El cerebro y el amor.
Tres relaciones tóxicas, dos terapistas distintos y un sin fin de alcohol de por medio. En esto se resumen mis últimos cinco años.
Cada vez que salgo de una relación tóxica doy por sentado que, luego de ese eterno letargo emocional, he logrado interiorizar las características fundamentales de una relación abusiva. Sin embargo, mi cerebro me termina sorprendiendo al fijarse en personas que terminan teniendo los mismos patrones de inmadurez y toxicidad.
¡Así es! Mis relaciones se reducen a un circulo vicioso. Mismas circunstancias y acontecimientos solo que mi supuesto “compañero de vida” va cambiando de cuerpo pero no de espíritu en el transcurso del camino.
En definitiva es hora de aceptar que también tengo la culpa de que mis parejas terminen teniendo los mimos comportamientos. ¿Algo debo estar permitiendo yo para que eso pase?, ¿No?
Luego de varios libros de inteligencia emocional, de algunos documentales y artículos sobre subconsciente del que habla Freud, de repetirme Gossip Girl con la esperanza de que mi pareja cambie como Chuck Bass o como Hugo de Tres Metros sobre el Cielo, y de charlas intensas con mis amigos acerca de si me quieren o no, entendí que en verdad uno es muy huevón en la vida.
Si. Yo no sé que le pasa al cerebro cuando uno esta enamorado pero hace que uno conciba la tragicomedia romántica que está viviendo como una película de Nicholas Sparks.
Es algo así como que la vida nos grita que la otra persona no nos quiere lo suficiente pero nosotros decidimos incursionar en el mundo de las justificaciones con el fin de encontrar razones que aminoricen las probabilidades de que eso sea cierto. Negación pausible le dicen.
Dentro de todas esas teorías conspirativas acerca del amor, mi última terapista me explicó algo que irónicamente me ha enseñado más de lo que estos cinco años saltando de relación toxica en relación toxica ha logrado.
Aquella sabia psicóloga me hizo una serie de preguntas, entre ellas, la siguiente: ¿Qué te hace estar tan aferrada a esa relación?, mi respuesta fue quedarme callada. No supe que decir.
De inmediato me explicó una de las maravillosas formas que tiene el cerebro de prescindir de su “racionalidad” justo cuando uno se enamora. Esta es la idealización.
La idealización consiste en la perdida de capacidad de distinción acerca de lo que ES mi relación y lo que yo ESPERO que sea a futuro. Esto significa en última instancia que uno se aferra a una concepción irreal de lo que en verdad sucede en una relación de pareja, pues nuestro soñador corazón cree que algún día las cosas y las personas con las que estamos van a cambiar para bien.
Nadie cambia. Menos por uno. La gente cambia por ellas mismas. Fin. Comprendí entonces que la culpa también la tengo yo por montarme en el típico vídeo de “Somos amores de otra vida”, “Somos almas gemelas” y toda esa vervorrea romántica que le sigue.
¿Quién me manda a ser una romántica empedernida? La conclusión de todo esto es que en definitiva el amor me ha enseñado que no se nada acerca del amor, o por lo menos, me ha enseñado el epítome de lo que NO es el amor. Debemos dejar a un lado tanto chick-flick ya que, como reza la famosa serie de Susana y Elvira, “Nos cagaron la vida”.











