Acto dos. Un mal día para enterarte que estás enfermo.
I see you rushing now.
Tell me how to reach you.
Me gustaba comer sano, me gusta ser la persona que cuidaba su salud, que hacía ejercicio antes de llegar al trabajo, de tomar café, de tener mis tres comidas, tomar un refrigerio sano, ser el empleado alegre de la oficina, ser la persona utópica, ser la persona más feliz del mundo, incluso tenía un apodo, era Happy Boy, solían acortarlo y sólo me decían Happy, me sentía a gusto, nada minimizado, era respetado en el círculo en el que me movía, era visto como una gran persona, casi puedo exagerar y decir que era un ser de luz, eso me lo acredité por una carta que recibí de mi amigo secreto para un intercambio de Navidad.
-Eres una persona maravillosa que ha traído luz a esta oficina.
No dijo explícitamente que era un ser de luz pero como me gusta darme crédito de cosas, supuse que de ese modo sonaba más impactante y chistoson.
De ser todo eso a ser el miserable que está en una sala de hospital en espera por sus resultados de sangre, si no hubiera sido tan utópico, quizás ahorita viviría más que a gusto en la ignorancia, ¡oh santa, divina y empalagosa ignorancia!, que feliz sería.
Como el ser utópico que era me gustaba hacerme estudios para que en las conversaciones decir:
-He ido al médico para examinarme y he salido muy bien en todas las pruebas, soy todo un saludable.
Fue lo más mierda que pude hacer, creo que por mamón es que me enfermé.
Un día de entrega de las pruebas llegué con la alegría que me empapaba siempre, hasta el Médico me decía: -¿Cómo le hace usted para ser tan feliz?; le contestaba que era algo normal y muy natural que todos tienen dentro de sí pero nadie quiere explorar. Era un completo imbécil diciendo esa palabrería sin embargo no era mentira, era muy feliz, muy relajado, todo eso se fue a chingar a su madre cuando me dijo que tengo Leucemia.
Ese día hice el coraje de toda mi espantosa vida, ¿cómo era posible que yo la persona que se cuidaba tanto, era muy precavida y que no tenía vicio alguno estuviera enferma?, me parecía una mentada de madre.
Ese día me lo tomé muy alivianadamente, me fui a casa con la seriedad que te deja el recibir un diagnóstico de ese tipo, entré a la casa, tomé agua, me senté en el sillón, decidí cambiar de lugar y me decidí por ir a la cama y ponerme a llorar, quejarme, gritar, hacer ese grito ahogado de llorar, preguntar porqué a mí, porqué me toco a mí, patalear, envolverme en las sábanas y dejar que todo saliera por los ojos, dar vueltas y caer de la cama, volverme a levantar y volverme a enrollar del otro lado para volver a caer, sólo lo hice una vez porque para cuando caí al otro lado me di un golpazo en la rodilla que dije: - Está bien te vas a morir pero no te apresures a joderte el cuerpo.
Para quejarte no hay edad, para sufrir no hay edad, para morir no hay edad, puedes incluso no nacer, nacer muerto, es una culera la vida.
Esto de mi enfermedad me gusta decirlo en inglés, suena muy pomposo y a canción británica famosa o a banda británica de la temporada shoegaze o algo así, “Leuquimia”; me gusta repetírmelo todos los días a toda hora posible en la que recuerdo que me voy a morir y me entra la ansiedad, me la retira y me siento menos estresado.
Al día siguiente de todo mi drama en casa, era el más ojeroso de la oficina, el más demacrado y el menos alegre, estaba desconectado, todos teniendo su mundito lleno de chispitas de colores, lleno de alegrías breves y preocupaciones simples, y yo ahí, con mi pinche leucemia; escuchaba como chismeaban en la cocineta los de las otras áreas, viboreando la vida de los demás, criticando las vidas ajenas sin dedicarse críticas constructivas a sus propias vidas.
¿Cómo la gente puede vivir así?, enserio, ¿cómo?.
Pasaron cuatro semanas en las que escuchaba la misma mierda, los mismos comentarios, la misma gente hipócrita, fingiendo vivir en un mundo de maravilla, al menos yo si era feliz de verdad, yo si disfrutaba lo que hacía, yo si era auténtico, muy mamón pero era real, me tocaba mirar a esos cerdos vanagloriarse de comentarios acreditándoselos como muy originales y nacidos de ellos, cuando los han robado de una serie televisiva donde el personaje seguramente es un arrogante o usa una combinación de palabras en una oración tan breve y simple que puedes despojar de armas de defensa verbal al tipo más seguro, ¿a qué se debía que esa bola de idiotas pudieran estar sanos? o que pudieran estar seguros de que no se enfermarían.
…
Divina, santa y empalagosa ignorancia, eso es lo que ellos tenían en conjunto, ignorancia, no lo soporté mucho más y exploté, no en llanto, sino en ira, uno tras otro recibió su merecido, su debida descripción.Ese día perdí por completo mi apodo de Happy Boy.
Me habían acreditado el puesto del amargado de la oficina, el que nunca mira atrás, el que no tiene sentimientos ni se tienta el corazón para los reclutas que trabajan mano a mano con él, me habían etiquetado como el hijo de puta más grande de la oficina, claro que los muy bastardos tenían su puesto por género, la sección femenina había sido cubierta antes que la masculina.
Esa etiqueta te otorga poder, capacidad y habilidades sobre humanas dentro del mundo godinez, te vuelve algo así como intocable, te temen y te respetan, ya era respetado por mi forma de trabajar y mi alto desempeño, la etiqueta de ser un hijo de puta me vino a colocar en la punta más alta de la pirámide laboral, me encontraba sobre una aguja que estaba por encima de la punta de la pirámide, me sentía poderoso aunque con poder no siempre tiene que venir el abuso, exigía lo que se debía de exigir, no me iban a ver la cara de pendejo, tenía que estar preparado para cualquier pregunta.
La oficina se había vuelto un ciclo, llegas por la mañana, no ves a que horas llega el sol del medio día, no sabes a que horas llega el sol de las cinco o a que horas el sol se va de puntitas a esconderse y va montando lentamente la luna su telón de la noche, el día es una clara explicación de que todo termina, de que el final de la vida de cualquiera así es, mucha luz al principio, oscuridad de final.
No estaba preparado para vivir más con lo que hacía pero siempre había sido muy simple, orientado a lo que hago, quería cambiar mi estilo de vida, lo quería de verdad, salir a viajar, conocer algo que no estuviera en mi imaginación, lo malo de esto es que no tenía el valor suficiente para aventurarme, me sentía demasiado responsable como para abandonar lo que ya hacía, la vida de oficina me atrapó y esa vida es la que ahora me mata silenciosamente y sin dolor como el cancér que me traigo.
En este poco aventurado camino que llevo me pregunto si me alocaré de nuevo y volveré a mentarle la madre a todos los de la oficina o estallaré en una furia incontrolable y agarraré mi teclado y golpearé al primer idiota que se me acerque a preguntar algo que sea más que obvio, espero lo último suceda, no me quiero morir sin haberlo hecho.
Aunque al paso de muerte que estoy llevando pareciera que eso nunca va a ocurrir.
El primer paso es admitirlo…
Tengo leucemia.
Voy a morir.
No quiero morir.
Estoy perdido.










