La paradoja de los que aman la soledad
Amo estar solo.
Amo el silencio de mi habitación, las conversaciones que tengo conmigo mismo y la libertad de no depender de nadie. Amo perderme en mis pensamientos y creer, por momentos, que no necesito nada más.
Pero hay noches en las que la soledad pesa distinto.
No porque me asuste estar solo, sino porque hay una diferencia enorme entre elegir la soledad y no tener a quién acudir cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso. Hay noches en las que quisiera que alguien me abrazara sin hacer preguntas, que me acercara un poco más a su pecho y me dijera: "tranquilo, todo va a estar bien".
Y es extraño.
Porque uno puede amar la independencia y aun así extrañar la ternura. Puede disfrutar su propia compañía y, al mismo tiempo, anhelar una presencia que calme las tormentas que nadie más ve.
Quizás la verdadera fortaleza no está en no necesitar a nadie, sino en aceptar que, a veces, incluso las personas más solitarias sueñan con un abrazo que les recuerde que no tienen que cargar con todo por sí solas.

















