Han pasado cinco inviernos
desde la última vez que escuché tu voz.
Y aún así, hay días en que tu recuerdo aparece
con una nitidez que asusta, como si hubieras
estado aquí hace apenas unos días.
No he dejado de extrañarte...
Te pienso en las madrugadas,
cuando el mundo se calla y las palabras
que solíamos compartir regresan,
una a una, como si buscaran
cobijo en mi memoria.
Aquellos textos, nuestras poesías cruzadas,
los suspiros escritos en blogs que leían otros
pero que sólo tú y yo entendíamos…
todo eso sigue vivo en mí.
Éramos dos almas que se reconocían en palabras.
llamadas a destiempo, risas que rompían la pantalla,
silencios cómodos que decían más que mil frases.
A veces cierro los ojos y vuelvo ahí,
a ese espacio invisible que construimos juntos,
donde la distancia no existía si había letras de por medio.
No sé en qué punto la vida nos llevó por caminos distintos.
Tal vez el tiempo, tal vez el ruido del mundo, o tal vez fuimos nosotros, dejándonos caer en el silencio sin saber cómo volver.
Pero nunca he dejado de guardar
ese rincón tuyo que se quedó conmigo,
intacto.
Hoy te escribo sin esperar nada,
sólo con el deseo profundo de que estés bien,
y con la esperanza de que al leer esto,
algo en ti recuerde también.
Si en algún rincón de tu alma queda
aún un verso sin terminar,
uno que comenzamos juntos, aquí sigo…
por si algún día quieres terminarlo a mi lado.
Con la misma ternura de antes,