October 15, 2018: Miguel Ruiz posted on LinkedIn
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October 15, 2018: Miguel Ruiz posted on LinkedIn
Marvellous!! This is the life!
Ayer fui al Museo del Prado. Hacía más de tres años que no visitaba una de las mejores pinacoteca del mundo. Y eso que la tengo a no más de media hora de mi casa. Llevo más de diez años en Madrid y aún no he subido al teleférico. Y estoy convencida de que a pesar de los esfuerzos de mi familia por hacer excursiones alrededor de Cantabria cada vez que voy a verles, se me escapan un montón de rincones mágicos llenos de vacas amigables y anchoas deliciosas.
La definición más aceptada de creatividad es la que la sitúa como el acto de conectar cosas de manera novedosa. Ya en 1939 James Webb Young ponía esta definición en firme y se atrevía a dibujar una técnica. Ese libro hay que leérselo. Hay que leer muchos libros si te interesa la creatividad pero “A technique for producing ideas” es un clásico obligatorio. De las cinco fases que propone Webb la primera es: reunir material. Por tanto, si nuestro objetivo es relacionar elementos ¡necesitamos ir de caza!. La característica más importante de un creativo no es su coeficiente intelectual, sino su capacidad de establecer relaciones. Dicho esto, queda bastante claro que llenar nuestra particular biblioteca de Alejandría es, sin lugar a dudas, una condición indispensable para ser creativos. Da igual que el proceso de relacionar te sea fácil. Que seas ágil. Si no amplias el número de elementos a relacionar harás malabares con las mismas pelotas siempre.
El problema es que el cerebro simplifica. Necesita simplificar. Nuestros sentidos y nuestro intelecto se verían desbordados sino fuéramos capaces de sintetizar la información. Por eso tendemos a la rutina. Tanto perceptual como vital. Es una herramienta de supervivencia. Pero a la vez, y aquí viene lo que nos importa, nos vuelve menos capaces de establecer relaciones novedosas. Si tendemos a abreviar y minimizar los inputs estamos matando directamente nuestro músculo creativo. Menos elementos a relacionar, menos combinaciones posibles. Es una ecuación sencilla.
Pero hay momentos a lo largo del año o de la semana en la que nos damos cuenta de que no podemos sumirnos en un mar de rutina. Eso nos seca. Cenas, encuentros, películas, paseos y museos. Nos exponemos a experiencias que alteren esa rutina pacificadora para mantenernos despiertos. Tenemos esto muy interiorizado un mes al año, generalmente agosto. El convenio de trabajadores y el consenso social nos dicen que hay que irse de vacaciones. Ver cosas. Mojar los pies en otras orillas. Al volver además de descansados nos sentimos renovados y generalmente tenemos un montón de fotos que enseñar. Hemos construido nuevos recuerdos gracias al viaje. Nuevos elementos. Nuevas memorias. El turismo nos aporta nuevos tomos para las estanterías de nuestra biblioteca particular.
El buen turista atiende. Disfruta. Cuando consigue deshacerse del estrés organizativo: pasea y contempla. Visita. Saluda. Incluso puede practicar idiomas que apenas conoce. El turista se abre a lo que no comprende. El turista se amplia en su viaje y cuando vuelve a ser un ciudadano envuelto en rutina nunca es el mismo. Basta recordar una cometa dibujando bucles en el cielo para introducir un vector de cambio. Cerrar los ojos y ver las intrincadas formas del Capricho de Gaudí trepando por tu memoria tiene un poder revolucionario.
Como creativos creo que deberíamos practicar el turismo todos los días. Porque se puede ser turista entre semana. Porque visto desde el lado contrario: hay gente que yéndose al otro lado del mundo nunca deja de ser ese humano aburrido y cerrado. Hay gente que nunca ve más allá de un palmo de sus narices. Ser un turista, un buen turista, significa entrar en un estado mental de apertura. Apertura a lo nuevo. A lo desconocido. Y creo que esa manera de estar se parece mucho a la que deberíamos tener en la primera fase del proceso creativo. Reunir material. Si no somos turistas en nuestra propia vida, en nuestra propia rutina, corremos el riesgo de coger lo común. Lo previsible. Tejeremos siempre con los mismos hilos. Por el contrario, si nos ponemos el traje de visitante y compramos la entrada para visitar las salas de nuestro día a día nos daremos cuenta de los mil detalles que nuestro proceso de simplificación pasa por alto. Esa ramita al otro lado de la ventana. El sonido del metro. Esa película que no está en los canales habituales. Esa pareja. Ese libro del fondo de la tienda. De repente todo se vuelve apasionante. Cada esquina puede ser una Capilla Sixtina.
A los que queráis practicar el pensamiento creativo os propongo un reto: id a una calle de vuestra ciudad a la que nunca hayáis ido. Id a ese museo pequeño y desconocido. Comprad un libro que jamás leeríais. Comed lo que no os gusta. Haced fotos de los sitios que habéis visto mil veces. Podéis poneros sandalias con calcetines si eso os hace más fácil aquello de convertiros en turistas de vuestra propia existencia. Al volver a casa os aseguro dos cosas: os sentiréis distintos y tendréis nuevas conversaciones. Ya tenéis la tierra fértil. El resto ya lo intento explicar en otro momento :)
BSO de Stranger Things de @NetflixES imperdible :D
Un lunes es menos lunes con Lunes de @Clubdelrio #EnMiTop
El mejor zarrio de Transilvania que me podrían haber traído #Drácula #Rumania
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Comunicar es, en gran medida, gestionar adecuadamente las incongruencias para así provocar desconcierto.Porque si no hay desconcierto, difícilmente hay comunicación.
Una verdad como una mentira de gorda de @danisolana #DescontextualizandoElDesconcierto
Avance "En Granada es posible" from lasdelcine on Vimeo.
RÍAS ALTAS (Atocha 67)
No recuerdo qué cojones tenía que hacer el domingo de la semana pasada, pero el despertador me ha sonado a las 7,51. Un domingo marca otro domingo y yo me levanto con la intención de meterle fuego a un país entero y a la biblioteca nacional del país, entera, que tiene que tener libros para mantener la llama hasta que hayamos muerto todos calcinados por la primera luz de la mañana y la del túnel que nos dice que todo se apaga. Si a eso le añadimos que hoy era el día que cambiaban la hora ya ni te cuento, ni te digo, ni te hablo. Tengo mal despertar casi todos los días pero el domingo más domingo del año tiene que tener ese punto top que nos hace superarnos.
Es muy temprano así que empiezo la serie Sillicon Valley y me veo tres episodios seguidos. Tiene algo que me gusta mucho y algo que me pone alerta, como un mirar desde arriba simulando que se mira desde abajo. Esa suficiencia insuficiente que recuerdo cada ves que leo tuiter o hablo con una persona que me quiere contar a qué exposición fue la semana pasada. Bajo a la calle y todo el mundo ha meado en mi puerta: es el olor a napalm de por la mañana de mi calle de mi vida de mis días de mi alma. No llueve pero el cielo llora de otra forma (¿o está aguantando el pis). Han cambiado la hora y yo cambio de planes en un minuto. Un minuto me vale a mí para pensar cuatro cosas distintas y contrarias entre sí. Un minuto me vale para hacer 5 de ellas. Un minuto me basta para llegar a Santa Ana, comprobar que es muy temprano, recitar que hoy es domingo, recetar he de quitar el despertador cuando no necesitas despertarte. Un minuto me sobra.
Decido desayunar donde desayuno muchos sábados, un bar de siempre donde los chinos juegan a las tragaperras y la gente mayor se acaba de quitar la bata segundos antes. Es un gallego que parece más pequeño desde fuera y donde los camareros llevan chalecos antiguos que no llegan a ser tan impactantes como los de El Museo del Jamón. El dueño se extraña de mi presencia porque hoy es domingo y no es sábado, pero seguramente eso me lo imaginé porque siempre pienso en lo que pueden estar pensando que yo pienso los demás. El camarero piensa que a lo mejor es sábado pero es extraño que no hayan venido a desayunar la gente que trabaja en el mercado de enfrente. ¿Se habrán enfadado?¿Habrán encontrado otro bar?¿No le gusta mi parroquia mañanara? Miro hacia los lados y es verdad que solo hay gente rara: uno que le hace fotos a las tortillas (a ese lo veo reflejado en la máquina del café), un hombre alto que desayuna tarta y uno extremadamente extraño con una pulsera de enfermo del corazón y una bolsa de plástico abierta sobre la mesa.
Saludo, me acomodo, saco el móvil con disimulo. Oteo el horizonte de los periódicos y no veo ni un país ni un mundo al que asirme. Es domingo no sábado, es demasiado temprano, han cambiado la hora y solo yo ha visto ya 3 episodios seguidos de la nueva serie de Mike Judge. El camarero, que creo que es el dueño, se extraña de mi presencia porque hoy es domingo y no es sábado, pero seguramente eso me lo imaginé porque siempre pienso en lo que pueden estar pensando que yo pienso los demás. El camarero cree tener un déjà vu, como yo o como tú al leer esto. Me pregunta que qué quiero y mientras yo pienso en el amor, la felicidad, perder peso, ganar el partido, empatar a Matusalen, el hombre raro de la pulsera de enfermo de corazón se enfada y dice que él va primero. Le miro y veo que está tomando un café y terminando una tostada. Me disculpo sabiendo ya que me he sentado al lado de la persona más desequilibrada del centro de Madrid en ese momento, un loco hambriento y enfermo del corazón. Pienso que eso podría ser la letra de una canción de Calamaro o de un cantautor argentino random. Un pincho de tortilla dice él. Otro para mí, digo yo.
La tortilla del Rias Altas ya me la conozco y me suele gustar. La sirven caliente, tiene poca patata pero mucho sabor. Es como esponjosa, como si fuera un bizcocho salado que se deshace en la boca casi sin molestar. La acompañan dos trozos de pan de barra tradicional con corte tradicional. Me la sirven al mismo momento que al señor de la pulsera de enfermo del corazón. De repente me quiero ir ya, terminar pronto y comienzo a plantearme ese momento como una competición de velocidad de ingesta con mi acompañante de esquina. Él empieza más rápido, pero yo tomo bocados más grandes y constante, como de persona con prisa un domingo por la mañana que además han cambiado la hora. Observar su progresión me permite observarle a él, su barba fina, sus ojos cansados, su piel blanca y matutina, sus movimientos contrariados. Pienso en sacarle una foto pero pienso que tampoco he creado este blog para eso.Lo he creado, por ejemplo, que para mí el pincho de tortilla como desayuno me parece el estado natural del pincho de tortilla.
Le gano y pido rápidamente la cuenta. Tengo miedo de que el hombre alto de la tarta, que está a mi derecha también se erija en otro acompañante raro para esta mañana triste. Al pedir la cuenta el de mi izquierda (el de la pulsera de enfermo del corazón y otra que parece del FIB, pero que no creo que sea del FIB) se dirije y me dice “¿te importa?” al mismo tiempo que se abalanza sobre el medio pan que queda en mi plato. Yo asiento y él lo coge, lo estruja y lo mete en la bolsa blanca. Dice algo en voz baja y sigue su vida cotidiana. Aún no ha terminado ni su tortilla ni su pan, pero yo ya he terminado allí.
Al salir casi me atropella un autobús mientras intento hacer la foto de la puerta sin que salgan dos mendigo,s que me miran desde una esquina de la escalera del teatro de RTVE. Observo a mi alrededor y pienso que soy la persona más normal de las que están en la calle y eso me asusta y me inquieta pero más por vosotros, que por mí o por ellos. Decido ir al rastro, luego no ir, más tarde ir, luego volverme a casa y, al final ir. Es la primera vez que voy solo desde que estoy en Madrid y me doy cuenta de que yendo solo me cuesta comprar. No compro nada aunque miro mucho, a las cosas y a la gente, señores mayores ojeando revistas pornos, parejas que por hacer mucho para no hacer nada, se levantan temprano para no sé qué cojones hacer en el rastro en el domingo más jodidamente domingo de todo el año. La semana que viene compruebo lo de la alarma. Fijo.
Pincho de tortilla + café con leche: 3,90
120810
Líneas coloridas en movimiento que en la red se interconectan.
Aquí con mi colega @vegetta777 después de sudar un poquito #SunnySportDay
LA PEÑA (Santa Isabel, 12)
Cuando llegué a Madrid me hice una promesa que por supuesto tardé una semana en dejar de cumplir: ir todos los días a la Filmoteca. La primera semana empecé bien con El testamento de Orfeo y El año pasado en Marienbad (supongo que era un ciclo de cine francés de los 60s) e imaginaba para siempre mi vida allí en esa cafetería como de ciudad de provincias y mesas bajas. Siendo un viejo solitario, antipático y desconfiado contando las monedas para ver cuantas horas podía pasar allí dentro del paraiso sin ser expulsado.
El día de Marienbad llegué demasiado temprano, como si fuera una paradoja temporal ad hoc a la película, o como si aún no controlará bien los tiempos vivos y muertos de los metros capitalinos. Más o menos como ahora. La filmoteca estaba cerrada y entré en el bar de enfrente que hasta hace poco (el domingo) creí que se llamaba La Cepa. Recuerdo que yo venía con los típicos prejuicios de que los madrileños eran más bien fachas y que en cualquier esquina había unos skinheads esperando a un andaluz sin demasiado espíritu combativo y con graves problemas para salir corriendo sin ser atrapado. Me había aprendido incluso el Cara al Sol, por si por un casual era perseguido por ellos poder decirles que yo era falangista de toda la vida de la falange de Puerto Real y que una grande y libre y que España para los españoles y no sé que de católica reina mora o algo así.
Al entrar en La Peña (no La Cepa, aunque yo entré en La Cepa) creí estar en un congreso de obreros de derechas, pero seguramente sería una impresión mía que soy muy impresionable y muy mío. Me pedí un café hirviendo y ni saludé, intimidado, cateto, soñoliento y provinciano. Intenté escuchar qué hablaban y creí que comentaban que tenían que volver los grises y matar a todos los negros y a los marroncitos. Y a mí. Está claro que yo iba condicionado y que probablemente hablaban de lo mal que estaba el trabajo, de lo buena que estaba su prima (antes de ser de riesgo) y del Madrid de los galácticos, de un Atleti que acababa de ascender y de un Barça en etapa de transición de Christanvales, Overmars y Cocús. Era enero y 2003, yo llevaba 3 días en Madrid y tenía que buscar trabajo.
Casi 13 años después me llama Mario para tomar un café. Es domingo y llevo todo el finde encerrado viendo fútbol, basket y películas en una especie de castigo por haber salido el jueves hasta las mil y mucho. Está lloviendo en plan lluvia fina de esa que me encanta. Escucharla en las ventanas de mi buhardilla y oirla en la capucha de mi chaquetón. Lejos, cerca, dentro, fuera. Sentirlas, notarlas, respirarlas. Vivirlas.
Bajo 103 escalones, cruzo la Plaza Santa Ana, voy a Lavapiés a su encuentro (mientras que me encuentro con la lluvia) y nos tomamos un café en el restaurante Al Sur, un pacharán en el Más Corazón y dos botellines en un garito de reggae del que nunca recuerdo el nombre. Hablamos de la vida, del trabajo, de música y de octubre que se va, del año que se termina, de la vida que se nos escapa. Hablando de proyectos me dice que le encantaba el blog que empecé sobre desayunos y que por qué no lo recuperaba. Le digo que no, pero que estoy pensando otra cosa parecida y diferente desde hace tiempo. Se lo cuento, le parece genial y es esto.
Decídimos tomar un último quinto en aquí mismo (La Peña) y me doy cuenta que es el momento de empezar la nueva aventura, que el marco es incomparable, que las cosas que molan se empiezan los domingos de lluvia . “Señora, me puede poner un pincho de tortilla” Unos viejos juegan al dominó, unos Erasmus llegan perdidos y mojados, Scepovic en la tele le mete el cuarto gol a Las Palmas, yo pienso que tendría que mandarle, antes de empezar con otras movidas, un artículo prometido a Óscar para Miradas.
Saco fotos medio disimulando (tengo que aprender a vencer esta absurda timidez fotográfica) para este primer post sobre pinchos de tortilla y mi vida. 2,50, patata no demasiado tierna, cierto exceso con el aceite, bonita, brillante y con un buen corte. Sabrosa (tal vez por la agradecida combinación de aceite y sal) pero tan fría que me recordaba un poco a las que llevaba mi madre a la playa y que comíamos ya por la tarde tarde, cuando habíamos terminado los filetes empanados y algún otro guiso casero más elaborado. Pienso en los años que hace de eso, en el momento justo en que dejé de ir a la playa con mis padres, en todo lo que rodea los rituales gastronómicos y en la importancia que tienen todos esos olores y sabores en nuestra vida real y en la ficción de nuestra memoria. “Mario, ¿otro quinto?” “No, mi mujer me mata le prometí que llegaba a la cena y sereno”.
Yo también tenías cosas que hacer. Por ejemplo, cumplir la promesa de empezar este blog tortillo. Otra; no dejar de cumplir esta promesa la semana que viene.
“Pincho de tortilla + 4 botellines= 7,30″
La historia de un par de huevos mezclados con patata que dan sabor a la vida
Yo #TengoCaraDeMiguel y tú? Feliz día de @SanMiguel
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Murakami is in da house (Tokio Blues) #lavapiesqueesmibarrio #lavapiés #madrid #pet (en Plaza Ministriles)
Trio Mahoniano en @PerkalLavapies #Lavapies
"Despertar En Primavera- Risveglio Di Primavera" de Franco Battiato para homenajear al amor paterno. #FatherLove #TQ #Primavera
"Felicità" de Al Bano #DiaInternacionalDeLaFelicidad #BeHappy #SéFeliz
¡Ads&Popi Zarrios cumple 5 años hoy!