Silencio
Fue unos de los viajes en metro más largos, a pesar de ser las mismas estaciones de siempre, este viaje era distinto. Los dos venían en silencio, en uno amargo e incómodo silencio. Cada estación hacía crecer una ansiedad que sopesaba todo lo que habían vivido juntos durante el día, como si de repente la conexión hubiera sufrido un corte circuito que ninguno de los dos supo contener. Tres miraba a Seis con la intención de buscar una correspondencia, un suspiro, algún guiño que le dijera que estaba bien. Seis deambulaba entre el silencio social y su ritmo interior que poco dejaba vislumbrar. Entonces Tres sintió un sabor extraño, sabía que no era ese sabor a comida recién degustada, sino de la saliba que tragaba con dureza para no quebrar el silencio que le dolía, el que por cierto quebró un par de veces antes sin éxito.
Tres sabía que pasaba algo con Seis, inclusive, de camino al metro le interrogó sobre el silencio, Seis replicó un nervioso «¿por qué?» que respondió a todas las preguntas que tenía Tres.
Faltaba una estación para que se bajase Seis. Tres, en un cierto aspecto, celebraba su partida, pues todos sus intentos por restablecer la conexión fallaron, quedándose con la frustración y la incomodidad que invadieron su ganas de besarle.
La despedida fue un beso frío que no logró entibiarse, ni siquiera por el calor veraniego.
Tres se sentó en el suelo sucio, sin importarle, abatido y desarmado, tratando de que nadie notase su halo azul que lo custodiaba. Se abrigó el rostro con las dos palmas, y se dijo así mismo como un susurro «no merezco este silencio».












