Mamá pájaro amaba a su polluelo.
La amaba más que a nada en el mundo.
La amaba tanto que la alimentaba a diario.
La amaba tanto que nunca le enseñó a hacer un nido, porque siempre tendría el suyo.
La amaba tanto que la protegía del mundo.
Ella también amaba a su madre.
Era la persona a la que más amaba en este mundo.
Pero Ella también estaba enamorada del mundo.
Amaba salir a volar, explorar, conocer nuevas ramas, nuevas criaturas, nueva gente.
Mamá pájaro no amaba eso.
Un día, mientras volaba, vió que todas las criaturas se escondían entre las ramas. Ella debió notar algo raro pero no lo hizo.
Tal vez fue su cuidado, quizás incluso deliberado pero Mamá pájaro siempre la protegió del mundo. La protegió tanto que no se dió cuenta hasta que sintió las garras enterrarse en sus alas y sus costados. Solo entonces se enteró de que estaba en peligro.
El resto de aves y criaturas actuó de inmediato. Cansados de temer, atacaron con todo lo que tenían hasta que finalmente Ella fue soltada.
Mamá pájaro vió cuando la trajeron a casa, herida y asustada. Agradeció y la llevó a descansar, a limpiar las heridas ya vendadas.
Ella no pudo volar por mucho tiempo.
Mamá pájaro no tenía problemas con eso.
Estaba feliz de alimentar a su polluelo, de traerle la comida que, a pesar de todo, había comenzado a conseguir por sí sola.
Sus heridas fueron rápidas en cerrarse y sus alas en recuperar su antigua gloria, sin embargo Ella ya no podía volar.
Mamá pájaro le dejó saber que ese nido siempre sería suyo, estaba bien si no podía volar.
Ella solo podía ver con añoranza las ramas, las hojas y el cielo que tanto amaba.
En ese nido no había mucho qué hacer más que intentar mejorar.
Todos los días mamá pájaro despertaba para saludar a su polluelo antes de ir por su comida.
Un día, su polluelo no estaba ahí para saludar.
Mamá pájaro entró en pánico, buscó en cada esquina del nido, bajo cada rama. Casi estaba desesperada cuando la vió a lo lejos, volando junto a pájaros como ella.
Mamá pájaro amaba a su polluelo.
La amaba más que a nada en el mundo.
La amaba tanto que esperó a que anocheciera.
La amaba tanto que tomó unas tijeras.
La amaba tanto que se acercó a donde dormía.
La amaba tanto que la protegía del mundo.
Y Ella no voló nunca más.