Algunos domingos creo escuchar tu voz.
Despertándome, hablándome suave y con delicadeza.
Algunos domingos se me hela la sangre sintiendo esos abrazos que duraban horas durmiendo una siesta en el sillón.
Y es que los domingos eran nuestros días.
Los tuvimos después de tanto esperarlos, y los vivimos todos disfrutándolos como si fuese el primer domingo juntos.
Y es que esas charlas sin tiempo y sin apuros, las meriendas improvisadas en casa o en un cafecito al sol, las escapadas al rio en verano, las visitas a la familia... todo , todo eso de los domingos.
Las marcas por excelencia de el mejor tiempo compartido.
Y esos domingos nublados cuando apenas solo salíamos de la cama, sabiendo que todo nuestro mundo estaba a salvo, ahí... juntos.
Los domingos tenían un brillo distinto. Vos los hacías distintos.
Hoy los domingos son largos, pero no eternos como antes. Hoy suenan vacíos, aunque a veces, entre el silencio, todavía creo escucharte, y te extraño de una manera casi inconsolable.
Cómo se sigue un domingo sin vos? ¿Cómo invento otros rituales? ¿Cuántos domingos me quedan repitiéndote en silencio, avivando cada palabra? Acaso ahora todos mis domingos vivirán llenos de tu recuerdo?
CosmosNea


















