El caso brasileño
No son indignados aislados. Apuestan a modos de convocatoria novedosos (redes sociales), a modos de organización horizontales, con fuerte componente joven e ilustrado, con una crítica muy nueva a los partidos políticos, como mediadores de demandas y de ofertas, y como representantes. La trenza de intereses y alianzas entre partidos y líderes en los niveles municipal, estadual y federal, con lazos transnacionales, es difícil de entender y diluye responsabilidades y perfiles ideológicos.
Además, aunque escape a quienes tienen una visión obsoleta y desinformada de estructuras y dinámicas políticas, son movimientos que ya han conseguido muchas cosas, quizá hasta más que los que apelan a las clásicas estructuras de mediación política (partidos, sindicatos, corporaciones). No han sido explosiones puntuales, sino escenarios provocados para aprovechar difusión mediática en megaeventos. Ya hace años que están organizados alternativamente y han obtenido muchas cosas a través de la acción alternativa incrementada. No son una mera catarsis impotente ni una torpe ambición de marchar por fuera de los moldes tradicionales de la política; son una lúcida y promisoria búsqueda de alternativas a dos instituciones de la modernidad postrenacentista de las soberanías nacionales en crisis: los medios de comunicación de masas y los partidos de masas en una era translocal y de ‘glocalización’. Apasionante coyuntura para filósofos, sociólogos y politólogos, o para interesados en estos temas que no crean que se las saben todas sin haber estudiado nada, o que agitan fantasmas paranoicos de los siglos XIX y XX.
El movimiento brasileño tiene fulgores que lo pueden hacer confundible con primaveras árabes y con indignados europeos, con el sentir frustrado de las clases medias en común, pero muchas diferencias de fondo, en formas y contenidos. Junto con los ‘contraespías’ Assange, Manning y Snowden, son fenómenos auténticamente novedosos y dignos de reflexión para el siglo XXI.