Ayer que fuimos a ver la exposición de Godzila, la vecina me enseñó la foto de un libro titulado algo así como “Tienes la pareja para la que te alcanza”, y me hizo recordar algo en lo que pensaba hace unos meses, cuando todavía tenía muchos gastos veterinarios: que, incluso si tuviera la oportunidad, simplemente no tengo el poder adquisitivo para salir con alguien. Como adulto, salir con alguien constituye un privilegio económico.
Mayormente, salir con alguien, tener una relación, implica acudir algunas o varias veces por semana a lugares en los que es un requisito consumir. A veces varios en el mismo día. Quieres intimar? Los hoteles son cada vez más caros (y si puedes hacerlo en tu casa es porque pagas una renta o tienes una propiedad). Viajar? Bueno, los adultos quieren ciertas comodidades, así que si no quieres chinches o pasarte las vacaciones con tortícolis, hay que estar dispuestos a desembolsar. Tomar clases en pareja, asistir a eventos, salir con los amigos, irse de shopping, hacerse regalos, pagar la terapia, comprar profilácticos, lubricantes, sex toys… Obviamente no todo mundo tiene ese problema, y los que sí, tratamos de sortearlo con la poca o mucha dignidad que seamos capaces de juntar.
Hay muchos aspectos de una relación que están atravesados por la problemática económica, pero no poder ni siquiera plantearte la posibilidad de interactuar con las personas (incluyendo a las amistades, lo cual también es una grave limitante en la adultez) porque no tienes los recursos para hacerlo no es un problema despreciable. Alguien compartió hace unos días en Ig una publicación sobre que coger, igual que comer, es un privilegio, pero a veces no tienes oportunidad ni siquiera de llegar hasta ahí.
Los argumentos reduccionistas del estilo de “Pueden ir a pasear que es gratis” no toman en cuenta ni las condiciones reales de la vida ni los condicionamientos impuestos por espacios urbanos modelados por y para el Capitalismo, donde hasta para ir al baño en el espacio público hay que pagar.
Yo me imagino que el libro en cuestión no trata sobre nada de esto; de hecho, prácticamente los únicos que se atreven a hablar abiertamente del gasto desmesurado que supone mantener una relación son los incels, que infelizmente lo hacen desde una perspectiva machista como una forma de violentar a las mujeres y (según ellos) poner en evidencia su supuesta alevosidad natural, ignorando voluntariamente la evidente dinámica capitalista que hay detrás. Pero es cierto que bajo muchas circunstancias ese gasto supone una carga o implica sacrificios o directamente nos obliga a evitar frecuentar a las personas. Soy célibe porque soy pobre. Porque no solo es difícil de sobrellevar en términos económicos, también es vergonzoso. Puede ser humillante. Y si ya estás dentro de una relación, se vuelve un factor estresante incluso si a la otra persona realmente no le importa (o cree que no le importa).
Algo que era muy incómodo de admitir en su momento: el alivio que llegué a sentir cuando terminé con mi expareja y me di cuenta —un buen día, casi como una epifanía— de que por fin iba a alcanzarme para mandar a reparar un montón de cosas que se me habían ido acumulando a lo largo de los años porque ya no gastaba en salir con él. Claro que no tener dinero también me servía de pretexto para no hacer algo que me generaba muchísima ansiedad, así que cambié un problema por otro. Pero la cuestión es que —aunque yo no pagaba ni la mitad de las cuentas— no me alcanzaba para, al mismo tiempo, tener pareja y llevar mis zapatos a arreglar. Ya no digamos hacer cosas que implicaban, por ejemplo, pagar una mensualidad, porque fuera de los gastos personales que recortaba cada vez más, el resto de mis escasos ingresos se iban en estar en una relación.
Así que, con lo triste y enojado que estaba, sobrellevando mi duelo, me quitaba un enorme peso de encima saber que no iba a tener que dejar de hacer cosas para poder pagar por consumos que con frecuencia ni siquiera disfrutaba, solo para tener la posibilidad de estar unas horas con alguien dentro de un lugar. Por supuesto, eso me hacía sentir terriblemente mezquino, pero por lo menos me podía enjugar las lágrimas con el dinero que me sobraba a fin de mes.
Con los gastos veterinarios de la gata ha pasado algo similar. Ahora que ya no los tengo he podido pintarme el pelo y podré llevar a arreglar toda la ropa que necesita compostura (cuando junte el valor), y una de las lentes de la cámara que hay que llevar a servicio técnico (cuando junte el valor!), que son cosas pequeñas que sin embargo me había visto obligado a postergar; pero haciendo cuentas, mi realidad es que aún así no puedo darme el lujo de volver a salir con alguien hasta que mejore mi situación económica. O colapse el Capitalismo. O se acabe el mundo, lo cual este año realmente parece una posibilidad.
En este contexto, el hecho de que mi personalidad le produzca tanto rechazo a la gente se vuelve una extraña protección ante la triste verdad de que, de otro modo, me vería obligado a rechazarles yo solo porque no puedo pagar: la pareja para la que me alcanza es como de 500 pesos al mes. Es terrible, pero lo cierto es que sí, se puede cuantificar para qué tipo de relación le alcanza a uno tener.
Creo que mi vecina estaba borracha anoche porque vino a contarme algo y acabó diciéndome que le agarrara los senos para comprobar que estaban aguados y que “Entre mujeres es normal”, así que me sentí comprometido a decirle en reciprocidad que tocara los míos para que comprobara que es una consistencia muy común… Y, bueno, no sé, eso cuenta como una mamografía?
Sandy Ford (born Sandra Lee Garrison, July 11, 1950 – April 11, 2015) was a drug technician for the Centers for Disease Control in Atlanta, Georgia. In April 1981, she identified unusual clusters of young homosexual patients in New York and California with pneumocystis pneumonia and Kaposi's sarcoma and alerted her supervisor about it. Those patients had HIV/AIDS; pneumocystis pneumonia and Kaposi's sarcoma were later found to be AIDS-defining diseases.
Ford was the first person to identify these clusters and the first to alert health officials about the coming epidemic.
La asombrosa historia de la descubridora de la epidemia de VIH/SIDA en los EEUU.
A photographer for Getty isn't even a journalist so much as an archivist. ICE violently disrupted the apolitical documentation of what they were doing, violating any and all rights that might flimsily stand in their way. It would have been just as wrong had they done this to an MSNBC reporter hellbent on a spin, but now Abernathy's neutral action as a photographer has been rendered necessarily political by ICE's violence.
They know what they're doing is objectively evil. They have no intention of stopping.
Achigram fue un grupo de arquitectos que planteó arquitecturas y ciudades futuristas basadas en la cultura de masas. Aunque no dejó construcciones, sí inspiró al Movimiento Metabolista en Japón, que concretó proyectos como la Nakagin Capsul Tower, una torre de vivienda con cápsulas ensambladas para ser habitadas por varones solteros o usadas como oficinas.
Fui a comprar una lechuga. Suelo ir a una verdulería regenteada por unos jóvenes raros porque siempre hay gente muy exótica trabajando ahí.
En esta ocasión me atendió un muchacho con sendas ojeras y unos pantalones tan rotos que más bien parecía que vestía un liguero. Como se encontraba en un desnivel y era bastante más alto que yo, podía verle perfectamente, a través de los agujeros (y "agujeros" es un decir, porque apenas si quedaba algo de tela bajo la cintura), la zona de la entrepierna, los muslos delgado y velludos, el bulto del pene apretado en unos calzones negros raídos y medio testículo tratando de escaparse por el otro lado. Maravilla. Cuando me reciban así en el banco, entonces confiaré en ellos.
Han cerrado la verdulería de la gente rara. Ahora tendré que comprar en la verdulería de la gente normal. Y no solo eso: los de la verdulería se quedaban casi hasta la madrugada afuera de su local bebiendo, así que cuando yo volvía del cinedebate tarde por la noche caminando hacia mi casa, era un alivio pasar por el otro lado de la calle y ver un grupo animado de gente lo suficientemente extraña como para que no representara un peligro.
Tal vez abrirán en otro local (a esto se reduce hoy por hoy lo que me queda de esperanza en el mundo). Y en realidad yo no suelo ir a comprar las verduras, pero su solo existencia representaba un hito en mi cosmos.
No fue un diez, pero un muy buen anclaje a 15 metros (ya con mi propio arco).
Todavía me estoy adaptando a la técnica de arco desnudo (sin mira ni marcas para usar como referencia a la hora de apuntar), al libraje del nuevo arco y me ha costado bastante trabajo transitar de los 10 a los 15 metros, pero… con esta potencia sí ya puedo atravesar a un zombi. Siempre y cuando no se esté moviendo y tenga una cabeza grande.
Estaba pensando en ese argumento antifeminista de los neomachistas que es tan absurdo pero a la vez tan difícil de contestar de que “si las mujeres no quieren que se las sexualice/objetifique, por qué se sexualizan/objetifican ellas”.
Todos hemos tenido esa experiencia de que cuanto menos sentido tiene un argumento, más difícil es de rebatir. Y es que, en este caso, lo que lo hace especialmente complicado es que incluso encontramos feministas que caen en esta trampa argumental, formando una de esas alianzas incidentales y contradictorias.
Lo que unos y otras parece no entender (o fingen que no entienden) es que para no ser objetificadas o sexualizadas, no es necesario que las mujeres —como individuos o como colectividad— renuncien a su carnalidad, a la exploración de su cuerpo, de su erotismo, de su sexualidad en todos los ámbitos de la vida; porque contrariamente a lo que imponen los valores cristianos y monógamos, ni el erotismo ni la sexualidad se reducen a la esfera de lo privado y mucho menos al momento de la cópula.
La objetificación de las mujeres no se refiere a lo que hacen las mujeres con su cuerpo ni con su sexualidad, sino a la manera en que ciertos sistemas sociales convierten lo que hacen las mujeres con su cuerpo y su sexualidad en objeto de una serie de juicios que a su vez van a contribuir a definir la posición y el rol de la mujer en la sociedad y el cis/sistema. No es sexualizante que una mujer que baila reggaetón restriegue sus nalgas contra el pene de un varón, lo que es sexualizante es que a partir de ese hecho, que en sí mismo no significa nada, se elabore una narrativa sobre lo que esa mujer es, hace, lo que implica respecto al inmenso conjunto de las mujeres del mundo y cómo su comportamiento obedece al deseo del varón pero a la vez debe ser socialmente castigado a través de una forma de ostracismo leve, pero eficiente: llamarla puta.
Así, su deseo no puede ser nunca su deseo, ni la relación con su carnalidad obedecer a sus propios intereses. Se los considera siempre sujetos al otro, al varón, porque no podemos concebir aún un eros femenino libre de las estructuras sociales que lo interpretan, definen y sancionan (en ambos sentidos del término).
Voy a decir, sin preocuparme mucho por hacerlo a la ligera, que las estructuras patriarcales que someten de manera opresiva el eros de las mujeres y todas las personas interpretadas socialmente como mujeres, constituyen ellas (y no los actos de las mujeres) lo que denominamos tanto sexualización como objetificación. Estas se conforman, por lo menos, de: un entramado de normas sociales y prejuicios que sitúan a la mujer en una posición subordinada (en todos los sentidos, incluyendo el deseo) a la masculinidad hegemónica, las cuales sirven no solo para definir su situación social sino también las diferentes formas de punición que han de recibir si se apartan de la norma; un componente de clase que contribuye a estructurar un tercer factor, las expectativas sociales, de modo que el comportamiento de las mujeres y la manera en la que deben sujetarse a los modelos dominantes serán distintos según la clase social a la que pertenezcan, por lo que lo que se espera que sean y qué papel juegue su eros en sus relaciones públicas y privadas estará determinado por el entrecruce de estos dos factores; un factor económico no pecuniario que no tiene que ver con la riqueza privada, sino con la manera en que las mujeres (o el universo femenino) son capitalizadas según el modelo económico dominante. Esto es muy evidente sobre todo a partir del siglo XX, en que la publicidad utiliza la imagen de la mujer para vehicular el interés por el producto destinado al público masculino.
Obviamente las mujeres han aprendido a lo largo de la historia a jugar con estas condiciones para recuperar un poco del poder y la autonomía que les han sido arrebatados. Usar el sexo para obtener ciertos beneficios ha sido parte de esta reapropiación del sistema; un acto de sometimiento, sí, pero también de resistencia.
De este juego de factores surge (surgiría, podría surgir, se me ocurre) la sexualización la mujer, y a través de ella su objetificación, de ninguna manera de la elección de lo que las mujeres hacen con su corporalidad y la exploración de su deseo.
Sin embargo, no es fácil escapar al hecho de que esa exploración se da —con frecuencia obvia— dentro del sistema dominante de valores, y que por lo tanto no puede ser completamente independiente de él. Esto produce tensiones y contradicciones, sobre todo en lo que se refiere a la interpretación de sus actos y de la proyección de los mismos en la sociedad.
Para algunas feministas (creo que cada vez menos), el hecho de que muchas mujeres incluyan a los varones en su exploración del cuerpo y el erotismo es un signo en sí mismo de que este sigue sujeto al deseo del varón; pero es natural que el eros y el deseo se dirijan al otro, un otro cualquiera, y que en el caso de muchas mujeres heterosexuales o personas no binarias, ese otro sea un varón, que por un solo momento —a veces— se encarna en un cuerpo masculino presente en el aquí y el ahora aunque no se dirija a su individualidad concreta. El cuerpo del otro, en estos casos (digamos una pareja de baile en un momento dado) es un recurso para el juego erótico, no su destinatario.
No es lo que hace la mujer con su cuerpo o su sexualidad lo que objetifica a la mujer, sino la reducción, el empobrecimiento que produce un modelo interpretativo que surge del sistema dominante de valores.
Y es que los esquemas de dominación son siempre reduccionistas: la mujer sexualizada no es otra cosa que un instrumento para el deseo (de ahí que ni siquiera hoy concibamos a las prostitutas como agentes sociales además de como prostitutas), el negro es animal, el indígena es ingenuo, el homosexual es degenerado. Carecen de individualidad, de intereses, deseo o motivaciones propios. Por eso uno representa a todos y todos se subsumen en cada individuo; los prejuicio que se refieren a todos se atribuyen sin dificultad a cada uno. El “Not all men” de los neomachistas nunca se traduce en “Not all women”, “Not all Muslims”, “Not all blacks”, porque solo en el universo masculino cishetero patriarcal y colonialista existen los individuos.
Nadie niega la posibilidad de que los varones (tal cual definidos por el imperativo colonialista) sean seres sexuados y a la vez agentes sociales relevantes, que jueguen varios roles de manera simultánea. Para ellos no importa el comportamiento atroz de sus próceres porque, además, hicieron (fueron) otras cosas. No importa la violencia que ejercen algunos de sus congéneres contra las madres de sus hijos porque eso no les impediría ser buenos padres. Pero una prostituta, puede ella ser buena madre? Puede ser el negro ladrón, por lo demás, un buen ciudadano?
Cuando se acusa a las mujeres de sexualizarse a sí mismas (sea desde el neomachismo o desde un feminismo recalcitrante), se niega la posibilidad de que el disfrute del cuerpo y el erotismo signifiquen cualquier otra cosa, como si solo existiese una interpretación posible de sus actos y tuviésemos que atenernos a ella.
Me atrevería a decir que ninguna persona se sexualiza a sí misma porque nadie, en su fuero interno, escapa a su propia complejidad. Eso no quiere decir que no haya personas que no saben usar (y beneficiarse de) la sexualización que hace de ellas la sociedad.
Sexualiza el trabajo sexual, objetifica poner en el mercado el cuerpo? A riesgo de simplificar en exceso, creo que una vez más la respuesta está más bien en la interpretación del acto y cómo esta condiciona el comportamiento del consumidor y del resto de la sociedad.
En cuanto a las industrias, toda industria va a cosificar necesariamente a la persona porque esa es su naturaleza: convertir en producto cualesquier materia prima que transforme.
Lo cierto es que a lo largo de al menos los últimos 2500 años de historia, las sociedades occidentales u occidentalizadas (pero puede observarse un fenómeno similar en Japón al menos, para el caso asiático) han malabareado con nociones y categorías que les permitan lidiar con las contradicciones ideológicas que impone la moralización de la sexualidad y el cuerpo. Los sectores progresistas tampoco escapamos a ello: la división bastante artificiosa entre las categorías de lo “erótico” y lo “pornográfico”, que hacen que uno sea un buen consumo y el otro un mal consumo, son eso mismo.
Quien comercia con lo que encaja en la categoría de arte erótico recibe un pase moral que se le niega a quien participa de la producción de lo pornográfico. (Por supuesto, nada excusa la violencia de las industrias y las prácticas en uno y otro campos.) La prostituta sagrada, la hetaira, no es percibida e interpretada de la misma manera que la joven que en cualquier avenida cercana ejerce exactamente el mismo oficio por necesidad económica. La modelo de desnudo no se ve interpelada de la misma manera que la modelo de Instagram. Por qué las escenas de penetración en las vasijas griegas son exquisitas y las fotos de OnlyFans son degradantes?
Obviamente el esnobismo que distingue entre la alta cultura y la baja cultura juega aquí también un papel legitimador de las posicionamientos morales e ideológicas desde los cuales se articulan estas categorías que distinguen entre dos prácticas y objetos de consumo esencialmente idénticos. No basta decir que su significado es diferente, porque ese es, de hecho, el quid de la cuestión: los significamos de manera diferente. A las personas que acusan al David, de Miguel Ángel, de obscenidad les cuestionamos, precisamente, su capacidad de juicio. Que una fotografía en una revista porno gay con un joven en la misma pose nos parezca claramente pornográfica, es un buen ejemplo de cuánto estamos dispuestos a omitir en nuestra construcción de significado (no se me escapan los muchos hilos sueltos en esta argumentación, pero no me cabe duda de que al David también se lo habrán sabroseado bastante).
Para concluir: atribuible a un individuo la responsabilidad de sexualizarse u objetificarse a sí mismo (muy probablemente “sí misma”) no es otra cosa que otra forma cómoda de desplazar la responsabilidad de lo social al individuo, y, con frecuencia, de no confrontar la inercia desde la cual interpretamos sin interpelarla, la realidad. Por supuesto, no es necesario ni relevante que simpaticemos con los actos del otro, ni que nos neguemos la necesidad de construir crítica; no obstante, es relevante que toda crítica u oposición se construyan desde la consciencia de nuestros propios posibles sesgos para no confundir el análisis de un fenómeno con un juicio hacia las personas.
Parecería que la cosa con esa aparente contradicción entre negar la existencia de las personas transexuales y, al mismo tiempo, estar constantemente vigilando si lo que haces te hace más o menos mujer, más o menos varón, es que cuando el cistema dejó de tener el control de la narrativa y el poder de instrumentalizar el género como un mecanismo de represión, ya no le gustó tanto la posibilidad de que el género sea algo flexible.
Hace frío, así que la gata que me está adoptando está especialmente melosa; se me subió mientras me desnudaba para ponerme el pijama y su cono hace una especie de pantalla de censura sobre mi cuerpo.
“Cuando Erdosain salió, la Coja le envolvió en una mirada singular, mirada de abanico que corta con una oblicua el cuerpo de un hombre de pies a cabeza, recogiendo en tangente toda la geometría interior de su vida”.
Ayer tuve una muy buena racha tirando (mis flechas son las moradas) hasta que logré hacer mi primer centro completo a 10 metros, en la ÚLTIMA ronda. Hasta ahora me había quedado a máximo 5 de 6 flechas en el centro y por fin logré superar esa barrera. En términos de zombis, ya puedo disparales a los que se detengan a oler las flores. A diez metros o menos.