No sé qué es lo que pasa por tu mente tras mis palabras, pero las lágrimas que bañan tus mejillas, me hieren. Trago saliva con fuerza porque no quiero que nada te duela. Y, aunque sonríes y yo también lo hago, siento mis lágrimas caer. Esas palabras tuyas me dan aliento, pero también me lo quitan silenciosamente. Me da miedo que me ames, pero no puedo negarte que lo hagas porque me niego a no amarte. -Quiero que te quedes conmigo siempre…
Te quedas en silencio y veo algo en tu mirada que no sé adivinar… Mi corazón se acelera porque de pronto tengo miedo, miedo a que no quieras estar a mi lado ahora que sabes que yo también me he enamorado de ti, pero cuando hablas, cuando me dices esas palabras, siento paz y una inmensa sensación de libertad… ¿Se puede ser más libre que nunca, en el momento en el que decides encadenarte a alguien? Yo creo que sí… O al menos así lo siento contigo, por eso sonrío sin dejar de llorar. -Y contigo voy a quedarme para siempre… -Digo apretando tus muñecas muy fuertemente sin dejar de mirarte a los ojos. -Aunque nos separen mil sesenta kilómetros, mi corazón estará siempre a un centímetro con seis milímetros de distancia del tuyo… -Digo y me muerdo el tembloroso labio inferior.
Tus palabras son a las mías como la salvación a una plegaria. Escuchándote, siento mis lágrimas resbalar por mis mejillas y me muerdo el labio inferior sintiendo la curva de una sonrisa en ellos. Tomo tu hermoso rostro entre mis manos y parece que es imposible que exista la distancia entre tú y yo ahora que estamos tan cerca. Y recuerdo las palabras de Constance como una tortura. -¿Sin miedo? -Pregunto mirándote a los ojos, alejándome unos milímetros de tu frente para poder verte.
Te veo llorar y siento que mi corazón se encoge, que se rompe ligeramente porque tú no deberías estar llorando… Me siento culpable de tus lágrimas por haber llorado yo primero, y cuando escucho tu pregunta viendo como te alejas ligeramente de culpable de tus lágrimas por haber llorado yo primero, y cuando escucho tu pregunta viendo como te alejas ligeramente de mí, sonrío y suelto tus muñecas para posar mis manos sobre el dorso de las tuyas, apretándolas suavemente contra mis mejillas, para que sientas mis lágrimas y yo sentir el calor de tus manos, para después llevar las mías hasta tu hermoso y angelical rostro, y llevarme con las yemas de mis pulgares todas las lágrimas que encuentro a mi paso. Sonrío. -¿Quien en este mundo ama con miedo? Solo un cobarde… -Respondo sonriendo. -Yo no te amaré con miedo nunca, yo te amaré con valor siempre.
Aprietas mis manos contra tus mejillas y puedo yo sentir tus lágrimas haciendo que tu piel suave resbale bajo mi piel. Tu sonrisa me besa sin tocarme los labios y yo sonrío cuando pones tus manos en mis mejillas llevándote con tus dedos todas mis lágrimas. Parece mentira que pueda romperse el miedo con una voz… Pero tu voz rompe todo mi miedo. Tu valor hace que te admire. Eso me hace ver que me amas y que estás dispuesta a cualquier cosa. -Entonces correremos el riesgo de amarnos juntos. -Digo llevándome las lágrimas de mis labios al humedecer estos. Nada hay ahora entre tú y yo que pueda hacernos vulnerables porque, mientras hay amor, cualquier guerra está ganada y yo estoy dispuesto a hacerme con todas las victorias. -Siempre… -Digo cerrando los ojos para volver a llevar mis labios a los tuyos.
Esas palabras que me dices, diciéndome que corremos el riesgo de amarnos juntos, me hacen sentir una profunda sensación de dicha, que desboca mi corazón y también mi respiración… Trago fuertemente saliva. -Siempre… -Respondo sonriendo y con mis manos sobre tus mejillas, cierro los ojos para volver a besarte, sintiendo que en tus labios está la libertad que llevo en mi nombre…
Es la segunda vez que te beso, y quiero perder la cuenta. Ahora nuestros labios tienen un gusto salado a causa de las lágrimas, pero en tus labios encuentro la misma calma, la misma victoria, el mismo paraíso, la misma libertad… Siento la necesidad de abrazarte para así poder guardarme los latidos de tu corazón para cuando no estés a mi lado. Aparto las manos de tus mejillas llevándome tus lágrimas en cada línea y te envuelvo entre mis brazos con fuerza y dulzura, con todas las ganas de atarte a mí para no dejarte ir.
Y mientras me estás besando me abrazas, llevándome contra ti, haciendo que yo pierda el torpe rumbo de nuestro beso, pero sonrío, contra tus labios y con los ojos cerrados, apartando mis manos de tus mejillas para rodear tu cintura con mis brazos. Y decido dejar ir dos palabras junto a mi aliento, dos palabras que jamás le he dicho a nadie que no tenga mi sangre, pero tú no eres alguien más, tú eres tú. -Te quiero… -Susurro contra tus labios, aún sonriendo y con los ojos cerrados.
Soy el culpable de la ruptura de nuestro beso, pero me siento bien cuando siento tu sonrisa contra mis labios haciendo brotar la mía. Entonces me rodeas, me abrazas como yo hago… Por vez primera… Y es maravilloso abrazar la libertad. Veo tu hermoso rostro, sonriendo con los ojos cerrados y esas dos palabras que se precipitan contra mis labios besándolos, me eriza la piel… Pero me llena de valor. -Te quiero…












