Es un riesgo que estoy dispuesto a tomar, Taylor —prosiguió con el tono de seriedad, arqueando en conjunto sus cejas, reprimiendo un par de risas que querían salir de su boca por la reacción que ella había tenido. En cambio, una vez que la vio colocarse frente a él, no hubo necesidad de reprimir su diversión pues ésta se había ido tan rápido como una corriente de aire. Frunció el ceño involuntariamente, sujetando las delicadas manos ajenas entre las suyas, pidiéndole con la mirada que terminara con aquél relato. Y, una vez que relacionó todo, no hizo falta que la castaña aclarara su estado—. ¿Qué? —preguntó en apenas un murmuro, mirando fijamente a los bellos ojos de su prometida en busca de algún indicio de broma en ellos, pero sabía que no podía estar bromeando, era algo bastante serio como para eso. Fue ahí cuando unas nubes llenas de pensamientos lo embriagaron, quedándose sin saber qué decir. Taylor estaba embarazada, estaba esperando un bebé que también era suyo. Una sonrisa fue formándose poco a poco en su rostro, acabando por ser una de las más grandes y radiantes que alguna vez hubiese esbozado—. ¿Es en serio? ¿Vamos a... a ser padres? —cuestionó, únicamente para confirmarlo una vez más, pero ni siquiera le brindó el tiempo de hacerlo. En un rápido movimiento, soltó sus manos para rodearla con sus brazos, abrazándola y alzándola unos cuantos centímetros del suelo—. ¡Debes de estar bromeando! No, aguarda, espero que no lo estés haciendo. Un bebé... ¡Un bebé, Tay! —añadió rápidamente con total emoción, depositándola de vuelta en el suelo.