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todas estas ideas eran falsas. escribí en las paredes de mi cuarto cada pensamiento que tuve en los últimos seis meses de encierro. lo hice en letras chica, que para las dimensiones de la pared era letra normal, tamaño renglón. creí que me iba a aburrir antes de llenar la primera pared, que me iba a parecer estúpido y demasiado exhibicionista, que me iba a dar pudor cuando alguien entre a mi cuarto y lea los restos de mi psiquis salpicados por todas partes, pero no fue así. porque el aislamiento fue tan aburrido que la planificación espacial de mi catarsis se volvió mi actividad salvavidas y porque nadie volvió a entrar a mi cuarto desde el 7 de marzo de 1994. así que no sentí pudor. continué entusiasmada anotando cosas como "hoy vomité los cereales del desayuno, creo que la leche que les puse estaba podrida." o "me encantaría poder enamorarme de mi mismo, de un clon, y no lo pienso en un sentido narcisista sino por pura pereza que me da conocer gente que viva fuera de mi propio cerebro."
cuando las paredes se llenaron tuve que tomar una decisión. como no quise escribir encima, empecé a escribir también las paredes del living, del baño, de la cocina. me gustaría decir que me olvide del sonido de mi voz, porque para el 96 ya no hablaba con nadie, pero la verdad es que hablaba mucho solo. tenia conversaciones enteras, debatía.
Josefa, la vecina del piso de arriba, que siempre me quiso mucho y siempre se preocupó por mi, vino un día a traerme una porción de su clásica y majestuosa pastafrola, y sin darme tiempo a inventar una excusa se metió en el living y me pidió que ponga agua para el café. yo no soy una persona sucia, seré hermitaño pero también soy muy cuidadoso de mi higiene. sin embargo justo ese día, olía mal, asquerosamente. al comienzo del invierno siempre me cuesta el contacto con el agua, necesito algunos días de transición hasta acordarme que puede ser también muy reconfortante si está bien caliente, que es justo lo que mis músculos entumecidos necesitan para relajarse.
Josefa apuró el descubrimiento este año, y me hizo sentir ese pudor del que me había olvidado de temer. tuvo la delicadeza de no hacerme hablar, de no preguntarme cómo estoy, qué estoy haciendo, incluso disimuló muy bien sus intentos por leer las paredes, y lo agradecí halagándole la pastafrola.
"no tengo leche, se me pudrió".
"está bien, tomo el café negro" me dijo.
y después empezó a hablar sobre la proximidad de la navidad, sobre un sobrino suyo que trabaja de papá noel el unicenter, el shopping de zona norte.
"fuiste alguna vez a unicenter?" me preguntó. negué con la cabeza y tomé un sorbo de café esperando que no me espere y siga hablando. eso hizo.
mientras hablaba sobre su última visita al barrio chino, agarré el cenicero de vidrio de mi abuela y se lo partí en la sien. me sorprendió que se partiera porque era muy macizo y pesado y su cabeza se veía mucho mas frágil. pero el cenicero se partió en dos mitades perfectas y Josefa cayó al piso donde combulsionó, escupió sangre y dejó de respirar. el salpicón de sangre mancho una esquina del living y quedó perfecto con las letras negras del fondo, pero me molestó el cliché. el cliché de las letras negras sobre un fondo blanco manchadas de rojo, el cliché del tipo solitario que termina siendo un asesino, el cliché de la vecina buena, estúpida y solitaria que es el blanco perfecto para el psicópata aburrido que ya no quiere escuchar mas todas las boludeces que tiene para decir. me dio lástima que el texto de mis paredes tenga ese giro en la trama, pero a la vez me pareció predecible porque nunca me resultó muy entretenida mi propia historia.












