La niña que tenía los ojos cerrados.
Érase una vez una niña que tenía los ojos cerrados. No veía nada. Y por eso no hacía nada. Permanecía quieta escuchando los sonidos y rumores a su alrededor, oía voces que le hablaban y aunque les respondía no se atrevía mirar.
Hasta que llegó él, un él que le habló del cielo y las nubes correteando, de los niños que ríen y la nieve de chocolate que se derrite en un día cálido.
Y por primera vez vio. Pero antes que los colores y todo aquello que le describió, lo vio a él. A él y su sonrisa, a él y todo su ser. Y después al mundo que resplandecía a su alrededor.
Así pasó horas, días, meses… absorbiendo no sólo olores y sonidos, sino luces y colores, hasta que notó que aquella primer sonrisa ya no estaba, que él se había esfumado y que todo ese tiempo ella estuvo con los ojos cerrados. Descubrió que la mente es engañosa y la realidad es tanto sorprendente como dolorosa.
Érase una vez una niña que abrió los ojos.













