Caminante
Textura
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Caminante
Textura
Sueño de mar. El mar se me enredó en el cuerpo, y la espuma blanca acarició mi piel sin sueño.
Emmanuel.
Mar de amor en una noche silenciosa
Acuarela de estrellas y milagros
Mar de amor en un pesebre pequeñito
La vida ya no ha sido la misma
Porque contigo hubo
panes y peces para todos
El mejor vino en una fiesta
Perdón y gracia espantando piedras
Tumbas vacías
Tienes esa capacidad de estar
conmigo siempre
Terco me has abrazado
Tu no dejas
Tu no sueltas
Tu conmigo hasta lo negro
Tu mi luz y mesa…
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De adentro
Pocos días antes le había señalado su realidad que pronto iba a llegar la mañana en que no se rasuró.
Se despertó, comenzaron a brotar sus primeros pensamientos conscientes. Hay que despertarse. Se levantó en partes, primero su cabeza para ver el televisor prenderse en el noticiero, luego su torso para aligerarse, después levantó la cubierta de colcha sobre cobertor sobre sábana que lo tapaba, alzó sus brazos, se limpió con el costado de sus índices las lagañas, parpadeo hasta enfocar con definición al conductor del canal ocho, alzó sus piernas hacia el piso, alcanzó sus sandalias de baño con sus pies, las acomodó respectivamente en su pie correspondiente y se levantó a su bipedez encorvada matinal.
Subió con el control remoto el volumen del televisor, abrió la puerta del baño con su mano derecha, entró lentamente hasta estar frente al espejo, se vio su modorra mientras se bajaba el bóxer con sus manos y se lo terminaba de quitar con los pies mientras abría la puerta de la regadera. Abrió la llave caliente hasta la mitad, luego la llave fría solo un cuarto y mientras el agua caía a cascadas, él se quedaba viendo el drenaje mientras escuchaba de la televisión la fecha, la temperatura y el clima del día. Se metió en el chorro del agua sintiendo su primera emoción después de saber que iba a llover esa tarde.
Cogió la botella de champú con la mano derecha, la abrió con la izquierda, dejó caer el champú en su palma derecha, cerró la botella de champú con su mano izquierda y la pared, y volvió a dejar el champú en la canasta metálica. La botella todavía tiene bastante. Se talló el pelo con champú, luego con agua. Comenzó a pensar en el tráfico al que se enfrentaría cuando volviera del trabajo. Se bañó el resto del cuerpo con jabón neutro, las calles llenas de pozos que el agua va a abrir, se enjuagó, el coche se va a ensuciar y apenas ayer lo lavé, abrió la puerta de la regadera para alcanzar la toalla y con ella se secó primero el cuerpo, y después el cabello. Dejó la toalla colgada, recogió su ropa interior, cerró la puerta de la regadera, tomó el rastrillo y la espuma, se rasuró, tomó el cepillo mientras dejaba el rastrillo, se lavó los dientes de los extremos, por atrás, los frontales de arriba abajo, escupió la pasta sobrante, se sonrío en el espejo mientras dejaba el cepillo en el vaso, y cerró por fuera la puerta del baño. Arrojó el calzón a la canasta y tomó la ropa interior limpia de los cajones, la camisa del clóset, la corbata y el pantalón del gancho. Se puso la ropa inferior primero la derecha y luego la izquierda, y después se puso la superior primero los brazos y luego lo demás.
Se abrochó los zapatos, se puso el cinturón, tomó la cartera, las llaves, el celular y guardo uno en cada bolsillo. Apagó el televisor con el botón mientras la sección de deportes comenzaba. Cerró la puerta con llave y se subió al automóvil. Arrancó enseguida, los semáforos verdes, las nubes acercándose, que no llueva tanto. Llegó al autoservicio, se sirvió su café, cogió las galletas de avena y pagó con tarjeta de crédito dándole el primer sorbo al americano. Se despertó, comenzaron a brotar sus segundos pensamientos conscientes. Lo dejó en el tablero del coche y siguió hasta el banco. En dos mordidas se tragó las galletas y en un trago se pasó el café sin poderse quemar lo ya quemado. Tiró la basura en el bote antes de entrar. El guardia le abrió la puerta de cristal. Le miró con una sonrisa de gratitud y prosiguió hasta la puerta gris, introdujo la clave del mes, entró por el pasillo hasta su cubículo y ahí se sentó por cuatro horas.
Repitió las mismas frases una tras otra en una fila definida, finita y creciente. Buenos días, en qué puedo ayudarle. Las primeras dos horas siguió trabajando sin parar ni mostrar un gesto en su cara. Podría darme su número de cliente, me permite su cheque, podría mostrarme una identificación oficial. Después de la segunda hora comenzó a mostrarse su enfado y para la cuarta hora asustó su rostro al bebé que entró en los brazos de una mujer. Aquí está su ficha de pago, tome su recibo. Los quince minutos antes de salir de su ciclo monótono de acciones fueron sus más productivos. Serían trescientos ochenta pesos, gracias. Salió con apuro al restaurante de comida rápida de los martes para hacer fila con los demás trabajadores del centro de la ciudad hasta que la señorita que ya también ansiaba con salir a comer le atendió rápidamente la hamburguesa especial con papas y un refresco de cola mediano.
Lo menos agradable del restaurante del martes no le fue la comida, ni el servicio, ni la ubicación, ni los precios. Esa peor característica le pareció el hedor infantil de calcetines y vómito que esta vez abundaba en el ambiente. Terminó su hamburguesa rápidamente para poder salir, dejó las papas frías llenas de cátsup y el refresco se lo bebió antes de que los hielos se derritieran. Abrió la puerta de salida todavía con el disgusto de no haber disfrutado su comida y se topó a un niño que venía cargando un globo en el espacio entre la puerta de salida y la verdadera puerta de salida. El niño soltó el globo cuando le golpeó la pierna. Abrió la puerta de verdadera salida y dejo el globo colgando en el techo y al niño brincando para alcanzarlo.
De camino de vuelta al banco el cielo ya estaba cerrado, la lluvia era inminente. Pensó que las cuatro horas siguientes en el banco serían las mismas. Pensó que al salir de trabajar sería la misma persona. Pensó que todo lo iba a ser como lo había hecho desde hace cuatro años. Pensó que su vida como estaba era la mejor que podía tener. Todo eso lo pensó sin realmente pensarlo, lo tenía inscrito como los demás hábitos que había dejado de pensar. Sus pensamientos estaban extintos hasta que comenzó a llover y recibió un cheque mojado de una mano también mojada. Siguió con la mirada la mano, el brazo, el cuello, la cabeza y el sombrero, todo mojado. No podía ver su rostro más que sus labios rojos. Es una suma muy grande, debemos depositárselo en una cuenta bancaria. Me podría dar su número de cliente. Me permite su identificación oficial. Vio cómo dejó su bolso en el recargador, tomó su cartera y de ella sacó su permiso de conducir sin decir una palabra. En la foto del permiso vio sus conocidos ojos brillantes. Realizó la operación con normalidad, todo estaba en orden menos sus ojos que había visto antes en algún lado que no recordaba o no quería recordar. La transacción está lista, muchas gracias. Se fue sin decir palabras como si también estuviera viviendo su mesmerizante vida cíclica sin anomalías de ningún tipo hasta que tuvo que ir a ese banco y olvidó su permiso de conducir en manos del cajero que no se dio cuenta de ello hasta que ya se había subido a su auto y se había ido.
Salió del banco con la decisión de ir a entregar ese permiso que se le había quedado viendo por dos horas como si también lo conociese. Dio vuelta en u de como había dejado el coche para andar hacia la dirección en la tarjeta. Ya van tres horas lloviendo. No conozco esta colonia. Condujo a pesar de los charcos y los retrovisores empañados. Ya en la calle que buscaba detuvo el automóvil para darse cuenta que no podía salir sin mojarse los zapatos. Abrió la puerta y de un salto llegó a la banqueta no tan inundada. Debería comprar un paraguas. Casi no llueve, pero cuando sí, no hay quién se salve. Tocó el timbre de la puerta. Este timbre también lo conozco. Esperó unos segundos. Tal vez ni siquiera esté en casa. Tocó el timbre dos veces más. No debería estarme mojando, mejor dejo el permiso a través de la ventanita del correo y me voy. Empujo la placa en la puerta y arrojó el permiso. De vuelta a casa que ya es tarde. Vio que la puerta se abría y tras ella estaba la imagen del permiso sosteniendo el permiso con la mano izquierda. Se le quedó viendo por varios instantes antes de decir los dos frases al mismo tiempo. Solo Gracias quería no traérselo, me disculpe fije las que molestias. lo perdí. ¿Gusta Debo pasar? irme. Calló. Al menos espere a que baje la lluvia. Pensó en decir que no importaba y seguir caminando. No quiero causar molestia. Esa ya la tuvo al traerme el permiso. Entró escurriendo en esa casa que también parecía reconocer.
Hablaron con desidia en las palabras. Se quedó viendo las paredes, las fotografías, los muebles. Se le quedó viendo la camisa, la corbata, la cicatriz de rasurarse. Hablaron horas mientras ambos pensaban qué sería aquella intrusión de la rutina que hasta entonces habían manejado sin excepción de lluvia ni persona. Dejó de llover, debería irme. Como guste, gracias por el permiso y la compañía. No es nada. Vuelva cuando quiera. Pensó que era una formalidad, pero en esos ojos que todavía no reconocía tuvo que verlo como un reto. Hasta mañana.
Llegó al apartamento ya estando seco y siendo noche, se quitó la ropa mojada y los zapatos sucios, todo lo dejó en el cesto de lavar del fin de semana. Se puso un bóxer para dormir y se metió en la cama sin acordarse de tenderla o cenar. Ya cené en la otra casa. Se quedó pensando en la casa, la calle y la persona. La reconocía, sin saberlo esa persona lo reconocía también. Pero de dónde. Se durmió. Soñó.
Se despertó comenzaron a brotar sus pensamientos inconscientes recordando vagamente los sueños de las noches anteriores. De ahí es de dónde conocía la casa.
Me dejaré la barba, tal vez le guste.
Llorar esta bueno para sacarte el sufrimientos de adentro.