Eras, un color azul que aún está presente en todas mis cosas favoritas.
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Eras, un color azul que aún está presente en todas mis cosas favoritas.
Las cosas más bellas, se perciben cerrando el telón #literaturainfantil #palomaychiki #sueños #kid #ilustracion #dreams #poesía
'Nos gustan los perros, la raza no' #palomaychiki #perros #ilustration #shortstories #literaturainfantil #dogs
'Nunca eres ni muy muy, ni tan tan... Como los demás piensan' #palomaychiki #shortstories #literaturainfantil #ilustration #visualpoetry
Cuál será nuestro destino? Observarnos en el cielo... #shortstories #cuentoilustrado #literaturainfantil
Hace tiempo que no siento mis piernas tan infinitamente largas, para que estén dispuestas a abrirse en el horizonte. Como dos montañas que dan paso a que amanezca una mañana celeste, azul. Azul celeste. Hace tiempo que no odio el color de mis labios en el vaso de cristal que abraza el whisky diluido en agua mineral. Hace tiempo que no brindan por la tristeza de estar adheridos a una piel que ya se talló con zacate seco los recuerdos. Hace tiempo que no dicen mi nombre en un tono en el que mis patillas se pongan a bailar con el viento. Hace tiempo que mis pies no se sienten cómodos caminando con los ojos cerrados. Sí, como cuando sentía que mis pies también miraban y por eso todo se concebía tan arriba de mí. Hace tiempo que no escribía con las plantas llenas de lodo sobre la acera de la banqueta: ´Por aquí pasó un pájaro´. Y hoy que lo hice mientras todavía no amanecía, como que me estiré, como que sentí hormigas que me caminaban como ellas son: chiquitas. Desde las uñas hasta arriba de las cejas. Me hicieron fruncir el ceño. Mañosas.
El cielo de Buenos Aires ya se ha tornado morado, ese color que incita a existir a sus pies y a no subestimar la oscuridad por tiniebla.
El albor escondiéndose ya puede verse en los ojos de los gatos, las plazas públicas se iluminan de focos de colores que cuelgan de los arboles llorones, y que tiñen los barrios bajos de épocas atemporales.
A sus patios llegan las mujeres caminando en puntas, bellas bestias con el cuello en alto y la barbilla amenazante por un hombro para descansar. Que se sostengan dichos hombros por pies seguros que vistan calzado lustrado, y que dirijan a su compañera a una danza que apasione sus ojos asediados. Pieza de un lento piano.
Cuando la música pausa los bailarines charlan del prostituido clima, de los fondos buitres, del perfume que usan porque están tristes, del teatro en corrientes, y de la necesidad de un par de zapatos nuevos que no carguen con la culpa de haber retrasado el alquiler por bailar en milongas con clase.
- Cierra los ojos y escucha a los violines llorando, así vas a sentir que realmente bailas. En el tango señorita yo he encontrado a un amigo, un compañero que apacigua penas, una permanencia en el corazón- me decía un viejo que contaba que era navegante de barcos, luthier, y disfrutaba tocar el ritmo de la juventud. Sobre todo en las mujeres-.
Que alguien me vigile se siente como una aguja atravesando las capas de mis ojos lentamente, yo no puedo ver la aguja, la mano, la cara que me observa. La cara del hombre que espera en las escaleras del edificio con sus mejillas perforadas por aretes redondos color plata.
Ha cruzado la calle para decirme –buenas tardes- cuando sabe que su voz me ofende. Quiere que me grabe su timbre de voz, que el sonido ya melifluo después de repetirse por horas en mi mente me desgaste el sosiego. Se ha acercado más para que exhale su perfume. El aroma criminal, mi aroma.
Camino a mi casa, cargo una caja de cereal sabor cacahuate, siento y cruzo mi mirada con la suya. Rasgo la bolsa de plástico con las uñas. Meto la mano hasta el fondo de la caja mientras caen las bolas de maíz inflado. Mi mano nada entre ellas. Cierro el puño y tomo la mayor cantidad de cereal que mi mano puede coger, meto la misma cantidad a mi boca, escucho el cereal perforarme la quijada, trago las bolas desechas y mojadas por mi saliva. Imagino que son sus huesos. Que mi mentón es capaz de destruir su demacrado cuerpo.
Pero no es así, él sigue ahí y yo me encierro en mi casa, tomo un tazón y me como el cereal con cuchara y leche.
Mientras tanto en algún otro lugar...
Aquí las mujeres me gritan por la ventana, me cantan “… juran que esa Paloma no es otra cosa más que su alma, que todavía la esperan a que regrese la desdichada…” salen al quiosco encobijadas, van a ver cómo sale el sol del desierto mexicano y el cielo se pinta de rojo, degradado, rasguñado por la tinta que corre del norte, del otro lado.
Me gusta verlas, me gusta el aroma de sus trenzas cuando las liberan de los nudos que han hecho con sus dedos mientras piensan angustias, en la gente que quieren y que han dejado porque el hambre no les permite volver y los hambrientos de poder se los han quitado.
Aquí escuchamos historias nuestras en un cuarto en donde todo pasa más lento, y es que si no hablamos se nos vicia el alma, enjaulamos los pájaros, como sus cantos.
A veces la que menos habla soy yo, pareciera que soy callada, que por las noches ya estoy cansada. Y para no ser la única que no se desteje el cabello, que sus penas caen en oídos sordos, les voy a contar que como ustedes, yo también migro del sur y que entre más conozco a su gente más lo extraño. De donde soy las mujeres hacen de las tristezas joyas del mar, piezas que cubren el cuello de arrecifes y los dedos de ciudades con fortalezas de plata; trabajan para que nos escuchen manifestarnos; esperan a que su musa salga del vientre, a que llegue su inspiración. De lugares más lejanos, los hombres aprenden a tocar luciérnagas, como a su guitarra, como a su compañera de viaje. Hay otros que pintan nuestros cuerpos en acuarela y que les gusta que los escuchemos, que se les suelta la lengua con nosotras cuando se les acaba el carbón y se relajan cuando leen mis cartas, dicen que así pueden dormir.
Las mujeres en mi familia también viajan; hace poco se fue la más vieja, la que tenía más imaginación, y una mañana, la imaginación cansada de no salir más, se la llevó con ella.
Ahora que me lo preguntan, en las noches no hablo porque esté cansada, a estas horas ya hay toque de queda y los vicios no se han dormido; espero a que el cielo se despeje de tanta violencia y para no contaminarlo con palabras vacías, me quedo callada. Las escucho, espero a yo también quedarme dormida, mientras la luz del sur, se acurruca.
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En un viaje, una mujer buscaba dónde dejar las cenizas de su compañero.
Por Paloma Patlán
Se buscan los ojos de un hombre
El lugar estaba casi vacío a excepción de ella y otros ambulantes nocturnos que prefieren viajar de noche para ver salir la luz en otro lugar. Ella no acostumbraba a viajar en tren y estaba muy incomoda, le sudaban las manos y se secaba con ellas las gotas que le colgaban del cuello, aferradas a su piel para no caerse, como todo lo que le hacía mal.
No sabía si la razón de su ansiedad era porque no le era para nada cotidiano el lugar o porque le pasaba por la mente finalizar todo en las vías del tren y romperse el cuello, no seguir avanzando, no quería; pero ahí en la estación del tren Coghlan, en los sonidos casi silenciosos que le susurraban el pasado y en el olor a encerrado, sentía la pesadez del humor y las ideas oscuras de todos los viajeros que recorrieron durante el día la estación. En todos los pensamientos que franquearon ese lugar desde que fue construido, en la revolución industrial y la prosperidad Argentina; sus preocupaciones e huidas, la gente que esperó siempre un regreso, y las despedidas de identidad, ¿cuánta gente habrá pasado por aquí? ¿a cuánta gente entre todos estos pensamientos -que también le pudieron haber surgido a ellos- les surgió el de tirarse a las vías antes de abordarlo sin ningún destino anticipado?. La mujer sabía que todo tenía que terminar ahí, huir de Buenos Aires o suicidarse, no había más caminos, y dios sabe que lo pensó, que los buscó y hasta los dibujó sin ningún resultado que la hiciera tener alternativas.
A ella la interrumpieron dos hombres que se le acercaron, uno, el más fornido, le pidió por un cigarro y el otro se paró a sus espaldas mientras la observaba con las manos en las bolsas del pantalón; ¿cómo tenía idea de que la observaba y tenía las bolsas en el pantalón? no la tenía, pero lo creía. Ambos tenían facha de malandros pero intenciones de querer disimularlo, ordinarios, no le causaban temor o no le importaba lo que fueran capaces de hacer.
No tenía cigarros, era obvio, o si no ¿cómo es que estaba tan ansiosa y no estaba fumando?. Un idiota.
- ¿a dónde vas? le preguntó el idiota que buscaba cigarros.
- No sé, le contestó.
- ¿en serio no sabes? le dijo la voz de atrás.
- Te dije que no, que no sé.
- ¿Y no te da miedo? digo ¿ estar sola?.
- No me da miedo la soledad, me da miedo viajar, y me da más miedo que termine todo aquí.
- Nosotros te cuidamos- le dijo el que tenía en frente. Sonriendo, mostrando apenas sus dientes y los ojos de maniaco sobrexcitado que le provocada oler el miedo, el sudor del cuello de la mujer.
- Te dije que no me da miedo estar sola.
Se acercó un tercer hombre que para todos salió de la nada. Tal vez estaba acostado y asimilaba ser un bulto, por eso le pasó por desapercibido, pensó ella.
Se veía que podía morar en la banqueta de alguna calle cercana o en las penumbras de la estación del tren. Era un viejo desalineado, medio dormido y apenas vivo.
- ¿Tienen alguna moneda para que pueda comer? – les dijo el viejo.
El señor era ciego, a él si se le veían los dientes cuando sonreía y su presencia olía a orina. Parecía que no tenía ojos, se le hundían los parpados. Era imposible no verlos y era cómodo saber que ellos no podían responderte la mirada.
- No viejo - dijeron los hombres en coro.
- Seguramente sí- le contestó la mujer.
Ella le dio una moneda que sacó de su bolsa, y cuando el viejo alzó su mano junto con la cabeza le dijo: qué bonitos ojos tiene mujer.
- ¿Cómo puede usted saberlo? está ciego.
Con el mismo sentido que usted puede ver al hombre con las manos en los bolsillos detrás de usted. Y si quisiera percibir, sabría que trae un puñal.
El hombre sacó el arma de su pantalón y se abalanzó hacia el viejo, por sus movimientos quiso asustarlo pero no hacerle daño físico. Era un cretino, pero no tenía el valor suficiente para hacerle algo a un viejo sin ningún bien material. Era lo último, no tenía ningún bien material para que valiera la pena derramar su sangre.
El viejo lo derribó, se encimó a él, lo tomó de la cabeza y le comenzó a apretar los ojos hasta sacárselos de los parpados. El hombre daba alaridos de dolor, tomó el puñal y se cortó el cuello.
El viejo se puso los ojos que extrajo del muerto en los parpados, en el espacio vacío que esperaban tener función.
El tren arribaba, se escuchaban los sonidos al fondo, por fin la espera de la mujer terminó. Si no lo hacía ahora de todas formas acabaría con esto asesinada por un viejo tenebroso o un cretino.
El cretino se aventó a las vías, se le adelantó.. El tren lo destrozó. A ella la ensució.
La mujer cerró los ojos. No podía más.
- Tú no vas a morir hoy, el tren está partiendo sin ti y tú no quieres eso de nuevo. Abre esos ojos mujer, ahora puedo verlos mejor y sí que son hermosos- le dijo una voz.
Por Paloma Patlán
Escribo esto por si alguna vez cuando sea mayor se me olvidan estos días de amor y coraje, húmedos, de naturaleza, de frijol y maíz que me alimentaron el alma. Por si se me olvida que fui joven y no me importaban muchas cosas pero le daba lugar a lo que hoy respeto y fue ahí donde encontré el respeto a mí misma. Que si voy a recordar un día, que sea cuando escuché por primera vez el grito en coro de hombres y mujeres valientes: ¡Libertad!, para recordar luego cómo se me erizó la piel, se me alzaban los pies en la niebla, se me secó la lengua por no tragar saliva y mis ojos se bañaron con agua de donde vienen los sueños.
Soy joven y puedo hablar sin saber, pero la sangre caliente que corre por mi cuerpo como en un caudal de julio, que mi corazón bombea al retumbar como tambor de cuero, que me acalora, me hela el cuero, y me prende el pecho como la mecha de leña que me calienta en la selva de un rincón del sur, quiero que sea la misma de aquí a que muera, que no me deje de llenar las venas para que así no me vuelva apática, seca de la sangre enervante que me hace sentir para luego entonces fundamentar un pensamiento que aporte algo a mi pueblo. Entonces pues, si voy a contar en pasado cuando tenía ambiciones por mejorar mi país, mejor lo escribo y que me condenen luego por usar palabras que se esfuman, por no tener memoria e identidad.
Un joven que no está interesado por la política en este país, desgraciadamente está condenado a ser oprimido por los que tienen poder, porque los que tienen poder y oprimen resultan ser los que “hacen política”, que se jactan del discurso y el cargo para alimentar la cobardía y no la abundancia al pueblo.
Vivimos en un mundo difícil por el egoísmo del ser humano, generador de ignorancia, injusticia y vacío espiritual. Es urgente tener convicciones y ser férreo, gritarle al miedo, silenciar la paz y si alguna vez se ha tenido esperanza abrazarla, recordarla, escribirle, contarla y por donde la creatividad alcance, manifestarla.
Hay que perseguir la belleza, y si la política en su esencia moral, busca el reparto de riquezas, el bien común, y la libertad a un pueblo, ¿hay acaso algo más bello que eso?
Texto: Paloma Patlán
llustración: Gabriela León
http://gabrielaleonn.tumblr.com/
#TodosConAyotzinapa
Anagrama e historias que salen de un nombre.
- ¿Por qué vienes?- me dijo. - Por el calor de unos ojos, el sol observando un cuerpo frívolo y la debilidad por un eterno atardecer. -
-¿Qué lo ocasiona?- -Tu mirada.-
Tu mirada me abraza. Tu mirada es cálida/Tu mirada encandila. Me encandila y cierro los ojos para ver con ella luz en este oscuro interno/ Tu mirada quema sutilmente mi cuerpo, mis hombros, mi ombligo/Tu mirada me ciega. Me ciega y ahora sólo te imagino/Tu mirada me abrasa.
Fotografía: Mara Álvarez
http://anagramamx.tumblr.com/
Apuntes sobre ella
La conocí en un club de lectura. Tenía cabello rubio y corto, un tatuaje de los colores cromáticos en el brazo izquierdo, una forma de vestir andrógina, y otros dos tatuajes en cada hombro caído y frágil. Estaba pálida, era escandalosa, y su acento daba a notar que era del norte del país.
Me senté a su lado y no recuerdo mucho los detalles de nuestra vaga conversación. Pero lo que no olvido era su forma de escribir y su ansiedad reflejada en ella cuando leía en público. Cuando terminó la sesión no me despedí porque nuestra charla no había ameritado tanta cordialidad, pero sus palabras me acompañaron en el camino a mi casa.
Cuando llegué a mi habitación tenía un mensaje de ella en mi computadora y me invitaba a tomar y compartir textos.
No fui.
Semanas después la volví a ver. Yo esperaba a unas compañeras de la universidad en la cafetería de la biblioteca y mataba el tiempo escribiendo pensamientos.
Ella entró y se sentó frente a mí en la misma mesa.
-Muéstrame qué escribes- me dijo.
-No- sonreí-.
Es obvio que no cualquier persona te muestra su libreta de apuntes. Por el ego. Por el misterio. Por el miedo y la certeza de que nada de lo que escribe tiene sentido...
Yo más que nadie, no lo hubiera hecho ese día por el último punto.
Ella insistía y se reía de mi actitud aferrada a no mostrar nada. Me abrazó no entiendo con qué confianza, y cuando su cuerpo me rozó me quedé estática y los escalofríos me recorrieron el cuerpo.
Eso se volvió cotidiano. Cada que la veía era la misma sensación y evitaba mirarla o tocarla para no saber que me gustaba ella y no sólo su conversación y las cosas que salían de su cabeza.
Yo, para contrarrestar mis reacciones que eran más que obvias siempre sacaba a tema mis relaciones con hombres y mi atracción masculina de una forma absurda.
Nuestra relación se volvió más cercana y los días con ella para mí eran cada vez más tensos y mis conversaciones más falsas.
Un día a la semana íbamos a la biblioteca a escoger libros y a recomendarnos los que una u otra encontraba desconocidos. La vi afuera de la biblioteca, la saludé con un simple -Hola- sin hacer otro contacto, y entramos.
Casi siempre ella era la que hablaba, pero ese día las dos permanecimos calladas.
Nos dirigimos a la sección de literatura latinoamericana.
Yo buscaba libros, o hacía como que lo hacía.
Ella se acercó a mí y me susurró:
- ¿Cuándo vas a decirme que te estás muriendo por algo mío?
Me quedé sin decirlo. Esperando a que sucediera algo que lo hiciera por mí.
Tomé un libro, y comencé a leer:
-Hasta que tu piel se empape del mismo liquido que nos protege, o expone, o tan sólo humedece.
La tomé de la mano. Nuestras manos estaban heladas. Reflejaban el lenguaje reprimido de nuestro cuerpo entero. Eran dos párpados pálidos cerrados pero observadores a los sentidos silentes.
Continué leyendo:
- Y si no sintiera esta inseguridad en todo el cuerpo, podría mirarte con ojos que generalmente no expresan miedo. Hasta que se toparon con el par de los tuyos, débiles, claros, adormilados. Con esos ojos que los míos quisieran permanecer en contacto para entender por qué siempre están tan ávidos cuando se quedan fijos a ti.
Me apretó la mano. Alcé la mirada y sus ojos estaban mojados. Como sus párpados pálidos que sostenía con mi mano.
Entonces no pude seguir improvisando, me quebré y sin quitar los ojos del libro le dije el resultado de mis palabras vencidas en la batalla por ella.
-Y me asustas, y no por ser mujer. Y no sé si me asusta tu sexo, o lo desconocido a todo.
Ella iba a besarme.
Yo bajé la cabeza.
Ella metió su mano bajo mi vestido y me dijo al oído: Lo que yo conozco son las reacciones naturales del cuerpo. Que las rosas húmedas florecen más rápido. Lo que siento y lo que veo. Y lo que estoy viendo es que tus pupilas y las mías están dilatadas y tú sostienes mi mano en este momento bajo tu falda para florecer.
Pero no pienso esperar a que entiendas las reacciones naturales de tu cuerpo antes que a tu razón miedosa.
Me arrebató su mano y se apartó de mí. Se levantó con la prisa de ir a clases.
Días mas tarde la vi caminando.
Cuando me iba acercando, ella me evadió.
Yo me quedé con las ganas de volver a cruzar miradas. Me quedé con sus libros y con el mismo miedo a las reacciones naturales como les decía ella.
Fui a la biblioteca y abrí el libro que había fingido leerle. Para leer lo que realmente esas palabras decían, o por la nostalgia del recuerdo.
Había una nota en la primera página:
- En un jardín de circunstancias, esperaré a que el sol decida salir a calentar tus gardenias.
No sé si era de ella, pero eso quiero pensar.
"Irse y Volverse"
Me reencuentro en un sueño lúcido,
y me encuentro con la sensación de que aún transitando países estoy siempre en el mismo lugar.
El reencuentro es siempre sorpresa, es cálido, recio. Si no se estremecen los cuerpos cuando vuelven entonces nunca estuvieron unidos. Natural, honesto.
El encuentro es vago, ¿cómo saber si estoy realmente aquí? ¿contigo y conmigo?
¿Por qué será que el cuerpo es tan lento, el alma tan inquieta y la mente tan blanda para impedirnos estar siempre contiguos?
Me encuentro ansiosa, acalorada, despreocupada, hambrienta, ebria.
Me encuentro con alguien por la tarde. Me encuentro sola de nuevo.
Siempre me encuentro.
Y me reencuentro sólo en la mística, siempre serena, riéndome del destino.
Me voy,
Con lo que nos fuimos.
Y vuelvo,
Con nada.
Nos reencontramos,
Ella, con la melena despeinada. Despreocupada por el espacio.
Ella, ocupada en captar la escena en un recuerdo. Para los días en los que se vuelve a encontrar sin la otra.
Cualquier observador cercano sabe que charlamos,
Con nosotras mismas…
texto: PALOMA PATLÁN
fotografía: MARA ÁLVAREZ