La plegaria de la serenidad
Una onda del AA que puede alejar a muchas personas es el concepto de "dios", del "poder superior" por encima de uno como persona. Ese definitivamente sería mi caso.
Sin entrar en mucho rollo al respecto -no pretendo ser capaz de discutir sobre algo tan grande-, fue la propia rigidez de mi entorno familiar (particularmente de quienes ostentan el título nobiliario de "tía") la que me empezó a hacer resentir la educación religiosa y la noción de un dios que esperaba la mínima flaqueza de parte de uno para dar rienda suelta a sus fetiches punitivistas. Además: qué tedio de espectáculo, donde todo tenía que ser sufrimiento, cánticos horrendos y la celebración del sufrir y adoración de la tortura.
Tener un tío sacerdote no hizo que las cosas mejoraran en mi joven percepción, porque si bien mi tío sí generó en mí una imagen de autoridad, respeto y admiración, con el tiempo también me mostró algo: era ab-so-lu-ta-men-te humano. Con sus genialidades, fallas y puntadas. Nada más. Así que eso de "representante de dios en la tierra"... nunca ví ningún documento sellado y firmado por dios o algún secuaz suyo que afirmara que mi tío tiene esas credenciales diplomáticas. Fuera de eso, mi tío es genial, es la primer persona que ví jugar billar y también la primera que ví mandar a la chingada las recomendaciones de un doctor (otra gran figura de autoridad de mi niñez). Eso me demostró lo muy humano que son los sacerdotes (la cagó en grande, debió hacerle caso y bajarle al alcohol y a las grasas en su momento).
En el tiempo, llegué a corroborar que haber marcado distancia de la manera en la que mis tías se ataban a la religión fue más o menos acertada: un día escuché a una tía decir que el pedófilo serial Maciel era tan solo "un negrito en el arroz". Es de lo más repugnante que he escuchado decir a alguien en mi familia.
Agradezco que mis papás terminaron por soltar el mecatito de la religión, y hubo un punto de mi juventud en donde no me presionaron mucho más al respecto. Debo aceptar que de la "visita de las siete casas" disfrutaba mucho de los panecillos, así como el nombre del evento, me parecía como de película: "Indiana Jones y la Visita de las Siete Casas". También me gustaba la representación de la crucifixión, siempre tuve un gusto por lo gore y lo grotesco.
Entonces, la noción "dios" en el programa de los AA no me iba a fascinar. Cuando estaba en la universidad empecé a tener problemas de temperamento; me hicieron sospechar que no era normal. Andaba enojado y tenso todo el tiempo, me empezaba a consumir el perfeccionismo. Un día me leí un folletillo de los Neuróticos Anónimos (había un grupo al lado del taller de serigrafía del papá de mi amigo Emilio) y en cuanto ví "dios" por ahí, lo dejé inmediatamente. Y continué mi camino, con una tuerca barrida. A veces me pregunto qué hubiera pasado si me hubiera acercado efectivamente a NA, ¿cuántos problemas y descalabros me pude haber ahorrado? Pudo haberme dado más herramientas para afrontar la vida adulta con más madurez... o no. Nadie lo sabe, ni "dios".
Afortunadamente, para mi acercamiento a la experiencia AA sí llegué con un gramo más de madurez. Y tolerancia, basada en escuchar decenas de experiencias de otras personas. Meses de escuchar y escuchar podcasts me hizo entender algo general sobre el tema de la impotencia para controlar la forma de beber: hay que admitir que tiene uno un puto problema. Así que de entrada, ceder. Eso involucra fracturarle las rodillas al ego: pasar del orgullo y mostrar la disponibilidad de querer estar bien. Estoy aquí por que tengo un problema que no logro resolver yo solo. Sé que mi fuerza de voluntad es poderosa: pero no es la panacea, puede ceder. Tener una gama más amplia de recursos y herramientas siempre facilitará una tarea. Siempre.
Otra cosa muy valiosa que aprendí respecto a aproximarse a los AA: escuchar las similitudes, no las diferencias. Esto es casi un mantra de un tal Paul Churchill, del podcast Recovery Elevator, lo dice mucho. A fuerza de oirlo decenas de veces, terminé entendiéndolo: ¿qué parte de la historia de una persona que cometió una serie de atrocidades muy lejanas a las mías sí es similar a mis hábitos? ¿En donde sí me reflejo? ¿En qué parte puedo decir: "ah, así soy yo, eso también me pasa"?
Estos dos aspectos me permitieron la disponibilidad suficiente para entrar al grupo de AA. Con chingos de nervios, eso sí. Y dudas, todo el tiempo: ¿sí debería estar aquí, de verdad es para tanto? Pero entre más voy, más crece mi sentido de pertenenecia y menos dudas tengo.
Eventualmente llega ese momento de cerrar la sesión... con "la plegaria". En mi primera ocasión, solo pensé: "déjate de prejuicios, es parte de su ritual, sé respetuoso y ya, toma lo demás, deja esto, dura menos que un pedo, listo". Segundo día: mismo pensamiento. Tercer día: "¿qué es lo que dice?" Cuarto día: "ah, ya ví lo que dice, y empieza con 'dios, concédeme', qué cosa pues". Quinto día: "la voy a murmurar, por que todos estos me caen bien, siento respeto por ellos y no me mata participar en este ritual... ah, ni sé lo que dice, la tengo que volver a leer".
Eventualmente un día, a media sesión, me quedé observando la plaquita de la plegaria. Es una maderita pegada al escritorio del coordinador, queda de frente a todos, de manera que la puedes ver todo el tiempo durante la sesión. La plegaria de la serenidad. Y por primera vez la leí con la intención de leerla. Tal como la tienen en el grupo al que voy, dice así:
Concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
valor para cambiar aquellas que puedo,
y sabiduría para reconocer la diferencia.
"
Puede que haya variantes, esta es la versión de mi grupo.
El día que finalmente decidí decirla en voz alta, simplemente omití el "dios", mi arrogancia se impuso y apenas logré mascullar el "concédeme". Eso me ha hecho reflexionar. La noción de dios que me inculcaron de niño, no me funcionó; pero en AA puedo moldearlo: “dios, como cada quién lo entienda”. ¿Pero qué puede funcionarme, cómo incorporar un concepto así? Al tiempo.
A la siguiente, descarté el "concédeme". Y empecé solo a nombrar los estadíos:
Serenidad, para aceptar lo que no puedo cambiar.
Valor, para cambiar aquello que sí puedo.
Sabiduría, para reconocer la diferencia.
Mis compañeropadrinos del grupo agregan otra frase a la plegaria, algo que no está escrito en la tablita. Después de un par de sesiones de parar bien la oreja entendí. La frase extra es:
"Hágase tu voluntad, y no la mía".
Brutal, me parece. Regresa el 'dios', y me hizo pensar en el dios caprichoso del cual hago parodias fotográficas con una lupa para soldar que lo personifica (esa será otra publicación).
Pero también los entiendo: "y no la mía". No controlamos la gran mayoría de las situaciones, para que obsesionarse con eso. Por eso requerimos la serenidad. Para aceptar que el mundo gira como una bola, y no podemos hacer nada al respecto.
Me sigo quedando con mi versión descremada, donde no "pido", sino me repito los estados:
Serenidad, para aceptar lo que no puedo cambiar.
Valor, para cambiar aquello que sí puedo.
Sabiduría, para reconocer la diferencia.
Hasta ahí, había repetido la plegaria solo para acompañar a mis compañeros en el ritual de cierre e integrarme mejor al grupo, respetando y participando de los protocolos.
Un día salí con Piloncillo a caminar a un parque, temprano. Él se rascaba las orejas y se mordía las patas, ansioso. Y no nos iba ya a dejar dormir, así que preferí salir con él para darle una buena caminata y que Ana pudiera descansar un rato más en silencio.
Iba frustrado, por que quería seguir durmiendo, pero ya se me había espantado el sueño. Caminando entre los árboles, empecé a disfrutar el silencio de la mañana, el aire fresco y la bella luz del sol lateral que empieza a ascender con flojera. Sentí la serenidad que da la naturaleza. Y pensé en la plegaria. Fue la primera vez que la usé fuera del ritual de la sesión AA. Y me la repetí decenas de veces en ese paseo: en mi mente, en voz alta, en un murmullo, caminando, sentado, recogiendo caca de perro...
Serenidad. Valor. Sabiduría.
Serenidad para aceptar.
Valor para cambiar.
Sabiduría para reconocer.
Aceptar. Cambiar. Reconocer.
Y reconocí en la naturaleza a un espacio que puedo considerar espiritual. Que me impresiona. Que me hace sentir pequeño. Evocarla me da paz.
Hace un par de días empecé algo nuevo: me sirvo un café y me salgo al parque de enfrente. Me siento en una piedra, al lado de un flamboyán. Pongo mi café frente a mí y empiezo a repetir la plegaria. He aprendido a empatarla con la respiración, lentamente:
Respiro: Serenidad, para aceptar las cosas que no puedo cambiar.
Sostengo: Valor, para cambiar aquellas que sí puedo.
Exhalo: Sabiduría, para reconocer la diferencia.
No lo he dominado perfectamente, pero me gusta ese ritmo.
A veces volteo hacia arriba, y aprecio el cielo, enmarcado entre las ramas secas del flamboyán.
Nunca en mi vida había meditado antes. Estoy intentado esto con la plegaria de la serenidad, y es muy grato. Mucho más de lo que nunca imaginé. Es una buena pieza de pensamiento. Y la encontré en los Alcohólicos Anónimos. O como prefiero pensarlos: los Alcohólicos Anarquistas, esas personas que decidieron hacer una comuna para decir al alcohol: no eres ni dios, ni amo.