Hace tiempo soñé que me daba muerte y me enterraba en el patio de mi casa. No fue un gesto heroico ni desesperado, sino algo silencioso, casi necesario. Ocurrió en los días en que descubrí los nudes de Galina en la laptop de Mikhail. Desde entonces, la idea de la muerte dejó de ser ajena. Empezó a acompañarme como una sombra obediente, como una solución torpe pero disponible. Pensé, con una calma que hoy me espanta, que si desaparecía les dejaría un dolor que no sabrían nombrar. Sería tarde para explicaciones.
Al principio fue un sueño opresivo. Estaba inmóvil, atrapada en mi propio cuerpo, y al mismo tiempo me observaba desde afuera mientras me quitaba el aire. No había sangre, no había ruido. Después dejó de ser solo un sueño. La imagen volvió una y otra vez, infiltrándose en los días, sentándose conmigo en la mesa. Mientras los hechos se acumulaban y la desconfianza fermentaba, cada gesto suyo se volvía una herida más. La rabia me tomaba el cuerpo con una lucidez enfermiza. Llamadas, mensajes, palabras arrojadas como restos. Del otro lado solo había cansancio. Y una palabra que se quedó a vivir en mi cabeza como un animal muerto: enferma.
Con el tiempo comprendí que él no iba a cambiar. Entonces pensé que debía hacerlo yo. Volverme aceptable, deseable, ligera. Para eso había que hacer algo previo. Había que eliminar a la que era. Enterrar esa versión excesiva, hambrienta, incómoda. La idea creció despacio, como crecen las cosas que no se discuten. Empecé a fragmentarme. A mirarme desde afuera. A ensayar otra piel.
El asesinato ocurrió en octubre, cuando la última humillación terminó de cerrarse como una tapa. Antonella, otra presencia negada, me dejó sin suelo. Las mentiras se superpusieron unas sobre otras hasta volverse irrelevantes. Ya no importaba si había pasado algo o no. Yo ya no podía creer. Otra vez la bifurcación. Quedarme o irme. No supe irme. Me dije que no podía. Que no era suficiente. Entonces decidí desaparecer de otro modo.
Recuerdo un viaje en auto, dormitando. Soñé con una mujer antigua al costado de la ruta, una antepasada sin nombre, sosteniendo a un niño. Me miraba con una tristeza seca, como si esperara algo de mí que no estaba ocurriendo.
Esas semanas fueron extrañas. No recuerdo llanto, recuerdo vergüenza. Me veía frente al espejo y detrás de mí estaba la otra, apuntándome a la cabeza. El disparo se repetía. Una y otra vez. Bailé sobre la sangre con canciones alegres y crueles. Arrastré el cuerpo por el jardín. Lo enterré. Siempre había una niña mirando. Nunca intervenía. Solo estaba.
En algún momento dejé de matarme. Tal vez cuando ya no quedó nada más que ocultar bajo la tierra. Al principio la nueva forma de vivir era rígida, vigilada. Después se volvió automática.
Y ahora la veo volver. Sale de la tierra húmeda, lenta, mal formada. No viene por mí. Viene por el mundo. Es lo que no sané. Lo que se dejó pudrir. Me produce rechazo porque me recuerda todo lo que intenté borrar.
No sé cómo eliminarla otra vez. Presiento que hacerlo sería eliminarme por completo. Se acerca a la ventana mientras las tormentas de verano sacuden el aire. La niña está a mi lado. El olor es lo peor. No es miedo, es asco. Es el olor de lo que no fue atendido.
Las larvas se multiplican. Aparecen en los rincones, en las grietas. Algunas ya despertaron. Otras esperan. La casa se llena de moscas.
Me siento como un perro rabioso. Cuando era pequeña, el enojo me aterraba, veía la encarnación de la violencia y el ímpetu en los ojos de mi madre, en su rostro desfigurado, en su forma de ser tan explosiva. Le he temido por tanto tiempo a esa emoción que jamás me permití sentirla, porque en mi mente eso me hacía mala, iracunda, poco agraciada, poco decente, poco deseable, una pecadora.
La rabia me ha despertado de ese estupor en el que vivía, me ha abierto los ojos a la verdad, le ha quitado el velo a la ilusión que me retuvo por años en los brazos de una persona que no merecía mi devoción ni mi entrega: un ser tibio y neutral. Como mostró Dante en su obra literaria, el primer anillo del infierno se reserva para los indiferentes. He sido tibia por demasiado tiempo, he intentado sosegarme cuantiosas veces para no generar un conflicto, ¿y qué he ganado? Solo el peso de los años, limites empujados hasta el hartazgo, faltas de respeto.
Vuelvo a la música que me acogió en mi adolescencia, me pregunto qué fue de esa chiquilla más cercana a la rebeldía, que anhelaba revoluciones y tenía mucho más claro cuáles eran sus límites. Solo me hizo falta un acto minúsculo de su poca consideración sobre mi dolor y una herida abierta que jamás cerro para destapar esta olla a presión que ha juntado demasiada mierda. Actué impulsivamente y, por primera vez, no permito que la culpa corroa cada una de mis acciones, como siempre lo hizo.
No se puede volver al mismo lugar porque lo he incendiado, lo hice caer. No puedo tolerar otra falta de respeto ni otra humillación. Me siento tan vulgarmente usada que me avergüenza haber soportado este dolor y esta carga que llevé sobre mis hombros, cuando, en realidad, era él quien debía cargar con ellos. Cargué con su pecado y sus acciones como si fueran mías, limpié su nombre para volverlo deseable ante los ojos ajenos. Lo ayudé a crecer, contribuí a que fuera quien es, y, a cambio, me olvidé de mí, me olvidé de esta rabia antigua que me movía los huesos y me impulsaba buscar un horizonte mejor, un lugar donde sentirme valorada y elegida.
¿Quién desea volver con aquel que nos humilló? Solo alguien que aún no acumuló suficiente dolor para dejar que la rabia lo proteja.
Ya no puedo seguir llamando neutral a algo que nunca lo fue. En lo que compartimos no hay equilibrio posible. Sus palabras siempre regresan al deseo, a una insistencia tibia y constante. Las mías, torpes y cuidadosas, intentan apartarse, como si pudiera resguardarme bajo un árbol frágil mientras la tormenta lo sacude sin piedad. Me digo que estoy a salvo, pero igual termino empapada. Igual siento el aire frío rozándome, levantándome la falda y recordándome que no existe refugio real.
Negar el deseo sería una forma inútil de mentirme. Tengo cuerpo. Siento placer. Pero en mí no hay compartimentos estancos. No sé desear sin involucrarme. Lo digo otra vez, casi como una confesión que ya no consuela. Ver el problema con claridad y no hacer nada es otra manera de quedarme atrapada, de insistir en una victimización silenciosa que conozco demasiado bien. Hay que cortar de raíz. Aunque duela. Aunque se parezca demasiado a una ruptura.
Cuatro días. Solo eso. Me concedo estos últimos cuatro días e intentaré habitarlos a mi modo, con una calma fingida. Sé que para él todo será brusco, incluso incomprensible. Pero abrirme emocionalmente sería inútil. Decir lo que siento sería gastar pólvora en chimangos. No me va a leer. No me va a escuchar. No le importará. Y no somos nada. No hay derecho al reclamo.
Esta añoranza es rara. No es tristeza ni nostalgia. Pensar en irme no me quiebra. Lo que duele es lo definitivo. Saber que no hay retorno. Que borrarme de su vida es aceptar que no existe marcha atrás. Sus me gustas desaparecerán de mis fotos. Yo dejaré de verlo. Él dejará de verme. Lo irrevocable pesa. Siempre pesa. Una parte de mí desearía que nada terminara nunca. Pero las cosas se terminan. Y a veces ese final es la única forma de crecer. No puedo seguir acá. Me conozco. Sé lo débil que soy frente a él.
Tengo que repetirme que voy a estar bien. Que esto no es un peligro real. Que nada terrible va a pasar. Solo voy a perder a alguien que no me da nada. Y que siempre será así si lo dejo quedarse. Dios, dame la fuerza que ahora no tengo. Y recordadme, cuando flaquee, por qué estoy haciendo esto.
En la esquina de Luzuriaga y Tirasso hay siempre un hombre fumando. Es alto, flaco, canoso. Debe rondar los cincuenta y tantos. Lo encuentro casi a diario en el regreso a casa, como si estuviera fijado al lugar. Lo he visto fumar bajo el sol espeso, bajo la lluvia, en el frío que corta la cara. Pienso que debe consumir dos atados por día, tal vez más. A veces una leve sonrisa le cruza el rostro, como si nada le debiera ya a nadie.
La última vez pensé que quizá así podría verse la vejez de ese extranjero, si existiera algo así como una vejez para él. Qué gesto tan torpe el mío, buscarlo en cuerpos ajenos, proyectarlo en hombres que no conozco. No lo conozco a él tampoco, y aun así lo persigo en lo familiar, en lo visible, en lo que pasa.
He pensado mucho en el deseo y en cómo lo confundo con el goce. No sé desear sin un vínculo que lo justifique. Durante años creí que mi valor se medía en la forma en que otros accedían a mi cuerpo, en cuánto costaba alcanzarlo. Entregarme con facilidad lo volvía inútil, sin peso, ante mis propios ojos y ante los de los demás. Con el rumano fue casi lo mismo, solo que con él me permití ser aquello que no podía ser frente a otros. No nos conocíamos, me decía, no tenía por qué importarme su mirada. Pero mi mente es traicionera. Donde hubo deseo apareció la exigencia de algo más. Necesité llenar el hueco con emoción, con atención, con la validación de un hombre bello que supiera mirarme.
Cómo pretender un vínculo con alguien que nunca lo buscó. Yo tampoco lo quería, o al menos eso creía. Quería ser dueña de mi cuerpo y de mi placer. Pude haberlo sido. Pude haber gozado sin cadenas y elegí atarme. Siempre me ato. Me entrego entera, como si la libertad me resultara imposible. La deseo, pero la saboteo con mi forma de amar.
En arrebatos de deseo vuelvo a imaginar los escenarios que no me permití cuando él me buscaba. Regresan sus palabras cargadas, esa manera de decir que no pedía permiso. Sé, con una certeza que me incomoda, que me entregaría por completo al placer si apenas apoyara un dedo sobre mi piel. Me abandono en la idea de sus besos, en la respiración agitada que imagino tan cerca. Repito una y otra vez, con una fidelidad casi enfermiza, las escenas que alguna vez me relató. Ese video que le pedí sin pudor vive gratis en mi cabeza, se reproduce solo, sin descanso, como una prueba de algo que no fue y sin embargo insiste. Hay suciedad en ese pensamiento, pero también poder. Saber que podría manejarlo si quisiera me deja esa sensación amarga y excitante a la vez, como si el dominio y la vergüenza compartieran el mismo pulso.
Y sin embargo me descubro queriéndolo, anhelando su amor con una torpeza infantil. Como si desear no bastara. Como si la figura de la mujer disponible no encajara con esta versión mía pulida, correcta, admirable. Quiero ser intocable y deseada al mismo tiempo. Quiero que me anhelen desde el cuerpo y desde el alma. Y en esa contradicción me quedo, quieta, fumando la escena desde la vereda opuesta, como el hombre de la esquina, sosteniendo el hábito aunque ya no calme nada.
Me deslizo con una inercia ajena por tu ventana, ahora abierta sin pudor, como si nada pudiera mancharla. No siento emoción. Tal vez porque veo pasar a las mujeres por tu habitación con la naturalidad de lo que no se queda. Cuerpos armados, perfectos, abundantes, rostros que no me pertenecen ni me convocan.
Yo permanezco abajo, con los pies firmes y el interior blando, con un rostro común, de esos que se pierden en la calle. Nunca fui llamativa. Hubo tiempos en los que esa invisibilidad me dio descanso. Tú miras hacia afuera y abres la ventana solo cuando estás solo, cuando ellas ya no están o no te han elegido. Me llamas entonces, con una desgana suave, como si entrar fuera un trámite más. Ya he cruzado antes ese umbral, pero ahora es esa pereza tuya la que me clava al suelo.
Conozco tu cama, los estantes, las repisas que alguna vez exploramos en noches largas. Creí que con el tiempo conocería algo más de tu casa y, en consecuencia, algo más de ti. Abrí alacenas esperando encontrar alimento y solo hallé cervezas, cigarrillos, restos. Las cerré con cuidado, como quien no quiere aceptar que no hay nada más.
Volviste a llamarme y salí un momento de mi sopor. Pero mis piernas no respondieron. El cuerpo está cansado. Yo también. Incluso el corazón. Vi el poema que te escribí abandonado sobre el alfeizar, sin haber sido leído. Las tormentas de verano lo empaparon, pero en tu habitación sigue siendo invierno. No lo entraste. Mientras tanto, tus flores se secan en mi ventana porque yo sí intento conservar lo que se marchita.
Eres un hombre más. Lo sé ahora con una claridad que no grita. No puedo subir otra vez a tu habitación. Mi corazón está roto y tú no recogerías sus restos. Hubo demasiadas mentiras, demasiada ternura desperdiciada en alguien que no sabe amar. Nunca quisiste ser aquello que yo buscaba.
Despego finalmente los pies del suelo. Cierras la ventana cuando te digo que no iré. La luz queda encendida. Son las ocho de la tarde. Sigo camino hacia mi casa, donde me esperan mis rincones, unas flores secándose en silencio y una valija que aún no guardé. Fumo cuando no logro evitar pensarte, aunque recuerdo que empecé antes de conocerte. Fue mi primer gesto secreto de rebeldía.
Sonrío apenas mientras camino entre el atardecer y la vereda cubierta de hojas. Hay calor, humedad, ese aire espeso que siempre detesté. Mendoza es seca y mi piel lo sabe. Aun así, me siento bien. Voy a estar bien. Porque otra vez, sin ruido, te he dejado ir.
He recibido sus flores por mi cumpleaños. Son bellas, demasiado incluso, pero no dicen nada. No traen afecto, ni cuidado, ni memoria. En ellas no hay amor, solo la sombra de un deseo que quiere tocar sin quedarse, poseer sin cargar el peso de lo humano.
La certeza de que no fue capaz ni siquiera de sostener en pie aquella cita que pedí como único regalo me dejó a la deriva todo el día. Me refugié en la poesía como quien entra a una habitación ajena para no pensar. Nunca leo poesía, pero hoy cada verso parecía escrito para ese hueco tibio y triste que se abrió en mí, como si alguien hubiese dejado una puerta entreabierta.
Nunca lloré por él, o eso creía. Incluso su cancelación me trajo alivio, una calma inesperada. Pero el llanto llegó igual, sin permiso, desde un lugar antiguo que no sabía nombrar. Lloré por algo que llevaba casi tres años fermentando en silencio. Lloré por la duda constante sobre mi valor, por haber deseado ser amada por alguien incapaz de amar, por haber esperado humanidad donde solo había vacío.
Ahora lo veo con una claridad que duele pero no desgarra. Nunca fui especial en su vida, y ya no quiero serlo. Fui disponibilidad, respuesta rápida, intercambio tibio de cuerpos y palabras. No lo culpo. No hubo engaño. No prometió nada. Nunca dijo que me quería, nunca cuidó mis bordes. El error fue mío, por leer señales donde no había más que silencio cómodo, por construir refugios con materiales inexistentes.
Ya no quiero ser ese lugar seguro. Aunque vuelva con palabras suaves y nostalgias sin pulso, no puedo seguir respondiendo con ternura a quien no sabe sostenerla. Esta vez me toca a mí. Separarme. Arrancarme lo que quedó adherido después de la metamorfosis. Sacarme las escamas secas de una piel que ya no me pertenece.
Él es el último peso que arrastro, un resto ennegrecido después de la caída. Un ladrillo inútil en el pequeño bulto que cargo hacia adelante, como si aún tuviera sentido llevarlo conmigo. Debo soltarlo, aunque las flores me miren con una belleza muda, aunque la tarjeta en blanco espere palabras que no escribiré. Hay despedidas que no necesitan ser dichas. Solo sostenidas en silencio, hasta que finalmente se caen de las manos.
Hoy no es un buen día para las mezclas. El cuerpo está abierto, vulnerable. Ovulo. Y el calendario también conspira. Hace exactamente un año estábamos en una sala oscura viendo Nosferatu. Sophia a mi lado, mis otras dos amigas cerca. Ese mismo día el rumano me dejó en las manos Los demonios de Dostoyevski, como si hubiera sabido que algo en mí ya estaba inclinado hacia esa grieta. Pensé que esta nostalgia venía del cuerpo, de la química, pero no. Viene de otro lugar. Del pasado cuando todavía algo parecía posible.
Ver a Sophia me removió. Tal vez sea esta cercanía nueva, extraña, medida. Volvimos a ser amigas, aunque no iguales. Hay límites ahora, y aun así persiste lo que nos une. Leímos el mismo libro, lo destripamos juntas, lo celebramos y lo ridiculizamos. Sería absurdo negar su belleza, negar que me atrae. Por eso mismo tengo que cuidarme. En mí, el afecto no sabe quedarse quieto. Busca hondura, quiere hundirse. Recordé aquel día en el cine. Una mano buscó a la otra. No sé de quién fue el gesto primero. Ninguna supo soltarse. La culpa estaba ahí, espesa, pero aun así ese contacto mínimo tuvo el peso de una revelación clandestina. Como ese beso que nos dimos en un baño sucio. No quería volver a ese recuerdo. No quería desearlo otra vez. Ahora es solo eso, un residuo. Ya no soy la misma. Ni siquiera habito el mismo cuerpo. A veces pienso que entonces era más fácil de amar. Ellos estaban. Al menos estaban.
Hace un año el rumano no se iba tan rápido. Había palabras, cierta continuidad. Me escribía, me soñaba. Algo parecía querer nacer, aunque nunca tuvo destino. Su interés siempre fue una forma amable de dominio. El libro fue el punto más alto de esa intimidad rara, casi solemne. Tal vez entonces le gustaba más. O tal vez después, cuando me desarmé un poco más.
Hoy ninguno de esos vínculos vive en mi presente. Sophia es una silueta amable, necesaria, distante. El rumano se borró cuando dejé de ceder. En ambos casos fue el límite lo que cerró la puerta. Quiero creer que no fue el cuerpo. Aunque en mí nunca es tan simple. El hambre, el peso, la forma, siempre distorsionan el juicio.
El día está gris. Me gusta así. Y me gustan ellos. No voy a mentirme. Pero sentir no obliga. Esto también pasará. Como pasó todo lo que nunca llegó a ser. Soy intensa, sí. Y profunda. Pero estoy elegida por un solo hombre. Y hoy, por primera vez, eso no suena como una condena.
Oficialmente me he recibido, después de tantos años. La palabra suena solemne, casi ajena. Mi familia y mis amigos me sorprendieron con una fiesta impensada, construida con pequeños gestos que me conocen mejor de lo que yo misma me conozco. La comida era rica, cálida, abundante. Mikhail se esforzó de verdad, actuó con tanta convicción que jamás sospeché nada.
Y sin embargo, atravesé todo como envuelta en una niebla. Me sentí suspendida en una irrealidad extraña, como si una parte de mí no hubiera llegado del todo a la escena. Ese viernes por la mañana caí otra vez en las garras del rumano. Con la ingenuidad de quien aún espera algo imposible, le compartí la noticia como si fuera un cierre, una victoria, una señal. Su indiferencia fue casi física, palpable, densa, como suele serlo todo en él. Apenas unos cumplidos a mi apariencia, lanzados con descuido, incapaces de tocar este centro inquieto que no pide deseo sino presencia.
Socialicé más de lo que acostumbro y quedé vacía, drenada. Ahora intento recomponerme mientras el trabajo me asfixia con pendientes y fechas que no esperan. Y como si siguiera un guion ya escrito, el rumano reapareció con esa liviandad erótica que le es tan propia, con un hambre urgente de sexualizarlo todo, no por mí, sino por su propia soledad. Y yo, otra vez, convertida en ese estanque conocido, tibio y accesible, donde puede descansar la cabeza y sentirse momentáneamente vivo.
Su validación no me llena. Me inquieta más, me vuelve ansiosa. No quiero este juego barato que se presenta como banquete y apenas deja migas. No lo miro con desprecio, pero sí con una resignación lúcida. Lo dejo ahí, donde siempre estuvo, porque ya no hay nada que esperar. Tampoco deseo seguir entregando tiempo y energía a alguien que no va a cambiar, aunque finja lo contrario.
Mikhail, en cambio, ha sido dulce. Atento. Cuidador. Comenzó a trabajar por las mañanas en un nuevo lugar. Y me avergüenza lo simple que fue sentirlo distinto solo por verlo levantarse temprano, cumplir horarios, sostener algo. Pero también sé que esta calma es frágil, porque sigo evitando lo inevitable: Galina. Debí haber hablado. Debí haber dicho lo que siento sin pedir nada a cambio. Pero no pude. No después de su esfuerzo, de su manera insistente de demostrar que me ama y me elige. Y aun así, vi su chat archivado con ella, apenas de reojo. Sé que la oculta. Sé que hay algo que no termina de cerrarse.
Otra vez me descubro hundida en la obsesión, que cambia de forma pero no de esencia. A veces es mi cuerpo, a veces Mikhail, a veces Galina, a veces un extranjero intermitente. Siempre el mismo vacío buscando nombre.
Mi departamento, además, está lleno de moscardones. Zumban, se amontonan contra la ventana, buscan una salida que no existe. Le pedí prestado a mi hermano su gato, Capuchino, que los caza con una eficacia casi cruel. Aun así, presiento que quedaron pupas escondidas en los rincones, incubándose en silencio, y que ahora emergen en mi propio hogar. El cuerpo me pica solo de pensarlo.
Aun así, en medio de todo esto, se me cruza un deseo absurdo y pequeño. Lo imagino escribiéndome un: “buen día, licenciada”. Y yo respondiendo, sin rencor pero con distancia: “licenciada para el resto; un poco fácil para vos”.
Llevo una semana sin dormir bien. Fui una ilusa al creer que el calvario había terminado. Ahora entiendo que aquello no fue más que un preludio, una tregua antes de la caída.
Hace una semana Mikhail me dio la noticia: su mejor amiga, Galina, vendría a la ciudad, y planeaba salir de fiesta con ella en Navidad. Lo dijo con naturalidad, casi con entusiasmo, y me invitó a acompañarlos, como si la invitación fuera un gesto amable y no una daga. Algo se movió dentro de mí, un temblor antiguo, reconocible. Eran emociones que creí muertas desde 2018, pero que seguían ahí, dormidas bajo la piel, esperando una oportunidad para despertar. Entonces lo comprendí: el rumano no fue más que una anestesia, una distracción pasajera frente al dolor verdadero, ese que nunca pude nombrar sin temer que toda mi estructura se desmoronara.
Aquella noche dormimos juntos, bajo el aire acondicionado, y amanecí con un dolor punzante en la garganta. Era el síntoma de lo no dicho, de todo lo que había tragado para no destruir la paz aparente. Desde entonces, las emociones se fueron fermentando en mi interior, carcomiéndome con su acidez. Subieron por mi pecho y mi garganta como espuma rabiosa. He tenido que tragarlas, como se traga un llanto en público, con vergüenza y con asco.
El trabajo se multiplicó sin medida. Me sobrepasa. No logro concentrarme en el cierre que se aproxima como un huracán, y presiento que no podré disfrutarlo. No puedo pensar con claridad. Estoy flotando en una nube de cansancio, de enfermedad y de recuerdos que me devuelven la sensación de no valer nada ante el hombre que amé.
El lunes feriado amanecí con la casa infestada de larvas. El hedor era tibio, casi dulce, el olor repugnante de la descomposición. No lloré. Me paralizó el asco, una picazón me recorrió el cuerpo entero al verlas palpitar en masa, moviéndose frenéticamente sobre el piso. Limpié como una posesa. Las herví, las ahogué en lejía, fregué cada rincón hasta que mis rodillas dolieron. Pasé horas revisando cada baldosa, cada grieta, hasta encontrar las rezagadas que creían haber escapado. Las hundí una por una en el caldero improvisado del tacho de basura.
Desde entonces sueño con ellas. Aparecen en lugares nuevos: en la cama, en los platos, en el cabello. Me sobresalto al verlas, siento el impulso violento de destruirlas, y despierto con el estómago revuelto, con el alma saturada. La enfermedad no ayuda: la congestión, la garganta en llamas, la respiración entrecortada. Todo me abruma. Todo me aleja de mi cuerpo. Solo deseo llegar sana al examen, aunque sea un deseo minúsculo en medio de tanto agotamiento.
Todo parece más importante que yo. Cada vez que intento priorizarme, la vida me arroja nuevas larvas, recordándome el caos que nace cuando no estoy atenta a lo demás. Me siento responsable del bienestar ajeno, como si existiera una fuerza invisible que me obligara a sostenerlo todo, incluso cuando me rompo. Quisiera pensar solo en mi tesis, en mi cuerpo, en mis movimientos, en kung fu, pero no puedo. No me queda energía para mí. Estoy hastiada, vacía, cansada de sostener mundos que se derrumban igual.
Ni siquiera Mikhail puede sostenerme, no sabe cómo hacerlo. Solo necesitaba un gesto de ternura, y en su lugar recibí distancia. He dado más de lo que he recibido, y hoy mi alma está exhausta, como si todo el amor que ofrecí se hubiera podrido y vuelto larvas, alimentándose ahora de mí.
Recuerdo entonces que hoy es el aniversario de la muerte de mi gata, un duelo que nunca termina de cerrarse. Pienso en las larvas que comieron de su carne y en cómo ahora ella florece tranquila, convertida en un tierno y hermoso jazmín. Espero yo también ser asi de hermosa algún día.
Llegó el primero de diciembre, y cumplí con lo prometido al tarot en noviembre. No me resistí a la caída, no intenté sostener lo que, por naturaleza, ya no deseaba ser sostenido. Borré los chats, las fotos, todo aquello que pertenecía a un tiempo ya muerto, y lo guardé en la caja de los recuerdos, esa que ya no abro con ansiedad ni con nostalgia.
Me desperté con su intento torpe de reprocharme la ausencia, disfrazado de ternura:
“¿Por qué me haces extrañarte?”
Respiré hondo. No caí. Reconocí al instante esa táctica que antes me hubiera hecho sonreír. Mi yo antigua, aquella que quedó sepultada en la crisálida, habría sentido un estremecimiento dulce ante esas palabras, habría creído ver una señal, un resquicio de amor. Pero no lo es. No hay amor en esa frase, solo manipulación. Lo comprendí con una claridad casi dolorosa. No era una confesión, sino una búsqueda de validación. Quería provocar una reacción, cualquier chispa de emoción que le confirmara que aún tenía poder sobre mí. Quería verme caer otra vez en el juego de los “te extraño” ambiguos, de las puertas entreabiertas.
Y, sin embargo, no respondí de inmediato. Respiré, lo pensé, y contesté algo neutral, tan vacío como su propio mensaje. No pretendo dejar entreabierta una puerta que él jamás tuvo intención de abrir del todo. Fue liberador no sentir pánico, no dejar que mi mente tejiera fantasías imposibles, no volver a caer en la trampa de la esperanza.
No espero nada. No hay nada que él pueda darme que realmente necesite. Dejé que sus palabras se disiparan, como el humo que se pierde en el aire. Mi vida sigue moviéndose con fuerza, llena de cambios, de trabajo, de personas que sí eligen quedarse, que demuestran su cariño con actos y no con frases huecas.
Y eso es todo. Ya no hay drama del cual colgarme, ni ilusiones de las que alimentarme. Solo queda avanzar, con el corazón sereno y los ojos hacia adelante. No mirar atrás, no añorar lo que nunca existió.
Porque, al fin y al cabo, la verdadera liberación llega cuando se acepta que algunas historias solo estaban destinadas a enseñarnos el valor de soltarlas.
Han pasado semanas desde la última vez que escribí en este diario. A veces pienso que escribir es una forma de anestesiarme, de mantener la mente ocupada con tal de no mirar de frente lo que se aproxima. Pero también puede ser lo contrario: una liberación. Un modo silencioso de acompañarme, de darme tiempo y presencia en este proceso de volver a mí.
He notado, con una claridad casi serena, que algo en mi forma de pensar respecto al rumano cambió. Ya no hay idealización ni apego. No necesito forzar el desapego, simplemente sucede. Mi mente ya no lo espera, no imagina su regreso ni su mensaje imposible. Lo acepto tal cual es, con su vacío y su soberbia, y al hacerlo entiendo que no tiene lugar en la vida que ahora elijo.
Tal vez esta energía que empieza a moverse en mí sea la confirmación de que el sentido no se busca en otros, sino en la propia existencia. Cuido este cuerpo, lo nutro, lo escucho. He hecho de mi casa un refugio verdadero, ordenado, tibio. Ya no tengo el deseo de fumar; desde que volví al kung fu, el simple olor del cigarrillo me repugna.
Volver a entrenar fue, sin saberlo, una llamada hacia algo que estaba dormido en mí, esperando ser despertado. Me siento cuidada. Esa es la palabra justa. Cuidada por la vida misma, por la familia que tengo, por las amigas que permanecen, por la pareja que me brinda calma, y también por el maestro que me guía con firmeza y paciencia. Todo parece empezar a tener un sentido nuevo.
Quizás la reconstrucción ya comenzó sin que yo lo advirtiera. La Torre cayó, sí, pero en su derrumbe dejó el espacio limpio para lo nuevo. Agradezco la desilusión, porque fue ella quien me liberó del apego.
No sé si es la fase lútea o la Torre que finalmente cae frente a mí, pero siento que el hechizo se ha roto. Ya no lo pienso como antes, ya no puedo idealizarlo, ya no puedo imaginarme a su lado. Es como si algo se hubiese desprendido de mí con una suavidad inevitable, como si el hilo que me ataba se hubiese disuelto entre mis dedos. Quizás tenga que ver con el movimiento constante de estos días, con el esfuerzo que pongo en mejorar, con la manera en que Mikhail intenta darme mi espacio y convertirse en un hombre más atento, más trabajador.
Hay algo extraño en todo esto, una calma nueva. Le temía a noviembre, a la Torre, a la posibilidad de una caída inesperada, devastadora. Me temblaba el cuerpo al pensar en ella. Y sin embargo, aquí estoy: firme, de pie, más fuerte que las veces anteriores. La tercera siempre es la vencida.
No hay palabras, ni espera, ni idealización. Se siente liberador, aunque un poco triste. Pero la tristeza es apenas un eco lejano frente al alivio que me atraviesa. Antes, en otras caídas, me hundía en la angustia, me convencía de que mi valor dependía de él. Hoy me siento más grande que todo eso. Ya no necesito la ilusión, ni la mirada ajena, ni la promesa vacía. Y lo mejor es que no debo explicaciones.
Sigo temiéndole a la Torre, pero también sé que la necesito. En cada ruina hay una semilla. Este fin de año se levanta con una energía arrolladora: la tesis, los cambios, el trabajo, las nuevas actividades. Me abruma, sí, pero en medio del cansancio hay un leve y secreto placer. Es el vértigo de quien sabe que está viva.
El hechizo se ha roto, y cuando lo imagino frente a mí ya no hay deseo, solo distancia. Siento en el cuerpo el impulso de seguir caminando, de dejarlo atrás sin nostalgia, sin pesar. Cuando los cimientos son débiles, todo termina por caer por su propio peso. Y esa certeza, lejos de doler, me otorga una paz extraña, una claridad que me reconcilia conmigo misma.
Puedo irme en silencio, con la cabeza erguida, sin vergüenza ni arrepentimientos. Di lo mejor de mí, porque esa es mi naturaleza. Tal vez le di el privilegio de conocer lo que es una buena mujer, pero ya no tiene poder sobre mí. Porque soy libre. Y, aunque lo había olvidado, siempre lo fui.
He decidido que esta noche de brujas sea solo mía. Había un encuentro del club del miedo programado, pero no tenía la energía ni el deseo de asistir. Sabía que lo haría desde el ego, desde la vana necesidad de ser vista, de sentirme admirada en un traje bonito y llamativo. Pero esta noche no es para el placer ajeno, sino para sumergirme en mis sombras, en aquello que no permito salir, en lo que siempre oculto incluso de mí misma.
Quiero concederme el espacio que tanto niego, ese silencio que duele y sana al mismo tiempo. He pensado demasiado en mis emociones, en esta furia latente que me atraviesa, en la rabia que me corroe desde adentro, en todo lo que no acepto (ni de mí ni de los demás), en el respeto propio y en el valor que tiene estar sola sin sentir culpa.
Ahora lo observo a él, a ese ser carente de empatía, y veo cómo su máscara se disuelve ante los ojos de los demás. Una máscara que nunca fue tal, solo una sombra proyectada, sostenida por la conveniencia de quienes no querían mirar con claridad. Ahora, expuesto a la luz, provoca rechazo (y con razón), porque un hombre honesto y bueno no habría hecho lo que él hizo. Yo me quedé en la sombra, observando a la distancia su caída, su funa, su patético intento de justificarse. Y entiendo, con una calma dolorosa, que siempre supe quién era, pero decidí creer que en su fondo había algo rescatable. Qué error tan humano. Los años pasaron, y él no cambió ni un ápice; sigue siendo el mismo. Ahora lo comprendo: nadie renace si no lo desea. No hay redención posible para quien no puede verse.
Siento vergüenza por él, pero una vergüenza aún mayor por mí, por haber tolerado tanta falta de respeto, tanta lascivia, tanta degradación, solo por la ilusión de una cara hermosa. Antes, el solo pensar en esas escenas me hacía sentir un objeto, una carne sin alma. Pero he crecido, he madurado, y sé que mi valor no depende de su mirada ni de lo que haya imaginado sobre mí. Soy infinitamente superior a lo que él representa; tan superior, que ni siquiera su juicio podría rozarme. Él es un cuerpo hueco, superficial y muerto, movido apenas por el impulso de lo carnal. Yo, en cambio, soy deseo y sentimiento, fuego y ternura, y ahora sé que ambos pueden coexistir sin anularse.
Por fin no me avergüenza colocarme por encima, ni gritar mi verdad sin temblores: soy demasiada mujer para un hombre tan básico. Y ahora lo veo, solo, enfrentado a su propia ruina. Lo imagino en su habitación, con la mano en el cuerpo y la mente vacía, intentando ahogar la única voz que aún le habla: esa que le susurra con crueldad y verdad “estás solo, y estás muriendo porque no puedes soportar mirarte”.
Me ha cruzado por la mente la pregunta de si alguna vez piensas en mí, si me buscas con el mismo disimulo con que yo lo hago, oculto entre las sombras, avergonzado de ser descubierto. A veces me ilusiono lo suficiente como para creer que sí, que en algún rincón de tu conciencia mi nombre aún resuena. Pero luego caigo, de golpe, en la fría evidencia: no soy nada en tu vida. Mi presencia se disuelve en el aire, invisible, como una mota de polvo que apenas brilla un instante bajo la luz.
Me gustaría decir que esto me enloquece, que me desvela por las noches, pero sería mentirme. Ya no duele del mismo modo. Tal vez porque empiezo, lentamente, a reemplazarte en mi mente con la idea de alguien más: alguien más estimulante, más cercano, más real. Sin embargo, esta abstinencia del alma es traicionera. Creo tenerla bajo control, pero en cualquier momento la ansiedad se levanta, mordiéndome el pecho, recordándome que aún temo tu ausencia definitiva.
Ambos sabemos que queremos cosas distintas, pero ninguno se atreve a soltar del todo. Seguimos aferrados con una obstinación casi absurda, unidos por un hilo invisible que se tensa más cada día. Me pregunto cuál de los dos cederá primero, cuál romperá el lazo. A veces pienso en irme en silencio, sin drama, sin anuncio, solo un pequeño descanso del alma. No un cierre, porque los cierres son imposibles contigo. Jamás me darías el final que necesito, aunque te lo suplicara. Volverías, inevitablemente, como un vampiro que exige lo que considera suyo.
Aún no soy tan fuerte como quisiera, ni tan entera. Pero algo en mí se mueve, algo quiere salvarse. Me gusta imaginar que, con los años, cuando la vida nos temple y el ego se apague, podríamos volver a encontrarnos desde otro lugar. Pero ahora no. Ahora solo veo inmadurez, vanidad, superficialidad. Y no puedo seguir sosteniendo algo que no me nutre ni me eleva. Solo me adormece, como una droga que alivia por un momento, pero que después deja un vacío más grande que antes.
Corté mis uñas. Lo hice sin pensarlo demasiado, sin el menor remordimiento. Estaban largas, cuidadas, bellas incluso, pero algunas ya habían comenzado a quebrarse, otras esperaban su turno. Supongo que me pedían descanso, como tantas cosas en la vida. No me dolió verlas caer una a una, porque sé que crecerán de nuevo. Ya no me atormenta la espera.
Mientras las veía desprenderse, pensé en la sencillez de ese acto, en el alivio de cortar sin culpa. Me pregunté qué más debería cortar de mi vida, qué otras cosas me están pidiendo ser soltadas con la misma serenidad. No tardó en venir a mi mente esa persona. Ya lo sabía. Después de todo, todo lo vivo debe morir para que algo renazca.
He desinstalado Instagram en un intento desesperado por lograr el desapego hacia él que, sin quererlo, se convirtió en mi refugio. Pasaba horas mirando y guardando videos, eligiendo con cuidado cuáles le enviaría más tarde, dosificando mi intensidad para no parecer insoportable, para no sentirme herida cuando no los viera. Recuerdo que una vez me dijo que los reels eran importantes, que era nuestra forma de conectar. Quizás era cierto, quizás ese hilo trivial sostenía un vínculo que ya se tambaleaba.
Me gustaría decir que estoy triste, pero no es tristeza lo que siento. Es ansiedad, una espera muda por algo que nunca va a suceder. Espero que vuelva a buscarme, que diga algo, que me nombre siquiera, pero sé que no lo hará. Esperar se ha vuelto un acto inútil, y marcharme, paradójicamente, se siente como un acto de amor. Me amo lo suficiente para saber hasta dónde puedo quedarme sin perderme del todo.
He pensado en escribir en inglés, como si un idioma ajeno pudiera purificar esta vergüenza de sentir tanto. Me digo que así, al menos, si alguna vez llegara a leerme, las palabras no le sonarían extrañas. Pero sería absurdo. Ya he mostrado demasiado de mí. He abierto mi pecho en este rincón olvidado de la red, este pequeño blog donde nadie me conoce. Es mi forma de existir sin ser vista.
Quizás sí estoy triste, pero no por él, sino por la fantasía que muere. Por esa ilusión que me mantuvo a flote en medio de la rutina, que me dio la excusa perfecta para sentir algo. Me pregunto si algún día usará el dinero que le regalé en su cumpleaños para comprar aquel libro que le recomendé. Me gusta pensar que sí, aunque sea solo para no admitir que he sido demasiado ingenua creyendo que podía amarme.
Ya no tengo fuerzas para seguir sosteniendo algo que no puede ser. He fingido ignorancia, lo admito. Lo hice porque necesitaba esa ilusión, porque era mi anestesia, mi modo de prolongar lo inevitable. Me aferré a ella con terquedad, buscando exprimir hasta la última gota de placer, de consuelo, de sentido. Buscaba refugio en un cuerpo que nunca tuvo intención de darme abrigo. Y lo sabía. Siempre lo supe.
Sería hipócrita decir que fui inocente en este juego. No lo fui. He conocido bien el fuego al que me arrojaba, y aun así lo elegí. Quería sentir el ardor en la piel, quería quemarme un poco más. Tal vez buscaba ese cansancio final, la resignación que solo llega cuando ya no queda nada por desear. Lo necesitaba. Como los amantes que se besan por última vez sabiendo que ya no habrá mañana.
Ahora solo me queda irme despacio, sin la tragedia que suele acompañar mis despedidas, con la calma de quien ya no espera nada. Me gusta pensar que tal vez así mi ausencia dolerá más. Pero entiendo, al fin, que no tiene sentido anhelar ser vista, elegida, venerada. Él me deseó solo por lo que proyectaba en mí, por esa vitalidad que lo fascinaba y que yo confundí con amor. Mientras más auténtica era, más parecía atraerlo. Pero no era profundidad, era un eco superficial de lo carnal, lo inmediato, lo que se apaga con el contacto.
Y todavía no aprendo a convivir con mi propio deseo sin sentir vergüenza, sin castigarme. Como si mi cuerpo fuera una falta, un error que debo redimir. Mi deseo no es su culpa ni su creación, tampoco un pecado que deba esconder. Es mío, me pertenece, y su fuego puede encender sin destruir.
Pero desandar tantos años de culpa no es fácil. La mente está entrenada para volver a la sumisión, al remordimiento. Y sin embargo sé que debo irme, porque este lugar y esta historia ya no tiene nada que ofrecerme. No puedo quedarme junto a alguien que no pretende escucharme, ni entenderme. Y no tiene por qué hacerlo. No me debe nada. Yo tampoco le debo nada a él.
Está bien marcharme en silencio. No pierdo nada valioso.
Él no era el fuego ni el deseo. Yo lo soy. Y ardo, incluso en la ausencia.
De pronto, casi como una revelación que no admite duda, siento que ya nos hemos besado antes. No sé cómo explicarlo, pero mi cuerpo lo recuerda. Hay en mí una familiaridad, una confianza que no pertenece al presente, como si mis labios hubiesen conocido los suyos en otra vida o en un sueño que olvidé al despertar. ¿Es posible sentir que se ha besado a alguien a quien nunca se ha tocado? ¿O será que el deseo, en su locura, atraviesa los límites de lo real y se disfraza de recuerdo con tal de existir?
No sé si me avergüenza o me tranquiliza haberle confesado ese anhelo tan primitivo, esa desesperación casi animal de querer devorarlo, de recorrer con las manos y la boca cada espacio de su cuerpo. En mí, el deseo no es solo carne; es también alma, una necesidad de fusión, de desvanecer la frontera entre el yo y el otro. Pero para él intuyo que no hay tal profundidad. Para los hombres, el cuerpo basta. Lo físico se sacia con la misma facilidad con que se olvida.
Y sin embargo, hay algo de utilidad mutua en este intercambio. Él carga con esa soledad masculina, esa imposibilidad de entregarse de verdad, y busca redención en el placer, en el dominio. En mí encuentra un refugio momentáneo, un cuerpo dispuesto, una voz que lo comprende sin exigirle nada. Y yo, por mi parte, hallo consuelo en la distracción que él me ofrece. Evito mis propios abismos refugiándome en los suyos. No me exige amor ni comprensión, y en ese silencio me engaño, creyendo que puedo ser alguien nueva, alguien sin pasado ni heridas.
Sería hipócrita pedirle algo más. No podría exigirle ternura o profundidad, porque yo también lo utilizo. No lo amo; lo uso para no pensar, para no enfrentar la verdad de mi vida, lo que me espera cuando el deseo se apaga. A veces imagino que podría enamorarlo, que podría convertirlo en un devoto de mi existencia, que sufriría por mí. Pero sé lo que sucedería si lo lograra: me asfixiaría. Lo abandonaría sin dudarlo, con el mismo desdén con que ahora lo deseo. Porque el amor que busco no es hacia él, sino hacia lo que no existe. Y eso, lo sé bien, es lo más peligroso de todo.