La lluvia ya no me asusta. Hubo un tiempo en el que una tormenta me rompía, me dejaba temblando, me obligaba a buscar refugio en cualquier lugar que pareciera abrazo. Pero después entendí algo: lo que más miedo me daba no era el agua cayendo era descubrir cuánto dolor podía aguantar.
Llovió tanto sobre mí, tantas veces, de tantas formas, que un día dejé de ser tierra seca esperando saciedad. Me convertí en mar.
Y el mar no le teme a la lluvia. La recibe. La reconoce. La deja caer sin sentirse menos, sin desbordarse por sorpresa, sin creer que una tormenta puede destruir lo que lleva siglos aprendiendo a resistir.
Hay ausencias que no te vacían y hay despedidas que no te hunden: te enseñan profundidad.
Yo ya fui naufragio, fui orilla rota, fui marea arrasando contra mis propios límites. Ya me ahogué en silencios, en promesas mal hechas, en expectativas que armé sola. Ya conocí el fondo. Y volver del fondo te cambia para siempre.
Por eso hoy, cuando la vida amenaza con otra tormenta, no corro. No me escondo. No suplico que pare.
Porque sé quién soy cuando todo se pone gris. Sé cuánto dolor cabe en mi pecho sin quebrarme. Sé que aprendí a respirar incluso bajo el agua.
¿Qué daño va a hacerme la lluvia, si ya me convertí en un mar? Que llueva. Yo ya no le temo al cielo cuando aprendí a sobrevivir en mi propia profundidad.
Fer









