la que me rescató de mis tormentas.
En la dulzura de tus ojos
descubrí el lugar donde descansaban
hubiera encontrado por fin
un puerto después de tanta tempestad.
Y podría contarle a la gente donde se encuentran tus lunares, la forma en la que sonreíste la primera vez que me viste, o como das saltitos de felicidad cuando en tus manos hay una flor.
Pero aún si lo hiciera, jamás lograría decirlo todo,
porque hay una parte de ti que solo existe en la calma de mi pecho,
en ese lugar silencioso donde tu recuerdo se vuelve luz
y tu presencia, aun cuando no estás,
sigue siendo el refugio donde mi alma aprende a quedarse.
Tal vez por eso, cuando alguien me pregunta por ti, me quedo en silencio unos segundos.
No porque no tenga qué decir,
sino porque hay amores que no se explican sin romperlos un poco.
Podría hablar de tu risa escandalosa o de la forma en que el mundo parece detenerse cuando me mirás, o de cómo todo en mí se ordena cuando tu nombre atraviesa mis pensamientos.
Pero la verdad es más profunda;
hay algo en ti que no se puede describir con palabras, porque no se trata de lo que hacés, ni de cómo eres. Se trata de lo que pasa conmigo cuando existís cerca.