"In me burns the most catholic of longings: to devour the divine."
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@nicole-mestiza
"In me burns the most catholic of longings: to devour the divine."
Magnolia (1999)
dir. Paul Thomas Anderson
david avarez
Miro por la ventana, siempre que viajo tengo la misma sensación, como de estar escribiendo en mi mente. Se abre un diálogo interno que no puedo parar. Escudriño en el paisaje como si nunca hubiese visto cerros, pasto y carretera. Lo cierto es que esa imagen me parece nueva. Se reconfigura con la luz, muta con la memoria. ¿Cuántas veces se puede viajar en un mismo sentido y ver las cosas por primera vez?
En los viajes, la dirección no cambia. Siempre vamos en círculos. Ya estuve aquí. Ya estuve en esta cama y en otras. Ya he visto este paisaje, pero la luz de los sábados siempre se cuela de forma diferente. ¿Voy hacia adelante? nunca he visto los cerros tan verdes como en esa primavera. Sigo conversando, abriendo el diálogo. Después los escribo en mi libreta. ¿Te he dicho que tengo mala memoria? siempre lo digo, pero es falso. No tengo mala memoria, solo que en cada viaje mezclo las historias y cuando debería estar hablando del presente, recuerdo.
Hay un momento en los viajes, siempre cuando ocurren de noche, donde parezco más callada, pero en realidad estoy llena de diálogo, de palabras que van y vienen. Converso mirando las estrellas ¿yo me muevo o se mueven ellas?¿nos movemos?. En esos momentos siempre pienso que estoy lista para morir, no sé de dónde viene esa idea, pero lo creo. Si muero ahora, me muero en medio de una conversación, con la duda acerca de que si me estoy moviendo o no, y me parece atractivo, interesante, morirse con incerteza, con un final abierto. Con un diálogo pendiente. Si mi vida fuera una película, sin duda sería de esas donde al final te preguntarías “¿qué chucha fue esto?”. Y sí ¿qué chucha es la vida sino una película de finales abiertos?.
Miro por la ventana y escucho música. No quiero llegar, prefiero estar en el viaje, sentir que me muevo (y dudar), que avanzo (o que me devuelvo), que me muevo con las estrellas (o que ellas ya llevan ventaja), seguir en el viaje circular (iniciar y finalizar). Volver a descubrir que he visto la luz tocando el cerro muchas veces, he sentido la luz de los sábado colarse por las cortinas y siempre es diferente, pero en el viaje circular pienso que siempre vuelvo a esa luz y a la vez nunca llegaré en este viaje a estar ahí nuevamente. Tengo nostalgia por esa luz, tengo nostalgia por la memoria, por una memoria muerta con final abierto.
Un año
El vaho, la lluvia y la luz, lo que coincide.
La desnudez para abrazar los días más largos.
Perder el miedo a lo que me escinde, al desenfoque de los ciclos, a la nitidez del cambio.
Podría hablar de una casa, Escribir sobre ella. Sería una casa, con plantas, con sol.
Podría hablar del tiempo, De como retrocede y me encuentra. Podría, en el mejor de los casos, hablar de la casa retorciendo en el tiempo, encontrando la planta verde, el sol de la mañana.
Podría. Aparece, entre líneas. Y la casa, siendo casa, deja de ser ventana, puerta o lugar. El tiempo vuelve en sí mismo, pero avanza, las plantas se marchitan. El sol acaece, la noche se encuentra siendo, volviendo en su ciclo, oscurece la casa, mueren las plantas. Podría hablar de la casa, de lo tangible, pero lo cierto es que no existe ni casa, ni planta, ni tiempo o sol.
Te llevaste contigo todas las posibilidades de poder hablar sobre las cosas, y cuando digo casa, en realidad quiero hablar de cómo se sentía cuando hablaba de ti.
Te dejé entrar en mi paisaje que lo recorrieras y habitaras lo fuiste erosionando y dejando surcos de trayecto sin rumbo, sin un final definido. En la erosión se retrajo la vida. Pero la vida siempre gana y sin embargo, no hay vida ni ganancia en lo que se percibe con aparente trayecto, pero sin fin, sin un punto de llegada. Me perdí en mi propio paisaje. Tapé los surcos. Clausuré las vías. No hay llegada o invitación. Dejé de poner señales, para que la vida creciera en nuevas direcciones con puntos de llegada. Entraste en el paisaje y cuando saliste de él dejaste lo indeleble aquello que incluso borrándose, permanece. Donde la vida crece, en apariencia Lo que fue, como vida y en la vida, los surcos estériles, del paisaje que se agotó en su misma definición.
¿Y cuándo se volvió tan importante discutir sobre lo que debo o no tener? es acaso mi cuerpo un sitio de disputa por la capitalización del futuro? una buena inversión de mi vientre podría asegurar que la gente permanezca.
Con el paso de los años me resisto a mendigar amor, a acumular riqueza lastimera, a juntar recursos para cuando no exista el cariño. ¿Hipotecar la posibilidad de engendrar asegura que me quieran?
Esto se está acabando
Mi madre enfermó. A tu madre le extrajeron el útero. Nuestro erizo de tierra murió a los cuatro años, agonizante en nuestra cama mientras lo cuidábamos por dolores de cáncer. Íbamos a cumplir cinco años viviendo ahí. Te estabas terapeando. Nuestra conversación era el trabajo. Nuestro sexo escaso. Pensabas en otras. Ocultabas las fotos de otras mujeres en tu celular. No podía follar contigo sabiendo que no era yo quien te atraía. Me apoqué. Tu atención siempre en el teléfono. Dejamos de cocinar. Te reías solo estando con otros. Me opaqué y me quedé sin ganas de levantar de la cama. Estaba fría. Ya no me abrazabas al dormir. Enloquecía con las mentiras. Comencé a llorar cada noche. Salías y te emborrachabas cada vez más. Te comencé a recriminar. Eclipse total de sol. Hice rituales para reconectar contigo en el momento. Ni me pescaste, hablaste todo el rato con un hueón cualquiera. Seguías hablando del trabajo. Te pedí que me follaras. No quisiste. Me follaste por pena. Te quedaste mudo. Me enojaba sin motivo. Lloraba cada vez más. Te masturbabas dormido a mi lado, mientras yo hacía que dormía. Te fuiste un fin de semana. Volviste un día. Armaste tu maleta. No volviste más.
Reprogramar(se)
Aterrizamos en una tierra extraña. No sé cómo llegamos ahí. Una enorme tormenta se escuchaba afuera, llovía como en invierno, pero de esos cuando de verdad era invierno. Todavía estaba mareada. Intenté pararme, pero tenía las piernas debilitadas. A mi lado una chica, quizás unos 5 años mayor que yo, en sus manos apretaba una foto (hace mucho que no veía a alguien con una impresa). Se mueve y se queja, se reincorpora de a poco, no suelta la foto en un ningún momento. A mi otro lado, otra chica, esta quizás tiene mi misma edad, no puedo distinguir, no la veo claramente. Esta en sus manos agarra un papel, pero con total cuidado, se ve viejo, pero no maltratado. Abre sus ojos despacio, como quien despierta de un plácido sueño. Me pregunta si llegamos, le digo que todo indica que sí, le digo lo obvio “parece haber una tormenta, llueve mucho”. Me mira y me dice que así debe ser, asoma una leve sonrisa cuando me lo dice. La otra chica, no habla inmediatamente, le pregunto si está bien. Me contesta que no, pero ya se acostumbrará “al menos cuando todo esto termine podré estar bien”. Cuando pensé que sus manos no podrían apretar más la foto, sus dedos se pusieron rojos cuando dijo esa última frase.
Miré el asiento en el que venía. Cuando bajé la mirada me di cuenta que había un libro, uno antiguo por uso, se notaba por la cantidad de notas que se asomaban en el. No lo recordé en seguida, quizás por el viaje, no sé cuánto tiempo había pasado. Lo di vuelta y es como si mi mente se hubiese encendido en segundos. Ya lo recordaba. Es más recordaba cada pasaje y sabía qué indicaba cada nota. Te recordaba a ti.
De pronto la puerta se abrió de golpe. Entró una señora, de unos 70 años quizás. Venía vestida con los impermeables, su rostro cubierto con un casco y una botas largas como para saltar pozas de agua. Encendió las luces. Me dolieron los ojos. Se paró en el medio del pasillo y nos habló. Dijo con voz fuerte y clara que estaba a gusto por constatar que llegábamos vivas. Mencionó que el viaje había sido largo, tal vez unos “temporales”, traducido a tiempo de la tierra eso eran por lo menos 5 años. Nos contó que después de la reprogramación en la tierra muchas mujeres habían intentado llegar para limpiar sus mentes, pero muchas se arreprentían al final “mujeres débiles decía”. Yo no quería ser débil. Miré el libro. Luego nos dió instrucciones de las cosas que debíamos hacer durante nuestra estadía. Nos habló de la lluvia, nos dijo que el agua acá era un indicio de la salud mental, una forma de drenar, por eso llovía siempre, debíamos ser cuidadosas con mantener el ciclo. Las mujeres acá menstruaban siempre, era un bioindicador de que nos manteníamos libres. Nos entregó indumentaria ad hoc a las tres.
Descendimos. En cuanto puse los pies en el suelo sentí como mis pies se hundían. Acá una pesaba más, sobre todo si habíamos pasado más de 2 “temporales” en la tierra, guardando memorias. Un grupo de 10 mujeres nos recibieron, 6 de ellas por lo menos embarazadas de distintos meses, la anfitriona, quien notó mi mirada observadora se apresuró a aclarar “acá es muy común, son un bioindicador...” “de que se mantienen libres...” me adelanté en contestar” “así es, me dijo”. Quiero ser libre, pensé.
Nos dieron una habitación para las tres. Me quité la ropa de lluvia, acá dentro el clima era diametralmente opuesto al exterior. La chica del papel se sentó y me dijo, sin soltarlo en ningún momento “¿crees que podamos?”. No supe qué decir “por algo estamos acá ¿o no? no somos débiles ¿o si?”. La chica de la foto gritó desde su cama “¿no crees que es muy tarde para preguntarse eso?”. La chica del papel bajó la mirada y esta vez lo descomprimió de su pecho y lo miró fijamente, solo ahí noté que era una carta. Las palabras entintadas se colaban por el reverso, entre sus caras perfectamente dobladas. Pude notar como de sus ojos caía una lagrima. Justo en ese momento entró la anfitriona mirando el reloj que llevaba en su mano “tu!” apuntó a la chica de la carta “sal por favor”. Nos miramos sorprendidas con la chica de la fotografía. La chica-carta salió. No la volvimos a ver.
Apoyé la cabeza en la almohada. Mi cabeza daba vueltas, todavía me afectaba el viaje. Tantos temporales durmiendo, no sé si quería volver a cerrar los ojos tan pronto. Me puse de lado y miré la cama vacía de la chica-carta y, noté el papel con sus dobleces perfectos. Inspeccioné con la mirada la cama de la chica-foto, dormía profundamente. Me moría de curiosidad por saber quién era la chica y quizás leyendo ese trozo de papel podría conocer algo más de su historia. Me levanté lento, tomé la carta y me giré hacía el otro lado, me tapé con la sábana para que no se viera. Abrí el papel 3 veces y noté un texto de unas 15 líneas en el. Una letra apurada y dura, sin preocupación por mantener las horizontalidad perfecta, no como una carta de quien escribe detenidamente y dedicadamente. “No podré hacerlo. Pensé que podía, pero la verdad es que no puedo. Dejaré la ciudad mañana. Esto es lo mejor para los dos, es mejor cuando las cosas siguen caminos distintos, porque yo no me puedo hacer cargo...” mi lectura se interrumpió “quizás no deberías leer cosas las cosas que no son tuyas” la chica-foto intervino.”Tenía curiosidad” dije levemente. “Lo sé, pero a esta altura, saber te puede hacer débil. Yo lo comprendí cuando mi madre no quiso ser libre y se quedó en la tierra, no podía irse de donde había muerto mi padre, o sea, todavía seguía pensando en un hombre. Los hombres nos hacen débiles”. La chica-foto solo dijo eso y volvió a dormir. Tenía razón. Volví cada pliegue en su lugar, como quien devuelve una película y guardé la carta bajo mi almohada.
Al otro día, nos despertamos. Desayunamos en un salón repleto de mujeres preñadas. Sus hijes no crecían acá, tenían un campo de autoaprendizaje solo para elles. Traté de divisar a la chica-carta en algún lugar, pero no tuve suerte. La chica-foto se sentó a mi lado, se veía feliz, no se demoró en hablar “hoy vamos a la hoguera. Será un nuevo nacimiento. Ya no seremos débiles”. Mi piel se erizó y su frase “ya no seremos débiles” se repitió por lo menos 5 veces en mi mente. “¿Has visto a la chica-carta?” le pregunté “ya te lo dije, no te preocupes por ella. Yo noté su debilidad de inmediato, se le notaba en sus ojos”. Tenía razón, yo también lo había notado, pero le había dado el beneficio a la duda, pensando que quizás quería ser libre, trascender los recuerdos de la masculinidad, esos recuerdos que nos apegaban a las viejas estructuras. “Me había equivocado” pensé.
La anfitriona pasó por nuestro lado y nos habló “hoy es el gran día. Ya no serán más débiles. Solo deben traer su objeto de debilidad. La hoguera todo lo transmuta y serán mujeres nuevas, mujeres del nuevo mundo, mujeres solo para mujeres”. Mi piel se erizó de nuevo. En mi cabeza las páginas de mi libro pasaron rápidamente. “Se que tienen preguntas. Lo único que deben pensar es que esas preguntas ya no existirán y, lo más importante, solo deben concentrarse en que esas preguntas no generen dudas, porque las dudas crean recuerdos, los recuerdos nos arrastran y generan lágrimas que...” “nos mantienen prisioneras al viejo mundo” me adelanté, la anfitriona me miró y terminó “...exacto. La claridad de los pensamientos es que la conducirá a la libertad. Eso es algo que la tercera chica no supo comprender. Las espero cuando las estrellas estén en la cúspide”.
Entré al cuarto. Aproveché que la chica-foto no estaba. Saqué la carta que estaba debajo de mi almohada. Necesitaba saber. “...es importante que sepas que alguna vez te amé. Lamentablemente ya no, debes saber que conocí a alguien cuando estuvimos separados. La amo. El amor es así, no se controla, es cuestión de suerte. Te puedes quedar con todo lo que está en la casa, no me importa nada de eso. Después de todo, soy yo el que se va y nuestro hijo lo necesitará. Espero que puedas ser feliz. Siempre te recordaré con cariño”. La carta finalizaba con un la letra cada vez más inestable, pero con un punto final marcado. Mi estómago se contrajo. Sostuve la carta con fuerza. Apreté los dientes. “No quiero ser débil” pensé. Hoy se acaba todo e iniciará todo de nuevo.
En la tierra, las mujeres que se iban contaban como este viaje te daba la oportunidad de iniciarte de nuevo. Borrando todos los recuerdos que un hombre pudo haberte causado y que te hacía vivir en en el loop, el viejo mundo. Las primeras reprogramaciones no fueron muy buenas, porque las mentes nuevas y claras de las mujeres no eran compatibles con los recuerdos de las mujeres que habitaban en la tierra. El clima se fue haciendo cada vez más árido. Los científicos descubrieron que las mujeres podían alterar el clima con sus dolores y ciclos menstruales. La programaciones masculinas fueron cada vez más intensas y muchas se suicidaban para no tener que volver a sus loops de dolor. Luego, un grupo de mujeres advirtió que la respuesta no estaba en la tierra, debíamos surgir en otro lugar, otro planeta, alejado de toda presencia. La única condición: todas las mujeres debían reprogramarse completamente. Para eso, cada una debía quemar sus gatilladores de recuerdos en la hoguera. En ese planeta (en este), el fuego se creaba naturalmente, casi como una forma de canalizar la energía de las reprogramaciones, así que emergían del suelo en lugares de alta energía transmutada. Las anfitrionas eran las que conducían los ritos de reprogramación y notaban si estabas lista para habitar en el nuevo mundo. Todo finalizaba con el olvido, donde solo quedaba la vanguardia, la mente en blanco, lista para ser sincronizada con otras, para autofecundarse.
Con el paso de las estrellas, me iba volviendo cada más ansiosa, ya casi acercaban éstas a la cúspide, lo que pasaba cuando la lluvia se hacía menos intensa y la tormeta se calmaba, coincidía con que muchas mujeres se iban a descansar. Aproveché de salir, agarré el libro fuerte y dentro puse entre las páginas el objeto de la chica-carta. Si iba a transmutar, quería ese cambio para ella también. Me senté en un lugar alejado. ¿Hace cuánto que no leía las ojeadas páginas de ese libro?¿cuánto tiempo había pasado?. Las manos me sudaban. Me atreví a abrirlo. Primera página en blanco, pero la tinta se asomaba al reverso. Lentamente la volteé. “Para ti, con todo mi amor. Siempre estaré contigo. Feliz cumpleaños”. Mi estómago se contrajo. Había una chica-carta en mi. Era débil y recordé cada pasaje del libro donde los personajes de la historia se parecían a ti y a mi. Pasajes que me leías/dedicabas. Los recordé, te recordé. El libro fue el último que me diste, antes que te fueras. Leí cada una de las partes hasta casi enloquecer, hasta perderme en la programación. Mis loops volvieron. Cerré los ojos y el llanto explotó desde mis ojos, de ese que sale desde tu estómago, ese que sientes en cada poro de tu piel. Tan pronto me sentí las lágrimas en la cara, me vino un miedo terrible. Ellas sabrían en ese mismo instante que no soy apta y por lo tanto, soy desechable, no soy digna.
A lo lejos vi como la anfitriona y otras mujeres se dirigían a mi. Me paré y sin pensarlo corrí en el sentido opuesto a ellas. El cielo se comenzó a despejar, el suelo se comenzó a secar. Corrí sin parar, lo más rápido que pude. Con el libro en mis manos y la carta plegada de la chica-carta entre las páginas. Corríamos las dos. Y las páginas de mi libro se leían con la de su carta. Seguí un camino que ya estaba trazado en el suelo. Miré para atrás, las mujeres corrían detrás de mi, gritaban pero no las alcanzaba a escuchar. De pronto, al frente, una luz intensa, una color templado, rojizo. Supe que era la hoguera. No sabía qué pretendía. En mi mente repetía “eres débil, siempre lo fuiste. No eres digna de la reprogramación, de la libertad”. Vi las llamas levantándose furiosas y el calor ya lo podía percibir en mi cuerpo. “Cuando estés sola y leas esto, siempre piensa en mi, estaré ahí para ti...” los loops se hacían cada vez más intensos y repetitivos. Llegué a la hoguera corriendo. Era casi como un cráter de donde emanaba una luz hermosa incandescente. El calor me tocaba sin tocarme realmente, como los recuerdos que aparecían en mi cabeza. Era débil, más débil que nunca, pero con la claridad de que nunca había tenido. No quería ser débil, pero no quería perder mis recuerdos, ellos me habían traído hasta acá. Las lagrimas eran lo que tenía. La imposibilidad de quererme después de ti, me ataban al viejo mundo, pero en ese viejo mundo estaba unida a otras, como a la chica-carta y quizás, solo quizás, pensaba que no necesitábamos una reprogramación “nos podríamos haber leído”. Quizás a mi se me notaba en la cara también. Quería cambiar, quería transmutar, pero según mis términos, con mis recuerdos. Miré hacía atrás, la anfitriona y el resto de las mujeres se acercaban. El cielo casi despejado, las estrellas en la cúspides más brillantes que nunca, miraban la boca de la hoguera. El libro entre mis manos y la carta dentro. Lo apreté contra mi cuerpo y salté. “Recuerda, que este libro es tuyo y en esa historia, nos leeremos siempre” decías “Aunque no estemos juntos, estaremos”. Fin de la programación.
Nos juntamos, me gustas, pero no tanto. Te gusto, eso dices o eso intentas decir. Vamos a mi casa. Nos besamos, me intentai tocar el poto, ya se que viene. Te dejo, total no tenía nada mejor que hacer y es mejor que otra cosa.
Te beso, me entrego. Dejo que me metas los dedos. Lo haces pésimo. Finjo. Te gusta. Me saco la ropa. La tienes dura. Te saco la ropa y siento tu piel, me apego, me gusta sentirla con mis tetas, esa es la única hueá que me gusta. Me recuerda otros momentos. Solo quieres metermela, te dejo. Yo no estoy ahí.
Cierro los ojos, otra vez me caliento pensando en otro, no cualquiera. Te gusta. Jurai que tu lo causai. Eyaculas. No alcanzo a irme. Finjo otra vez.
Duermes a mi lado, tengo frío, te pido que me abraces pensando en otro, no cualquiera.
En la mañana te vistes. No quiero desayunar contigo. Me hago la hueona. Te vas, me preguntas si nos volveremos a ver. Te digo “ahí veremos”, se me nota que no quiero y filo, nunca puedo fingir esa hueá.
Vuelvo a la cama. Desayuno sola. Pongo una serie pa reirme. Me da risa, pero finjo. Miro para al lado y me acuerdo de otro. Nunca es cualquiera.
Tratamiento
Volví a escribir, a esta altura es un indicador de lo mal que me siento. Un o una terapeuta diría que está bien porque se exteriorizan lo sentimientos, de verme y entender. A mi me parece una forma de que te digan “bacán, así no molestas a nadie más que a ti mismo con tu hueás”.
Ctrl+X
¿Crees que los recuerdos se puedan reemplazar? Me acuerdo de una vez, mi primer recuerdo: mi abuelo muerto sobre su cama, una biblia en su pecho, su cuerpo enorme, nunca lo había visto tan grande, tan inmóvil como una roca en un bosque. ¿Crees que lo pueda reemplazar? Último recuerdo: tu, sacando tus cosas, yo separando los libros entre lágrimas aguantando las ganas de decirte que te quedaras, solo un poco más o quizás para siempre. ¿Crees que se puedan reemplazar?
Primer recuerdo: Mi abuelo despertando, sonriendo al borde de su cama, la biblia abierta, sus piernas moviéndose ligeramente y preparándose para que juguemos una vez más. ¿A caso se puede? Último recuerdo: te quedaste.
Alternativa al olvido
Busco terapias alternativas.
Busco alternativas a las terapias.
Te busco en los diagnósticos.
Los diagnósticos te persiguen.
Sostengo algunos recuerdos de ti.
Me sostienes solo en los recuerdos.
No tengo fuerzas.
La fuerza me ha hecho notar qué no tengo.
Por las noches me enfrió y te recuerdo.
El recuerdo anochece cuando olvido.
Escribo siempre cuando no soy capaz de entenderme o callar mi cabeza. Escribo ruidosamente para que alguien oiga mis pensamientos. Escribo para estar menos sola, para acompañar mis entendimientos y que en el silencio de mis palabras se escape el murmullo de tu lectura.
Un dieciocho cualquiera
18 de agosto: cumplíamos 11 años. Me pateaste definitivamente un día antes. Se veía venir. Dicen que la frase "necesito un tiempo" es una forma de decir "quiero salir corriendo, sin herirte (tanto), no sé cómo hacerlo. Esto se acabó". Hace 11 años me escribas en un papel "sí"... supe que querías estar conmigo. Fin.
18 de octubre: "Chile despertó" como quien abre los ojos luego de una pesadilla. Se veía venir. Las enfermedades mentales son una forma de sublimar aquellas cosas que callamos y en Chile el silencio y guardar palabra era pan de cada día. Se inició la revuelta un día específico, así como cuando te lo cuentan en los libros de historia y se acaba una unidad. Fin.
18 de marzo: entro en confinamiento, como casi la totalidad de la población en Santiago, a causa del Coronavirus. Encierro. Pandemia. Se veía venir, karma natural o control poblacional calculado, elije o toma parte por alguna, pero ambas situaciones las escribimos antes. Fin.
Pandemia a nueve meses de nuestro fin, el fin de un país a tres meses de poner punto final a una historia, cinco meses desde el fin de treinta años y el fin de la vida a nueve meses de el inicio del fin.
Un 18 cualquiera podríamos pensar o quizás se veía venir.
Hace días que no te veo. Que no hablamos. Tengo miedo de perder los detalles de tu rostro, de ver tus imperfecciones en la piel, de sentirte perfectamente.
Siento un vértigo terrible. Ayer me escribiste para contarme que también estás cayendo. Te contesté que no me buscaras para decirme eso, porque apenas puedo conmigo y en esta separación solo debo (ahora) velar por mi. Te distanciaste aún más, te ofendiste, no te culpo, pero ya me quedé sin mecanismos de defensas para poder protegerme y ahora quedé al desnudo, sin una muralla que me pueda distanciar de lo que quiero y lo que fue. Te amo todavía ¿Te podré dejar de amar? Necesito un abrazo. Despierta conmigo. Tócame en la madrugada y pon tus manos calientes en mis muslos fríos. Dime que todo esto fue un mal sueño. Que la vida es ahora y que podemos continuar escribiéndola juntos.
Necesito abrir los ojos y verte. Es tarde, no hay nadie. Lloro aquí y allá, donde nadie me vea, para que no me veas. Subo el volumen "El amor es simple y a las cosas simples se las debora el tiempo". Lloro una vez más. Vuelve que me caigo a pedazos, apenas puedo conmigo, pero menos puedo sin ti.