muy guapa. Su aliento provocaba en mi cierta sensación en el estómago. Terminé por ceder, nos fuimos a su departamento. Me abrió la puerta del auto, estando en el interior reconocí el rosario color rojo. La poca luz ya no me dejaba ver su cara.
— ¡Ya te has divertido demasiado, párale a tu desmadre Alejandra!
A toda velocidad arrancó el carro y este hombre condujo por el libramiento, hacía las afueras de la ciudad. Ahora su voz me parecía haberla escuchado antes. Era Felipe, el mejor amigo de Germán. No lo veía desde que tenía doce años.
Comenzó de nuevo el dolor en la columna, después vino el vómito. Se dirigía directo a la casa de mis padres. Lo cuestioné, lo llamé por su nombre, pero su mirada era rígida y solo miraba hacia enfrente apretando el volante con fuerza.
Llegamos y el anciano bajó a recibirnos.
—Yo te voy a cuidar Alejandrita, tranquila— dijo el anciano con una mirada trastornada, aparentando ser buena persona.
Ahora los tres resultaban ser cómplices, aceptaría quedarme solo un par de noches ahí. Como ya ha pasado antes, fingiría que voy a cambiar, me comportaría con amabilidad y empatía. Pero en cuanto obtuviera su confianza me iría a conseguir dinero para poderme ir con mi tía Carmen a Guadalajara.
Está vez todo sería diferente. No es sano quedarme en esa casa, al pasar por la habitación de mi madre, sentía una infinita tristeza, unas ganas inaguantables de arrancarme algo del pecho, algo que lo apretaba. Entonces mi papá aparecía y veíamos la tele juntos. Al viejo le temblaban las manos al tomar su taza con café, me despedí, le di un beso en la mejilla y le dije que estaría bien.
Desde la ventana de la combi observé las calles de la ciudad, vi pasar carros y peatones que iban con rapidez. Toqué el timbre, bajé en la parada siguiente y caminé hasta el edificio. Entré a mi departamento, busqué algo de comer y bebí unas cervezas que habían sobrado. Me acerqué al balcón y desde ahí vi caminar por la banqueta a una niña uniformada, pasó feliz de la mano de su papá. Horas después me dormí, el susurro de doña Luisa al otro lado de la puerta me despertó.
—Ale, tu papá te llama por teléfono.
—Dígale que no estoy —La anciana se fue arrastrando los pies.
Me volví a quedar dormida, desperté pasadas las seis, seguía bebiendo mientras enrollaba un gallito. Alguien tocó a la puerta, no era doña Luisa. Los golpes fueron fuertes. Traté de no hacer ruido. Una silueta se dibujó por debajo de la puerta, la sombra de la persona no paraba de caminar, esperando a que abriera, golpeó la puerta más fuerte, pero no decía nada. Ignoré su presencia y rato después se fue.
Por si la persona decidía regresar, me bañé con las luces apagadas, planeaba ir al bar de la zona, esperando encontrarme con los amigos que siempre ponen la botana y el alcohol. Tal vez ganaría algo de dinero después de hacerles los orales que tanto les encantaban, yo era la mejor. Mis tacones sonaban en todo el edificio, al salir vigilé con cuidado que nadie me estuviera siguiendo.
Reconocí a Paco, el garrotero, después de platicar un rato me fui para la barra. Las líneas que se dibujan en el piso me dirigieron hasta la pista de baile. Falda corta, medias rasgadas. Era lo único que volteaban a ver los hombres.
Solo quería bailar con las luces de neón sobre en mi cuerpo. Sentir la música por dentro, moverme, vibrar y sonreír.
Ahogada en alcohol, con un cigarrillo en la boca, Memo se acercó y de la mano nos fuimos para su depa. Mis labios comenzaron a palpitar por la excitación, comencé a tocarme y a mordisquearme la boca.
Las noches duran más con medias y tacones. La brisa que entraba por el balcón, refrescaba mi cara hinchada. Ese era mi estado ideal de relajación, sentí que realmente era yo.
Busqué mi pipa de madera y le di unos jalones. Quedaba un cigarro con tabaco, lo fumé y el humo se fue rápido, quise ser humo algún día, desaparecer y no sentir mi peso en el mundo.
Varias mamadas después, Ale pudo comprarse un boleto para ir a Guadalajara con su tía Carmen. La primera noche que se fue de antro con unos amigos de la calle, conoció a Román.
Aunque no le atrajera del todo, era mil veces mejor estar paseando con él por Andares o por Galerías, que quedarse en la casa de su tía, con sus primas de diez años. El sintió eso que las personas llaman amor a primera vista.
El primer regalo fueron unos tacones negros con terminación en punta al frente. Así como de putita. A las dos semanas un collar de perlas, traído desde Veracruz por un viaje de negocios. Al mes siguiente un modular con entrada para USB, a la semana una mesa para colocarlo, luego discos compactos de sus artista favoritos. El siguiente regalo fue un sofá reclinable. Al mes siguiente Román ya le estaba diciendo a Ale lo bien que le hacía estar con ella, que debería dejar de vivir con su tía e irse vivir con él, que la amaba y que nunca había sentido algo parecido. Que la quería en su vida por siempre, que él solo estaba siguiendo a su corazón. Unas pulseras de oro fueron el detonante para que ella dijera el sí.
Ale era el alma de las fiestas, Román la llevaba a todas, en los mejores antros, Bossé, VanGo, Blackcherry Discoteque, etc. La manera en que Ale se emocionaba con la canción de moda, como reía y solo era ella fue lo que a Román le enamoró aún más. Eso y su cabellera rubia con raíz negra.
A ella le gustaba andar por el nuevo departamento únicamente con el collar de perlas y los tacones negros con terminación en punta. Le fascinaba su nuevo estilo de vida. Coger unas siete veces al día, fumar marihuana, darse pases de coca e ir a las plazas comerciales a comprar ropa nueva y costosa.
Él gastaba todo su dinero en Ale y con ella. Los primeros meses viajaron mucho, a playas, a conciertos, a ciudades dentro y fuera del país. Ella sentía lo que era ser realmente correspondida. Román había ahorrado por años, no se arrepentía de despilfarrarlo todo con su chica. Pero cuando quedó poco, tuvo que ausentarse por unas semanas, suficiente tiempo como para darse cuenta que ya no podía estar sin su nueva droga: Román.
Perdió conciencia de su nueva realidad, su cabello se volvía grasoso y sus labios se secaban tanto hasta agrietarse: se acabó la heroína.
Los conectes de Ale le ayudaron a seguir generando dinero pues le ofrecieron cantidades de varios miles solo por rentar un departamento que Román había puesto a su nombre, ubicado en una de las mejores zonas de la ciudad de México. Ale tuvo que mudarse para cerrar tratos y ver como sería el nuevo negocio.
Fue en el show de inauguración donde conoció a Moni, una mujer que debajo de su gabardina portaba únicamente una blusa de red y un par de tacones blancos con terminación en punta, como los que usaría cualquier putita. De mirada rígida pero coqueta, acompañada por un par de labios delgados que sonreían sutilmente.
Desfiló por la alfombra de la casa con sus piernas largas y piel blanca. Veía con seguridad los ojos de Ale, al mismo tiempo que respiraba profundamente sintiendo como sus pezones se excitaban al rose con la blusa roja. Sus labios se entreabrían mientras con una mano alborotaba su cabellera corta y pelirroja.
Le explicaron que se trataba de tres shows por semana, dos de los cuales serían realizados en esa casa. Alrededor de cinco chavas vendrían a cada evento y tendrían que preparar un número: masturbándose entre dos; haciendo un trio con alguien que eligieran; bailar o proponer que harían. Ale cerró el trato por necesidad monetaria, placer y morbo. Los eventos festivos comenzarían la próxima semana.
Así como si nada Román apareció, se emocionó mucho por el nuevo negocio en el que Ale se había metido y desde luego quería ser socio. Se alegró mucho al ver a Ale, ella lo había extrañado tanto que también hizo como si no hubiera pasado nada y en realidad fue así. Román llego con ropa y boletos de viaje.
El día del primer show llegó. Un grupo de hombres trajeados gritaban y escurrían baba al ver como unas chicas se introducía un dildo de plástico; ano contra ano. Ser espectador le causaba placer a Ale. Moni hacia muy bien su trabajo, se llevó la noche al venirse a chorros mientras los adinerados le aventaban billetes.
A la noche siguiente, Román y Ale invitaron a los socios y a Moni a cenar, habría que festejar por lo bien que les había ido en el primer evento. En el bar se encontraron a unos viejos amigos. A media noche, la promoción de “La Papa Caliente” llegó, es una promoción que dura un minuto, venden veinte cervezas por ciento cincuenta pesos, desde luego la aprovecharon.
Esa noche los pezones de Moni se notaban por encima de la tela del Crop Top blanco. Una falda negra le hacía lucir unas nalgas en forma de corazón invertido deliciosas. Ale y Román se sintieron humedecidos al verla y apretaron sus manos como cómplices de lo que tenían ante sus ojos. A las tres de la madrugada, estaban todos muy ebrios y bailando. Pero el alcohol se acabó e invitaron solo a los socios, a Nadia y dos amigas a seguirla en la mansión.
Esa noche Román se fue con una rubiecita muy tetona. Ale tenía la curiosidad de saber qué tan cálida era la vagina de Moni, quería sentir el peso; la forma; la textura de sus senos en sus manos; en su boca; encima de los suyos.
Le invitó una copa de vino en su habitación, Moni aceptó. El vino comenzó a relajarlas, fumaron puros cubanos y sonreían como tontas después de burlase de las bailarinas. Ale comenzó tocándole la entre pierna, Moni le acaricio la cabeza hasta dirigirla hasta abajo para que lamiera sus labios rosados, la amó y sabía que en un futuro ella, Román y Moni la pasarían bastante bien.