Se regalan polillas recién nacidas*
Y es como todo lo extraordinario.
Tenemos la fortuna, el privilegio, el poder.
Pero no nos damos cuenta.
Le confundimos con tonterías, con caprichos, a veces con inmadurez.
Ese día de Marzo yo la vi moverse con esos movimientos ondulares hacia delante y hacia atrás que hacemos a veces cuando copulamos, con un ritmo continuo, enérgico, pero también medido.
Estaba desovando.
Descubrí con emoción que estaba desovando. En el sofá.
La miré fascinada un largo rato, me acerqué un poco más desde otro ángulo y después imaginé que si yo estuviera poniendo huevos querría privacidad.
La dejé.
Volví en las siguientes 4 horas y vi cómo el área de huevos se había expandido alrededor de 7 veces el tamaño del área original.
Y no sé si es porque la vida es magnífica o porque yo hice algo en el pasado tan bueno que merece que en mi cotidiano haya sucesos como éstos, pero la vi terminar. Vi como terminaba de poner los huevos y se iba, volando un poco desorientada hacia el pasillo. La toqué. Tan suave como pude le acaricié el lomo peludo y le dije que descansara. Voló un poco más y dejó ver un rojo vibrante que también le teñía las alas. La vi.
Cuál sería la probabilidad de que yo estuviera justo ahí en el momento en que ella decide dar por terminada su labor y volar? No sé, pero yo estaba ahí, presente.
Y la dejé posada en un rincón, resguardada.
Al día siguiente ella no estaba y los huevos seguían ahí.
Observé con detención cómo eran esas minúsculas pelotas brillantes.
Confieso que no tenía fe.
Juzgué a la madre pensando que tal vez todo lo que pasa en el mundo y su hábitat la confundió y pensó que este sofá era un lugar seguro para dejar su descendencia, pero que probablemente ella moriría y esos huevos también.
Seguí observando en el correr de los días esa mancha de huevos de polilla en el sofá.
Parecían siempre igual.
Y un día miré con asombro cómo habían cambiado de color.
Me estaba dando asco, pero mi asombro y la idea de estar presenciando algo tan natural eran mucho mayores.
En un par de días después del cambio de color observé otra vez con asombro y curiosidad y asco y amor, que muchísimas larvas se estaban moviendo en el sofá, siempre en el área de la mancha de huevos.
Al día siguiente las larvas empezaron a explorar y a esparcirse por el respaldo del sofá.
Querían comida y no supe qué darles.
Y es como todo lo extraordinario.
Tenemos la fortuna, el privilegio, el poder.
Pero no nos damos cuenta.















