Asalto armado contra el bolsillo del consumidor que se perpetra entre el asalto armado de Halloween y el asalto armado de San Valentín, y que combina el terror de una y el fingimiento de ser una fiesta de amor la otra.
La Navidad es una fiesta tan horrible como los cumpleaños o el día de la secretaria, razón por la cual se celebra solamente una vez al año, y eso porque nadie se atreve a levantar la voz y decir que en realidad están todos hartos de las festividades navideñas que deberían ser de paz pero nadie disfruta en paz, y deberían ser de amor pero que en realidad son de egoísmo. Pero que como todos dicen que es de amor, entonces el que diga lo contrario queda como mala persona.
La maratón para la Navidad parte cuando las grandes tiendas empiezan a recordarle al consumidor que va siendo hora de mostrarle amor a las otras personas haciéndoles regalos grandes y ostentosos, que muestren voluntad de sacrificarse por el prójimo, voluntad que no han mostrado en los once y fracción meses anteriores porque todo el mundo se dice que para qué, si para eso está la Navidad.
De todos modos, la gente, recordando de improviso que son unos carajos del demonio y que por eso mismo podrían ser muy odiados por otras personas, deciden entonces sobornar a los demás con regalos, para lo cual van y compran para todo el mundo: la señora, el marido, los hijos, los padres, los abuelos, la empleada del hogar, la o el amante, la secretaria, el jefe, los hermanos, el cuñado, los sobrinos, los mejores amigos, los amigos no tan mejores amigos, los compañeros de juerga, los conocidos, el portero del edificio, el portero del edificio de la ex señora para que siga espiando a la ex señora, los hijos del matrimonio anterior del o la cónyuge, el dentista, el abogado, el mecánico que le mete alambritos al motor del automóvil y lo deja andando a mitad de precio, etcétera. Afortunadamente la lista de potenciales regalados se limita a la especie humana, porque de lo contrario habría que sumar a perros, gatos, loros y canarios en el listado.
Luego vienen los acuerdos y transacciones para ver en casa de quién van a pasarse las fiestas. Al respecto hay dos clases de matrimonios. Por un lado están los de edad promedio que tienen a sus progenitores vivos por ambas ramas, y por lo tanto son tironeados por ambas para pasar la Navidad con uno u otro, para suplicio de los niños de la casa que lo único que quieren es pasar una Navidad en paz en vez de tener que ir a otra casa y verse obligados a portarse bien. Los otros matrimonios son los abueletes que ya no tienen padres que los jodan, pero sí hijos a quienes joder, y que si no logran reunir a sus nueve o diez hijos a la misma mesa, si les falta uno, apenas uno, se ponen muy tristes y lloran y chantajean emocionalmente a todo el mundo porque están solos y abandonados, logrando así arruinarle la Navidad a todo el mundo. Como se llevan fatal con los consuegros, la idea de hacer una fiesta única parece descartada. Y aunque se lleven bien, siempre hay otros consuegros que se lo van a tomar a mal, se van a sentir, y van a abusar por todo lo alto del privilegio de que se diga de ellos que "están viejitos, hay que comprenderlos".
Todo eso mientras los niños más pequeños se revuelven en masa y no quieren saber nada de Navidad, en tanto que los mayores se fugan y van a celebrar la Navidad en casa de su novio o novia, cuya respectiva familia pondrá cara de suplicio y martirio frente al entrometdo ése.
El día mismo de la Navidad es un desfile de retos a los niños para que no hagan lo que le gusta hacer a todos los niños, o sea, jugar, además de tomar onces o cenar. Luego viene el lío de enviar a los niños a dormir temprano, mientras que los más pequeños se ponen a esperar a Santa Claus, los mayores les dicen que son unos tontos porque Santa Claus no existe, los más pequeños se ponen a llorar porque Santa Claus no existe, y viene un enorme reto para que se vayan todos a la cama, y así consiguen fastidiar la Navidad.
Cuando llegan las doce están todos tan cansados, que ya no quedan ganas para intercambiar regalos. Pero como los niños más grandes todavía están despiertos, los invitan a abrir regalos. Y como los niños más pequeños también, terminan invitándolos. Cuando preguntan cuándo pasó Santa Claus, los padres tienen que mentir que hace un momento, tratando de aguantarse la risa, mientras los niños ponen cara de incredulidad, porque ya les dijeron un par de horas antes que no existe Santa Claus.
Al abrir los regalos, casi todo el mundo descubre que recibió lo que no quería. La esposa recibe algún electrodoméstico para las labores del hogar, el padre una corbata fucsia y turquesa con un diseño de dibujitos de abejitas gay, los niños reciben una versión más barata y sin marca del juguete caro que habían pedido, y tratándose de mayores de catorce años, también y de manera ineludible, calcetines. Detrás queda un montón de papel para envolver, ahora inútil, destrozado y rasgado. Se calcula que 1.4 árboles han tenido que morir para que cada familia tenga una cantidad de envoltorios para regalo.
Hace algo más de dos mil años, en un pesebre de Palestina, se le ocurrió nacer a Jesucristo, lo que demuestra que aunque era el Hijo de Dios, eso no le daba más inteligencia ni omnisciencia, porque no calculó que al coincidir su cumpleaños con Navidad, iba a recibir sólo un regalo al año en vez de dos.