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─── ᴍ ᴏ ɴ ᴏ ʀ ᴏ ʟ
‘ 𝐴𝑙𝑙 𝐬𝐮𝐟𝐟𝐞𝐫𝐢𝐧𝐠 𝑜𝑟𝑖𝑔𝑖𝑛𝑎𝑡𝑒𝑠 𝑓𝑟𝑜𝑚 𝒄𝒓𝒂𝒗𝒊𝒏𝒈,
𝑓𝑟𝑜𝑚 𝒂𝒕𝒕𝒂𝒄𝒉𝒎𝒆𝒏𝒕, 𝑓𝑟𝑜𝑚 𝒅𝒆𝒔𝒊𝒓𝒆.
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. . . 𝟐𝟗𝒕𝒉 𝐀𝐩𝐫𝐢𝐥 𝟸𝟶𝟸𝟹
𝕾𝖙𝖆𝖙𝖊𝖓 𝕴𝖘𝖑𝖆𝖓𝖉, 𝕹𝖊𝖜 𝖄𝖔𝖗𝖐
Tinieblas de lo que parecía ser un grisáceo smog desdibujaban el horizonte trazado por restos de edificaciones en llamas, irregular, borrascoso; aquella traicionera tierra, rojiza por arcilla y sangre se extendía en infinitos kilómetros frente a mí. Y el olor a azufre calcinaba mis fosas nasales como respirar pegamento.
Bajé la vista hacia el suelo a mi derecha, agudizando el oído, y el sutil susurro de la arena me alertó: un artefacto punzocortante sobrevoló mi hombro rasgando la piel de mi mejilla como el pétalo de una rosa. No atiné a darme vuelta, una presencia de proporciones pequeñas pero condensadas se prendió a mi espalda y casi me hace trastabillar antes de que pudiera sujetar sus antebrazos y jalar de estos mientras me encogía para quitármelo de encima en un movimiento rápido.
El cuadro era antagónico, por no decir bizarro, un menudo hombre enfundado en negro de pies a cabeza aterrizó frente a mí, adoptando posición defensiva en menos que el aleteo de un colibrí, mientras que lo único cubriendo mi indecencia era un rojo estandarte raído por el fuego, lo último que quedaba de lo que parecía haber sido un campamento calcinado a kilómetros.
Busqué sus ojos, la única parte visible de su anatomía, pero no me sorprendió saber que no estaba mirando los míos. «𝑁𝑢𝑛𝑐𝑎 𝑣𝑒𝑎𝑠 𝑎 𝑙𝑜𝑠 𝑜𝑗𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑡𝑢 𝑜𝑝𝑜𝑛𝑒𝑛𝑡𝑒, 𝑙𝑜𝑠 𝑜𝑗𝑜𝑠 𝑙𝑜 𝑠𝑜𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑜». No tardó en dar el primer golpe, duro y conciso, mi oxidación en artes marciales era algo de lo que avergonzarse, mucho más que mi pobre vestimenta, pero lo bloqueé, igual que el segundo y tercer ataque; la dinámica se constituyó en eso. Pero no sólo bloqueaba sus golpes: ante la desventaja en habilidad me centré en analizar su lenguaje físico. Reconocí los atentados como 𝐤𝐨𝐩𝐩𝐨̄𝐣𝐮𝐭𝐬𝐮, arte marcial orientada a romper los huesos y articulaciones, pero si bien sus movimientos poseían una agilidad ilusoria para los occidentales y una contundencia que me hacía temblar con cada impacto, no era tan rápido como debería.
En ese instante, otra cosa llamó mi atención, una mancha generaba un distinto tono de negro sobre su muslo, pegando la tela a la piel: sangre.
Mi mejor carta era la ignorancia, me mantuve ejecutando los bloqueos exagerados de un principiante, dándole confianza, y una breve crisis en su postura me propinó la oportunidad de despojarle de sus pilares con un golpe certero en su pierna herida, al mismo tiempo que abrazaba su antebrazo contra mi cuello.
Pero aún dominado por un ciego yin, seguía siendo un ninja, y yo un británico que se dedicó los últimos veinte años a cortar gargantas de neoyorquinos.
Ni siquiera supe cómo sucedió, en algún momento perdí toda mi ventaja y cuando mi espalda golpeó el suelo, arrebatándome el aire, no volví a abrir los ojos. Sabía que mi ritmo cardíaco era inexistente y contener la respiración no era un desafío, sólo procuré no toser por el árido polvo que el impacto de mi cuerpo desprendió del suelo.
Sentí su existencia sobre mí, vacilante ante la inhóspita conclusión del ataque sus dedos tantearon las venas en mi cuello, pero no hallaría signos vitales, aún así no titubeó en desenvainar el ninjatō que llevaba en la espalda, dejando el torso desprotegido, fue la oportunidad excelsa para arrancar el kunai que llevaba adosado a la cintura e incrustarlo entre sus costillas en ángulo oblicuo. Entonces le di una patada en el pecho para quitármelo de encima.
No aterrizó a más de un metro de distancia, mi puñalada fue letal, pero no perdí tiempo para incorporarme e ir hacia él, dándole un golpe a la empuñadura del kunai, enterrándolo más profundo, no lo dejaría al beneficio de la duda; también lo giré.
En cuanto confirmé su deceso, sin perder tiempo comencé a desarmarle para luego quitarle la ropa. Su chaqueta negra me calzaba a la perfección, y los pantalones samurai pasaban completamente inadvertida la diferencia de altura. Lo menos comedido eran los zapatos, pero debía admitir que se sentía como seguir desnudo.
Me hice con todas sus armas, incluyendo el kunai que estaba clavado entre sus costillas de forma grotesca, puse un pie sobre su pecho y extraje el arma sin cuidado; luego me amarré el cabello con una de las tiras que le hice sobrar al traje y por último me puse la cogulla, que más que un hábito se trataba de un abrigo entallado con terminaciones en cuero.
¿Era necesaria? En absoluto, pero esto no era igual que Culloden, ni la revolución. Estaba en el infierno, aquí nadie ponía las reglas.
El soldador de estaño fundía mi dermis como si de cera se tratase, un dibujo en carne viva se plasmaba sobre el exordio de la zona pélvica, y otro aguardaba tranquilo sobre el pecho, entre el diseño de la calavera y el corazón entintado. Tracé la última línea y la punta cerámica del soldador finalmente culminó el flagelo, llevándose consigo algo de sangre, mi respiración se descomprimió igual que la férrea tensión de la mandíbula.
Por supuesto que ir por la máquina de tatuajes era mucho más sencillo que provocarme quemaduras de segundo grado, pero era pertinente poder cicatrizar las heridas más tarde.
Mi respiración iba y venía, el ardor era agudo, dejé el soldador sobre la bandeja de acero quirúrgico y volví a subir suavemente la cintura del pantalón de chandal justo sobre la herida.
El silencio de Boris me hizo echarle un vistazo, observaba la situación con lo que percibí como un ligero escepticismo.
──Sólo tendrás que activar el sigilo, estoy seguro de que lo preferirás a tener que colocarme un catéter para orinar ──estuve a punto de dar por concluida la explicación pero las manos del judío entraron en mi radio de visión y con una mueca agregué──: Y yo también lo prefiero.
El mano derecha de mi hermana sin dudas no era la primera persona en mi lista de candidatos 𝑖𝑑𝑜́𝑛𝑒𝑜𝑠 para llevar a cabo un procedimiento como tal… Pero decidí apelar a tener en consideración el motivo por el que lo hacía: Crystal. Sabía que para ella, Boris era tan elemental como Sigmund lo es para mí; por eso, si ella confiaba en el mastodonte ruso, le iba a dar su voto de profesionalismo. Pero debía admitir que la idea de que fuera mudo también me sedujo hasta este punto, la razón fría fue la encargada de preparar los medicamentos y orquestar la idea que mi inconsciente me invitó a acariciar desde hace días, pero esa gruesa 𝐚𝐫𝐦𝐚𝐝𝐮𝐫𝐚 𝐬𝐚𝐭𝐮𝐫𝐧𝐢𝐚𝐧𝐚 era la misma que quería esconder bajo la alfombra mi desesperación, el insomnio, las exacerbadas tazas de té que reemplacé por café y la profunda tristeza preliminar que dio el primer chispazo de acción en mi cerebro.
Todos los días al despertar y degustar el amargo sabor de seguir vivo e incapaz de recuperar el cuerpo de mi hermana, sentía el peso de mis propias palabras atadas al cuello, cada vez más pesadas, asfixiándome. ¿𝐶𝑢𝑎́𝑙 𝑒𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑝𝑢𝑛𝑡𝑜 𝑑𝑒 𝑡𝑜𝑑𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑜 𝑠𝑖𝑛 𝐶𝑟𝑦𝑠𝑡𝑎𝑙? Mi fuerza de voluntad se erosionaba día con día y la demencia no parecía tan ilusoria cuando volvía a encontrarme completamente a solas entre las paredes de la iglesia. Una parte de mi existencia parecía haber muerto ese día; sus manuscritos sobre aquel libro de Hécate empezaban a perder efecto igual que la textura del glitter, al leerlos ya no le sentía susurrármelos al oído, lentamente todas sus memorias se disolvían como gotas de tinta en el océano. Y no importaba que pretendiera alargar mis noches hasta el mediodía sólo para encontrarnos en sueños, ni siquiera la magia era capaz de enmendar ese abismo.
──Muy bien ──anuncié aclarándome la garganta y dando vuelta para mirar al ruso de frente──. Repasemos ──reposé los dedos sobre una caja de medicamentos que estaba sobre la bandeja quirúrgica──... Después de que tome el midalozam esperaremos que actúe; yo te avisaré. Entonces inyectas la lidocaína y luego ──recogí la última aguja de la bandeja y revisé que no tuviera aire antes de buscar la mirada ajena── sigues con el propofol.
Le di la espalda durante un instante, por mudo que fuera, quería reservarme para mí mismo la vacilación que me atacaba cual espasmos. Pero no estaba en mis planes retractarme, me humedecí los labios y continué.
──Una vez que esté inconsciente, procedes con el bloqueador ──concluí──. ¿De acuerdo?
Recibí un tosco asentimiento por parte del hombre. Esto no se trataba más que de una formula designada para la eutanasia: primero un ansiolítico, luego inducción al coma y finalmente un bloqueador neuromuscular. Por supuesto que no tenía en mente llegar a tal punto, pero colocarle en las mismas circunstancias que tres tipos de agujas distintas que efectivamente debían ingresar en mi torrente y propiciarme sólo un ligero roce con la muerte, seguía sin parecerme una idea maravillosa, no porque dudase de su habilidad, sino porque nunca me abstuve de despreciarle, el oso tenía más motivos para inyectarme una dosis extra de veneno que para ayudarme.
Pero podía atesorar esta como una de las pocas veces en mi vida donde no estaba siendo racional. Mi irreverencia debía permanecer encriptada entre los muros de la iglesia, o en su defecto, pasar a la inmortalidad como un poeta maldito con una insana obsesión por su hermana.
Cerré los ojos ejerciendo un tenue movimiento de cabeza para dejar de pensar en la inscripción que llevaría mi tumba honorífica, y al abrirlos tragué saliva para mí mismo, me di vuelta, recogiendo un par de cartas selladas con lacre bajo una pomposa ‘M’ MacAlastair impresa en la cera.
──Recuerda: Si el proceso marcha bien ──elevé la primera, sellada en lacre verde──, enviarás esta. Y si las cosas no salen como deberían ──el vértigo de pronto me instó a humedecerme los labios de nuevo y pestañear un par de veces para continuar. Icé la segunda carta, esta llevaba lacre morado──... Entregarás esta otra. ¿Entendiste?
Para ser honesto, realmente esperaba que la segunda carta acabe en mi trituradora de papel cuando estuviese de regreso. Pero no era estúpido y no pensaba dejar nada librado al azar. Si no despertaba, existía sólo una persona merecedora de todas las adquisiciones que había amasado a lo largo de tres malditos siglos, cada grimorio, cada onza de conocimiento, cada tecla de piano; esa misma persona también era la única a la que le debía completa honestidad y eso se reflejaba en el grosor del sobre.
Volví a dejar ambas cartas sobre la bandeja, expectantes al resultado de todo, y me puse de nuevo la sudadera, listo para iniciar la cuenta regresiva desde la cama.
Extraje un comprimido de midalozam que coloqué en mi lengua y luego tragué con agua.
Estaba hecho.
Los fluídos en mi estómago parecían embravecidos como la marea, pero poco tenía que ver con el hecho de no haber comido. ¿Realmente era una buena idea autoiducirse un coma? Muchos buenos argumentos con nombre y apellido abogaban por un sólido no, pero sólo necesitaba una pequeña chance para inclinar la balanza hacia un sí. La impertinencia que bullía en mis venas me provocaba incluso picazón.
Los minutos comenzaron a morir lentamente, uno tras otro empezaron a caer sobre el precipicio de lo flemático y el más claro indicativo de que la droga empezaba a hacer efecto eran mis pies, envueltos en medias oscuras, que dejaron de frotarse entre sí con ansiedad.
Sentía la boca seca y el corazón enlentecido, como a punto de caer en un profundo sueño mientras las proporciones de la habitación oscilaban ante mis ojos y emití un profundo bostezo involuntario.
No era capaz de percibir el tiempo, este se distorsionó y respirar era difícil, sin siquiera la intención de articular palabras. En algún punto comencé a salivar más de lo que mi ofuscado reflejo de deglutir era capaz de tragar y las náuseas no tardaron en hacerse presentes, quemando mi tráquea. Cerré los ojos y respiré, amainando la sensación, e hice un gesto a Boris para que continúe.
Este se acercó, maniobrando la aguja con excelencia pero le detuve, había recordado algo y —evidentemente drogado— le sujeté el brazo.
Volví a tragar saliva.
──No olvides activar los sigilos con la grabación.
Su afirmativa salió en forma de gruñido y le solté. Estaba entregado, por primera vez después de más de cien años depositaba mi inconsciencia en manos de alguien más. Y para ser honestos, si no estuviese inhibido por la droga, aquello me aterraría.
Esta era la recta final.
──No puedo creer que serás lo último que vea ──murmuré haciendo eco de mis pensamientos, de pronto la idea me pareció irónicamente graciosa y no pude evitar reír, pero tampoco obtuve respuesta.
Ni siquiera sentí el pinchazo cuando la aguja del anestésico local ingresó en mi vena, pero una vez que extrajo la jeringa, dejé caer mi cabeza sobre la seda negra de la almohada y cerré los ojos por un par de segundos.
Sólo quedaba un último paso.
La puerta de la habitación chirrió, y a trompicones, mi sistema entró en estado de alerta, no necesitaba una presencia no planificada en tan delicada circunstancia, pero volví a bajar la guardia cuando Sigmund saltó sobre la cama. Sabía que ya era tarde para oponerse —y agradecía que no tuviese intenciones de hacerlo en estos momentos—, simplemente se acercó e hizo un ovillo su existencia de hurón entre mi cuello y hombro.
Flexioné el brazo no anestesiado para dejarle un breve toque en la cabeza, las palabras ya no tenían congruencia y volaban inconexas en mi mente. No era así como imaginaba mi lecho de muerte, en realidad nunca tuve en mente morir, pero tampoco me importaba si llegaba a suceder, no cuando después de tanto tiempo empezaba a sentir alivio. Verdadero alivio.
Con un último asentimiento, el ruso se armó con el propofol.
No veía con claridad, pero mis ojos estaban puestos en la incisión mientras la sustancia líquida abandonaba aquel tubo de plástico y empezaba a danzar con mi sangre, aún en estado crítico, mi sistema tenía problemas para entregarse.
Pestañeé lento, despegué la vista del brazo y mi atención, borrosa y disociada de la realidad, cayó sobre el lomo de aquel libro en mi biblioteca, el libro de Hécate. Los iris se me dieron vuelta y los párpados cayeron, incapaces de mantenerse abiertos siquiera por inercia, entonces volví a escucharlo, mi nombre en la voz de Crystal. La sutil sonrisa que se formó en mis labios fue el último impulso cerebral emitido, ya no había consciencia para cuestionar si era verídico, para preocuparme o enfadarme, ya no interesaba. El sólo hecho de volver a oírlo hacía que cualquier medida valiera la pena. La expectativa me acompañó hasta las puertas de la inconsciencia, pero ella, junto al miedo, la tristeza y el control, quedaron a oscuras, entregándome en brazos de un alivio inconmensurable que me conduciría hacia lo único que me importaba hallar: Crystal.












