A veces me quejo de que mi familia nunca me enseñó a limpiar un inodoro, pero peor es no enseñarle a los pies a pisar sin suela, o a la piel a no temblar sin abrigo.
Me saco una zapatilla que apoyo en el banco de cemento más cercano y hago equilibrio con el cuerpo para no caerme, sostenida sobre el pasto por el pie calzado. Mido los pasos que faltan para llegar a la cama elástica y me maldigo por no sacarme las zapatillas más cerca de mi objetivo. Es que la vi y la mente se me fue a la infancia y me descalcé. Estoy ahí parada y me doy cuenta de que son siete los pasos y una tortura de posibilidades sensoriales en la planta del pie lo que me falta para llegar. Tengo costras, pero en los talones, y no voy a caminar de talones hasta ahí, a riesgo de hacer el ridículo. Pienso en la inhabilidad que desarrollaron para adaptarse a la naturaleza.
El derecho, quizás, tuvo otras experiencias.
Como el día en que se me rompió la ojota de ese pie saliendo de la línea B del subte y lo hice pisar el porcelanato frío, los bordes metálicos de las escaleras que cortaban un poco, la vereda de granito, un chicle duro en el asfalto caliente y la goma del piso del ascensor. Desde ese día el derecho pisa el pasto más seguro y es el que elijo ahora para los pasos impares: 1, 3, 5 y por fin, 7.
Decido apoyar de lleno, voy con toda la planta a sentir las mil agujas que se me clavan en los pies de departamento. Pienso en que si fueran las manos las que agarraran ese pasto, tocaran esa tierra o acariciaran esas rosetas no sería tan terrible. Porque no recubrí toda la vida a las manos con planchas de cuero para que no se rompan, ni las llené de polvos para que no transpiren.
No preparé los pies para sentir el mundo.













