La razón y el corazón
—¿A quién escucho?
La razón se adelantó.
—A mí.
El corazón soltó una risa cansada.
—Qué raro. Siempre llegas primero cuando ya pasó el incendio.
—Porque alguien tiene que contar las ruinas.
—Yo también las he contado.
—Tú las has besado.
Silencio.
Y por un momento ninguno supo qué decir.
La razón tenía una lista interminable de argumentos: las veces que dolió, las palabras que llegaron tarde, las promesas que se quedaron sin cumplir, las noches en que tuve que aprender a abrazarme a mí misma porque el otro no estaba.
—¿No recuerdas todo aquello? —preguntó.
—Lo recuerdo.
—Entonces, ¿por qué sigues queriendo?
El corazón tardó en responder.
—Porque recordar el incendio no significa que tenga que odiar el fuego.
La razón negó con la cabeza.
—Eso es exactamente lo que te vuelve peligrosa.
—Y a ti exactamente lo que te vuelve cobarde.
La razón se quedó quieta.
—Yo intento protegerte.
—Lo sé.
—Quiero evitarte otra herida.
—También lo sé.
—Entonces hazme caso.
El corazón bajó la mirada.
—No confundas protegerme con encerrarme.
Aquello dolió.
Porque era verdad.
La razón había aprendido a construir murallas con todo aquello que alguna vez había dolido. Había convertido cada decepción en una regla, cada despedida en una advertencia, cada ausencia en una sentencia.
El corazón, en cambio, seguía siendo ese animal absurdo que, después de conocer la trampa, todavía olfateaba la mano que se acercaba.
—No quiero volver a donde me rompieron —dije al fin—. Pero tampoco quiero pasarme la vida huyendo de todos los lugares que se parecen un poco a aquel.
La razón respiró hondo.
—¿Y si vuelve a doler?
—Entonces dolerá.
—¿Así de sencillo?
—No. Así de humano.
La razón guardó silencio.
Después preguntó:
—¿Y si no funciona?
El corazón sonrió apenas.
—Entonces no habrá funcionado.
—Qué respuesta tan poco inteligente.
—Quizá. Pero hay cosas que no se pueden vivir con una calculadora en la mano.
La razón me miró durante un largo rato.
—Prométeme algo.
—¿Qué?
—Que esta vez no vas a abandonarte por quedarte con alguien.
El corazón dejó de sonreír.
—Eso sí puedo prometerlo.
—¿Y si tienes que irte?
—Me iré.
—¿Y si tienes que quedarte?
—Me quedaré.
—¿Y si no sabes qué hacer?
El corazón miró hacia adelante.
—Entonces caminaremos despacio.
La razón extendió la mano.
El corazón la tomó.
No porque hubieran llegado a un acuerdo.
Sino porque, por primera vez, habían entendido algo:
no se trataba de elegir entre uno y otro.
La razón necesitaba al corazón para recordar por qué valía la pena vivir.
Y el corazón necesitaba a la razón para no volver a confundirse con aquello que lo destruía.
Quizá llega un momento en la vida en que ya no necesito decidir quién tiene la razón. Solo aprender a escuchar todas las voces que habitan dentro de mí.
Porque amar no siempre es regresar.
A veces es quedarse.
A veces es irse.
A veces es perdonar.
Y otras veces, aunque duela, es cerrar la puerta sin convertir el amor que hubo en una mentira.
Pero si alguna vez vuelvo a abrirla…
que no sea porque olvidé lo que me hizo daño.
Que sea porque, después de recordarlo todo,
todavía encuentro una razón para no tenerle miedo a la vida.
—Hazel C








