Crónica de una humillación
“Puta”. “Ramera”. Esas palabras venían una y otra vez a su cabeza como picotazos de teros a las lombrices. Había escuchado decir eso muchas veces de otras mujeres, pero la posibilidad que fuera esta vez ella el blanco de semejantes insultos, le erizaba la piel. Sabía que los errores se pagaban, pero nunca había tenido que pagar por uno que le dejara la dignidad en bancarrota. Al menos eso era lo que la pequeña Cocó pensaba.
Apoyó la taza de té de cedrón humeante sobre la mesa, mientras cepillaba una y otra vez su larga cabellera. Dirigió su vista a la ventana y el tren de las 19.45 acababa de llegar a la estación de Capilla del Señor. Su mirada se escabulló entre los pocos pasajeros que bajaban a esa hora. Era tarde, no hacía frío, pero una densa niebla había convertido el andén en un escenario de sombras fantasmales que se entrecruzaban apuradas. Cocó no era de guardar secretos. Siempre fue una niña extrovertida, y nada le gustaba más que compartir chismes con sus tres hermanas que dormían en la habitación contigua. Pero este secreto tenía fecha de vencimiento y no podría dejar pasar mucho tiempo sin contarlo. Le aterrorizó lo que pensarían de ella.
Sus hermanas despertaron sobresaltadas cuando encendió la luz del velador, y le preguntaron al unísono:
—Tengo que contarles algo –dijo Cocó-.
—Habla tranquila, nosotras te escuchamos -dijo Amalia-. Un hilo de voz salió de su boca y Amalia volvió a animarla.
—Habla sin miedo chiquita, saca eso que tenés adentro. Por fin pronunció lo que ninguna imaginaba.
Apenas dos palabras, pero que tendrían una repercusión tan poderosa, que esa casona vieja, en la estación de trenes -de la cual su padre era el jefe- jamás volvería a ser la misma. Ni que decir de sus vidas.
El tren de carga de las 21:00 acababa de detenerse, y el tiempo también se detuvo para esas cuatro mujeres. Vieron la sombra de su padre que pasaba por la ventana, quien al ver la luz encendida del dormitorio de sus hijas, volvió sobre sus pasos. Ingresó a la casa. Abrió la puerta del cuarto de sus hijas.
— ¿Qué pasa acá, por qué están despiertas todavía? ¿Y usted Cocó por que tiene los ojos rojos? – dijo con el ceño fruncido-.
— ¿Acaso estuvo llorando? – preguntó-.
—Quédese tranquilo papá -dijo Amalia-. Cocó no se siente bien, creo tiene un poco de fiebre, vaya a acostarse. Américo Corsiglia movió toscamente la cabeza.
—Ustedes saben que un jefe de estación no duerme hasta que haya pasado el último tren, y eso recién va a ocurrir a medianoche, son ustedes las que ya deberían estar durmiendo. Vamos, apaguen la luz y duérmanse que mañana tienen que ayudar a su madre.
Cocó se metió en la cama a medio desvestir y apagaron la luz. Apenas sintieron los pasos de su padre que se alejaban, volvieron a hablar, pero esta vez entre murmullos.
— ¿Cómo que estás embarazada Cocó? -dijo Manuela-. La sombra de su mano sosteniendo el rosario emergió en la pared como un ánima en pena.
— Sí, estoy embarazada -dijo Cocó-. Lo sé, lo intuyo. Mary enseguida comenzó a alzar la voz, pero antes de que comenzaran los reproches un chistido de Amalia hizo que su tono bajara.
—Pero chiquita solo tenés 17 años, ¿cómo vas a estar embarazada? ¿Acaso vos y Germán…? dijo Mary sin llegar a terminar la frase.
—Sí, yo y Germán estuvimos juntos, y desde esa noche he sentido cambios en mi cuerpo, me siento descompuesta y no tolero el olor de las magnolias que siempre me gustaron tanto. Además tengo un retraso.
Amalia, como buena hermana mayor, tomó la palabra.
—Mañana vamos a ir a la comadrona, y vamos a corroborar si lo que sentís es realmente un embarazo, ahora tratemos de estar tranquilas y vos Cocó descansa. Mañana será otro día, siempre hay una salida para todo, el mundo no se acaba acá. En caso de que tengas razón en lo que decís, nosotras siempre vamos a estar a tu lado pase lo que pase.
Las palabras cariñosas de su hermana fueron como un bálsamo para Cocó, que se recostó sobre su almohada perfumada con bolsitas de lavanda. El aroma dulzón, la tranquilizó. Cerró los ojos. Todas se quedaron en silencio. Apenas se escuchaba la sirena de los trenes que iban y venían, y los temblores que antecedían sus llegadas y partidas. Esa noche a todas les costó conciliar el sueño, pero tampoco cruzaron palabras. Cada una imaginó lo que podría pasar en caso de que las sospechas de su hermana menor fueran ciertas. Manuela se aferró fuerte al rosario y no lo soltó en toda la noche, mientras rezaba despacito, pidiendo que nada de lo que había escuchado fuera cierto. Mary, en cambio, se quedó mirando fijamente el techo, imaginó que la menor de sus hermanas sería la primera en dejar la casa, algo que ella deseaba más que ninguna de las otras.
Al mediodía de la mañana siguiente, su padre entró a la casa. Dejó la gorra en el perchero y se sentó a la mesa. José Corsiglia era un italiano rudo y con mucha autoridad, en la década de 1920, el intendente, el cura, el comisario y el jefe de estación eran las personas más influyentes de cualquier pueblo, y él ejercía ese poder con mucho orgullo y responsabilidad. Después de todo llegó al país sin nada, como un inmigrante más, y de cortar boletos en los trenes, había llegado al puesto más alto que un hombre en ese tiempo podía aspirar trabajando en la empresa de ferrocarriles.
— ¿Ángela qué hizo hoy de comer? –dijo-.
— Tallarines -respondió su esposa-.
Las hermanas se sentaron a la mesa, estaban mudas y con las miradas clavadas en los platos. Las cuatro hacían rulitos con las pastas y el tenedor pero ninguna se lo llevaba a la boca. Parecía una coreografía perfectamente ensayada.
— ¿Y a ustedes que les pasa que no comen? -preguntó el padre-.
—Papá tenemos que contarle algo -dijo Amalia rompiendo el silencio-.
Cocó comenzó a llorar. Manuela empezó a rezar en voz baja, y Mary se llevó una buena porción de fideos a la boca que casi la ahogan.
— Bueno hable -dijo José-.
—Es Cocó, está… está embarazada -dijo Amalia-.
José dio un golpe seco con su puño sobre la mesa.
— ¡No me digan más nada! Bajó la mirada. Comenzó a comer. No dijo una sola palabra. Ángela trató de hablar, pero él la miró fijamente y ella desistió. Comieron en absoluto silencio. Se levantó. Tomó su gorra y antes de abrir la puerta se dirigió a su hija menor.
— ¿Y ese don nadie de Germán que piensa hacer? –dijo-. Cocó tenía la vista fija en el plato de tallarines.
— ¡Míreme cuando le hablo, carajo! –gritó-.
— Nos vamos a casar papá. -dijo Cocó-. Y las lágrimas corrieron como arroyos por su sonrojada mejilla.
—Muy bien, a la tarde iremos a lo del padre Domiciano –dijo su padre-.
La Parroquia de la Exaltación de la Cruz estaba repleta. La orden de José había sido terminante: “Ángela quiero que todo el pueblo esté en esa iglesia” y así fue. Un gentío esperaba ansioso la entrada de la novia. Germán, el futuro marido, se refregaba las manos al pie del altar, Luis el hermano varón de las hermanas Corsiglia, era el padrino. Su padre se había negado rotundamente a ser quien la entregara.
Ángela y los demás parientes estaban en primera fila. De repente el “Ave María” cantado por el coro, comenzó a sonar, Cocó entró despacio flanqueada por sus tres hermanas. Caminó lentamente sin mirar a nadie. Solo tenía los ojos fijos en Germán.
Un murmullo se extendió como un tsunami por toda la iglesia. Cocó estaba abstraída. A medida que avanzaba, las mujeres en sus asientos se llevaban la mano a la boca. Las miradas iban de la novia a Don Corsiglia, una y otra vez. La orden del padre Domiciano había sido cumplida: “La caso, pero no de blanco”. Fue así como la pequeña Cocó entró con su ramo sin flores, sólo hojas de laurel para que hicieran juego con el vestido, un vestido verde, y no precisamente un verde discreto, era más bien chillón. A nadie le quedaron dudas de lo que ocurría.
La ceremonia de casamiento fue muy breve, y al cura se lo veía incómodo ante esa situación. Sabía que si lo que estaba haciendo llegaba a oídos del arzobispo podía tener represalias. Casó a Cocó muy rápidamente. Apenas unas pocas palabras, y cuando todos se estaban acomodando en los bancos de la sencilla iglesia, el padre Domiciano ya había dicho las palabras de siempre: “Los declaro marido y mujer”.
Cocó tomó el brazo de Germán y comenzó a caminar hacia la puerta. Estaba feliz, y su sonrisa luminosa contrastaba con el gesto adusto y de desaprobación de la mayoría de los presentes.
No le importó. Siguió caminando erguida, y para escandalizar aún más a los invitados, se llevó la mano a la panza y la acarició suavemente, mientras recordaba las palabras de su hermana Amalia: “Vos no te sientas humillada, deja que ellos se llenen de indignación, vos sentite feliz y transmitile ese bienestar a tu hijo. Cocó salió de esa iglesia orgullosamente verde. Radiante y sintiéndose hermosa.
*Es una historia real, que escuché una y otra vez, cada navidad en casa, cuando la familia se reunía. Los detalles, son sólo producto de mi imaginación.