#1000
Cae la noche y con ella el habitual repaso del calor, la paz, la seguridad y la estabilidad. La sensación de estar en casa. Sea ahí, allá, acá, o en aquel lugar, pero siempre pegado al fuego de tu espalda. Donde más allá del día de mierda, el cansancio acumulado, las malas noticas, por unas horas todo parece detenerse y estar en su lugar. Aunque afuera se caiga el cielo, de cierta forma acá, con vos, hay calma. Hay silencio, aunque me sé de memoria los distintos ritmos de tu respiración. Podría decir con total precisión cuándo entrás en sueño, cuánto tardas, y cuántas respiraciones mías bastan para entrar con vos en ese trance. Cada día que me despierto en la fragilidad de tu espalda es un día donde soy invencible.
Me acuerdo todas las noches de cada sensación que me provoca(ba) tu piel porque le tengo pánico al olvido. Porque no quiero conformarme con menos. No sé si me aterra más sentir que no voy a volver a encontrar alguien que me desordene y ordene tanto los intestinos como vos, o si me da más miedo llegar a olvidar ese estado de perfección que lográs causar en mí. No me perdonaría nunca dejar atrás el más mínimo detalle.
[Intento número mil de tratar de poner en palabras y materializar la magia de dormir en contacto con tu piel.]












